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La miseria del odio

Por Marcia Collazo.

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Hay un virus que nos está causando daños mucho más letales que el Covid-19, y es el virus del odio, que se viene cebando entre nosotros con una fuerza alarmante y creciente. El odio no es oposición política, no es diferencia ideológica, no es libertad de expresión, no es crítica fundamentada. El odio es una patología, una enfermedad, un sentimiento de aversión que ciega a quien lo alimenta y lo lleva al anhelo de destrucción; por desgracia tenemos de esto sobrados ejemplos a lo largo de la historia. La cuestión es si estamos dispuestos a fomentarlo en el seno de nuestra sociedad o no. 

He visto por estos días, en las redes, gente que se dedica a atacar sistemáticamente al Pit-Cnt, por ejemplo. Incluso difunden noticias falsas, cargadas de ironía y de sarcasmo (de maldad, diría mi abuela) con tal de atacarlo. Lo más triste del asunto es que los atacantes no son ricos, no poseen industrias, leguas de campo o cadenas comerciales. Por el contrario, son hijos de albañiles y de empleadas domésticas. ¿Qué otra motivación, sino el odio, puede llevarlos a agredir de esa manera a una central sindical que, más allá de sus errores o aciertos, se dedica a defender los intereses de la clase trabajadora? 

Del otro lado no andamos mejor. Entre los opositores al gobierno campea también una actitud cargada de violencia. Acabo de leer una publicación del poeta Víctor Cunha, a quien mucho respeto, en la que habla de algo parecido. Expresa que, más allá de la pandemia, “surge este discurso despechado, insolidario (si es que existe la palabra), terriblemente frustrante para todos. Que los fascistas lo practiquen no es novedoso porque fortalecen el odio que le tienen al mundo y el que el mundo pudiera llegar a tenerles. Pero encontrar entre los progresistas a quienes lo practican sin ambages ni pruritos nos deja irremediablemente solos a los que advertimos, tonta e inútilmente, que por ahí no es. Qué desgracia”.

También Morosoli se lamentaba, en un cuento, de algo parecido. “Qué lástima… qué lástima que la gente sea tan pobre”. Claro que la pobreza más terrible, más aniquiladora y concluyente es la de quien no tiene qué llevarse a la boca. Pero está, un poco más abajo, la pobreza espiritual o moral, que es, como dije antes, mucho más contagiosa que el famoso virus, y cuyos daños pueden costar mucho más caros. Víctor Cunha refiere algunos “ejemplos salpicados”, como “los que denuestan a Victoria Rodríguez por abrazar la causa de los desaparecidos, los que creen que el gobierno entrante no está haciendo nada frente a la crisis, los que dicen que la culpa es del gobierno saliente que no hizo nada frente a la crisis, los que mezclan a sabiendas caceroleos con aplausos, repulsas con reconocimientos. La pelota, como quien dice, siempre en lo de doña María”.

Los bandos y los discursos del odio trascienden con mucho a las ideologías, erosionan las buenas intenciones de cualquier pelo partidario, corroen hasta sus cimientos los símbolos y las altas causas por las que, se supone, luchamos. Todo lo ensucian y todo lo contaminan, y nadie queda libre. No es cuestión, aquí y ahora, de acusar con el dedo en alto y buscar a los primeros incitadores de la actual violencia y enfrentamiento. Es cuestión, sí, de meditar sobre el fenómeno y de asumir, de una buena vez, la tarea de empezar a construir ciudadanía responsable.

La miseria de las declaraciones de muchos políticos del gobierno es notoria. Y no ayuda. En medio de la pandemia no pierden la menor ocasión de lanzar acusaciones contra el gobierno saliente. El odio ha crispado sus semblantes al punto de que se les ha desencajado la mandíbula. Cuesta reconocer en esos rostros a los mismos que hasta ayer hacían campaña electoral. 

La miseria de la oposición, del otro lado, si bien no es ni tan pública ni tan ferviente, se manifiesta a sus anchas en las redes, en un alud de mensajes sarcásticos y malintencionados. Es hora de que los orientales hagamos un alto y meditemos, aprovechando que estamos en cuarentena, situación de la que tanto renegamos y que, sin embargo, puede constituir una irreemplazable oportunidad de pensar. 

Dejar de lado la miseria del odio significa, entre otras cosas, no utilizar supuestas ideas de paz y de concordia para continuar fustigando al “enemigo”. Así no es. No significa tampoco pasar a ser corderos sumisos que inclinan la cabeza y siguen al rebaño, calladitos y obedientes. No supone renunciar al pensamiento crítico, a la libertad de expresión y a las restantes libertades y derechos, ni mucho menos. Implica más bien promover la participación de toda la ciudadanía en las grandes decisiones colectivas, y no a unos pocos elegidos que me son obsecuentes; implica tratar al prójimo sin sarcasmo, sin prevención y sin recelo anticipado; implica abandonar actitudes maliciosas y sentimientos de revancha y de venganza, vengan de donde vengan. Supone ante todo la capacidad de escuchar al otro, al interlocutor que convive con nosotros en la sociedad, al hacedor que forja, todos los días, el país y el Estado en cada una de sus dimensiones. Escuchar implica dar participación a todos, al que me votó y al que no me votó. Construcción de ciudadanía es, en definitiva, construcción de justicia, y en esa tarea nadie puede quedar excluido, ya que el consenso social (no hablo de la imposición sin negociación, que es demasiado fácil) no es posible sin participación colectiva. 

Una vez más vuelvo a John Rawls, para quien la justicia es “la primera virtud de las instituciones sociales”. En su obra La justicia como equidad, expresa que el actual conflicto en el pensamiento democrático es en buena medida un conflicto sobre qué concepción de la justicia es la más apropiada para una sociedad democrática bajo condiciones razonablemente favorables». Justicia es una palabra con una carga teórica e histórica muy fuerte; esconde discursos y prácticas que la afirman, combaten o tensionan. Está vinculada a otras como ciudadanía, democracia, bienestar, comunidad, reconocimiento, derechos y equidad. Pero sin búsqueda de consenso, la justicia sigue siendo una entelequia concebida de diversas maneras según quien la invoque. 

El problema es pues, para Rawls, no la concepción de justicia de este o de aquel grupo o institución, sino la construcción de un pacto o consenso en torno a ciertos principios fundamentales. Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿estaremos, como sociedad, apuntando a un pacto o consenso? ¿Estaremos dando los pasos necesarios en ese sentido, o por el contrario preferimos el caos del odio y la desbandada de los rencores, a golpes de autoritarismo vertical? ¿No nos estaremos hundiendo en una trama colmada de contradicciones y de pugnas, que se ubican muy lejos de la anhelada construcción de justicia social? 

La cuestión tampoco es escucharnos por escucharnos (tarea que en sí misma no tendría mayor sentido, salvo alguna disquisición socrática), sino hacerlo con el objetivo de arribar a consensos, aunque esos consensos sean chiquitos, diminutos, provisorios y momentáneos. Algo es algo. Lo único seguro es que no vamos por ese camino y que las responsabilidades orientadas al diálogo social brillan por su ausencia. 

Hallar principios de justicia emanados de un consenso no es trivial, no es asunto de teorías filosóficas, no es un juego. En ello nos va la vida como sociedad. Esos principios nos permitirían entre otras cosas, según expresa Rawls, “definir el modo de asignar derechos y deberes por parte de las instituciones básicas y, con ello, trazar la distribución “apropiada de los beneficios y de las cargas de cooperación social”. Y hacerlo para todos y entre todos.

 

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