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La primera vicepresidenta negra

Por Rafael Bayce.

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Caras y Caretas Diario

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La senadora demócrata Kamala Harris no es la primera mujer candidateada a la vicepresidencia en Estados Unidos, pero sí es la primera mujer y afrodescendiente nominada; con el agregado de que tiene, al día de hoy, las mejores probabilidades de ser electa como vice del candidato presidencial demócrata, Joe Biden, exvicepresidente, a su vez, de Barack Obama. Ya hubo dos anteriores candidatas, pero no alcanzaron el cargo, sino solamente la nominación partidaria, sin triunfar luego en la elección. Pero eran blancas.

¿Qué primeras reflexiones nos produce la nominación de la tercera mujer a la vicepresidencia de Estados Unidos, la primera afrodescendiente en esa historia y favorita al día de hoy?

Qué puede sumar a la fórmula demócrata

Generalmente, una vez afirmado un candidato presidencial dentro de un partido, y en el panorama electoral global previsible, se procede a la nominación del compañero de fórmula, candidato a la vicepresidencia.

¿Qué elementos juegan para esa nominación?

Uno. Compromisos y expectativas intrapartidarias. Por ejemplo, en contiendas intrapartidarias de pocos contendientes puede ser aconsejable, para mantener la adhesión de los votantes de la interna y la de los futuros electores en la externa global posterior, que el ganador convide al segundo más votado en la interna, calculando que así se representa mejor el resultado de la elección interna, y que probablemente la fidelidad de esos votantes y la de los que no votaron en la interna se mantendrá mejor así en la siguiente instancia electoral, esta ya no intra, sino interpartidaria. Apuesta probabilística, claramente insegura -salvo que se dispusiera de sondeos sobre el punto-, pero nada descabellada. En el caso concreto de Kamala Harris, desde el ángulo de la representatividad de la interna presidencial demócrata, el argumento anterior no juega, ya que en la interna hubo muchos candidatos y no pocos, y ella no pasó de 3%, no fue de los más votados; de modo que no podía exigir ni verse como conveniente su nombre para pasar a la extrapartidaria por esas razones. En el caso de Biden-Harris, entonces, la fórmula no representa, ni recoge ni espera representatividad del cuerpo electoral interno ni tampoco apunta gruesamente a la fidelización del voto demócrata por su intermedio. Pero es, normalmente, una razón de peso y que hay que tener en cuenta, aunque pueda no ser la más influyente para la nominación: la interna intrapartidaria debe tenerse en cuenta para la ulterior interpartidaria; la fórmula debería, tentativamente, galvanizar la unidad de la interna para la instancia externa, interpartidaria. Pero las razones principales pueden ser otras.

Dos. Un mejor enfrentamiento del rival principal en la externa interpartidaria. Aunque la fórmula pueda no ser lo más representativo ni fidelizante con vistas a la elección nacional presidencial, esa fragilidad relativa puede ser superada, desde el ángulo de la probabilidad que la fórmula tenga de ser votada, por su conveniencia para la carrera y la campaña electorales, o sea con más énfasis en la racionalidad interpartidaria más que en la intrapartidaria. Y es claro que la racionalidad externa, interpartidaria, es el objetivo principal en el caso de Biden-Harris y que debería sobrepujar a la racionalidad interna, intrapartidaria, aunque sin desconocer su peso. En efecto, la instancia interna es preparatoria de la externa; cualquier defecto de representatividad y de fidelización que la fórmula electa sufra debería ser superado por el objetivo principal: el mejor enfrentamiento del más probable rival electoral, en este caso, probablemente el actual presidente, el republicano Donald Trump, aún sin compañero de fórmula designado.

En este punto debemos agregar que el atractivo de una fórmula no debería radicar solo en la representatividad y fidelización de la interna, sino también como imán atractivo de votos externos, que pueden hacerse proclives a la fórmula, sea por adhesión a lo que parecen significar y simbolizar, sea por repulsión hacia la fórmula o candidatos rivales.

En el caso de la fórmula Biden-Harris, es claro que se apunta a una maximización del atractivo de la lucha y a la construcción de un mejor antirrival al republicano Trump, a atraer a sus contrarios.

¿En qué medida una candidata minoritaria demócrata puede ser una buena pieza electoral anti-Trump?

Uno. Porque, con una carrera política corta y una personalidad extrovertida y picante, puede suplementar bien y compensar, en el imaginario electoral y en la campaña próxima, los 77 años de Biden, su poca expresividad y su menor capacidad retórica frente a Trump, aunque no lo vaya a confrontar directamente; pero puede ‘retrucarlo’ con más efectividad que Biden en instancias distintas de los duelos preelectorales de llegada comunicacional masiva. Harris ha demostrado una incisividad en los interrogatorios y en los cuestionamientos, sea parlamentarios o judiciales, y una velocidad y entusiasmo juveniles que Biden no posee, y que puede hacerle perder algunos puntos retóricos ante Trump. Harris puede minimizar esa desventaja probable.

Dos. Es mujer y negra, afrodescendiente de jamaicano e indígena. Obviamente, se busca atraer mejor a electorados femenino y negro que podrían no apoyarían a Biden por sí mismo; la fórmula es, nuevamente, complementaria y protege al demócrata Biden de fragilidades relativas intrínsecas a su edad y a su carrera política; así como le aporta algunos atractivos competitivos frente a los del republicano Trump. Es cierto que su color de piel y otros rasgos fenotípicos que componen el estereotipo de la ‘mujer negra’ son poco marcados en Kamala Harris, en ella menos aun que en Barack Obama; pero, a fuerza de sinceros, un fenotipo más neto podría suscitar radicalismos racistas y machistas que ‘negros light’, aunque no descafeinados, suscitarían en menor grado. Si Trump es considerado machista y racista, una vice mujer y negra es un buen desafío y un filoso ataque, que obligará a Trump a hacer algo para no quedar en inferioridad relativa dentro de dos contingentes electorales enormes como las mujeres, los negros y los contrarios al racismo y machismo, generalmente partidarios de la inclusión progresiva y de las políticas afirmativas de ambos.

Tres. No olvidemos que el sistema electoral estadounidense es muchísimo más complejo que el nuestro y que los caudales electorales, las atracciones y repulsiones están mucho más atomizados y fragmentados; los cálculos, entonces, serán muy arduos. Por ejemplo, no necesariamente el más votado agregadamente gana una elección; Hillary Clinton tuvo más votos nacionales, federales, que Trump; pero como Trump obtuvo más representantes por el total de los estados de la Unión que Hillary, fue presidente pese a no haber sido el presidenciable más votado. En el caso de nuestra reflexión sobre la fórmula Biden-Harris y su futuro electoral, esto significa que debe pensarse en las atracciones y repulsiones que la fórmula tiene en los 51 estados, en cada uno de ellos, en especial en aquellos más populosos electoralmente y que aportan más delegados estaduales al agregado que se combina con los votos federales para elegir al presidente. El cálculo del cambio en el balance electoral que podría generar la designación de la fórmula frente al solo nombre de Biden para enfrentar a Trump es de difícil cálculo y más difícil influencia. Y también dependerá de la reacción de los republicanos y de Trump a Biden y a la fórmula con Harris en el todo federal y en cada estado. No tengo espacio suficiente para desarrollar los porqués, pero pienso que un golpe audaz, difícil de afrontar para Trump, sería que Harris lo invitara a debatir, gran golpe pase lo que pase, porque implicaría grandes riesgos para el carácter de Trump, no muy hecho para un debate con una mujer, y negra, en el entorno tradicional -quizás sería acusado de falto de gentileza y de grosero prepotente en ese caso-, y mucho menos para hacerlo en el nuevo entorno de género, derechos humanos y Black lives matter que es tan poderoso hoy, que quizás reforzaría su fama de machista y racista.

Cuatro. Será relevante cómo se muevan los lobbies de las minorías- género, raza, latinos, religiones, inmigrantes, productores diversos, lobbies financieros, etc.- que ya se han movido para inducir a Harris en la fórmula a pesar de su bajo porcentaje electoral en la interna presidencial demócrata.

Quinto. Finalmente, las campañas, agregada, estaduales y en ciudades populosas, contribuirán de manera difícil de prever a priori, de modo más o menos preciso, las fluctuaciones de los apoyos estructurados.

Es la elección más globalmente influyente que hay; y una coyuntura de bisagra en la historia política estadounidense que no debe perderse de vista frente a chismografías políticas locales, relativamente intrascendentes.

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