Muchísimos uruguayos creemos que las 8 de la noche, minutos más o minutos menos, es la hora de la verdad. Ese momento es esperado por todos, porque desde hace un mes a esa hora recibimos la información que pasó a ocupar un lugar central en nuestras vidas. A las 20 horas nos informan, con mayor o menos grado de espectacularidad, cuántos uruguayos están infectados por el virus, cuántos murieron y cuántos tests se hicieron.
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Algunos días nos entregan solo un papel, otras veces nos informa el secretario de la Presidencia o algún ministro y hacen preguntas algunos de los pocos periodistas presentes y en ocasiones da la cara el presidente de la República.
Nada es improvisado, todo está preparado y diseñado para construir la imagen de un presidente en pleno control, un gobierno transparente y un secretario de la Presidencia equilibrado y abierto al diálogo. Las cifras exactas son el sello de autenticidad. No importa tanto cómo se construyen, sino que parezcan muy precisas.
Día tras día se van agregando cifras, números y datos cuidadosamente reportados. Nada queda librado al azar. Los infectados aumentan muy lentamente, los muertos también. Los tests se contabilizan de forma extraña. Se informan los totales, pero no se se informa cuántos son repetidos a las mismas personas. Cuando dan positivo, los tests duplicados o triplicados o cuatriplicados no se agregan al número de casos confirmados, pero sí se suman al número de tests. Peor aún, cuando dan negativos, las réplicas no se descuentan del número de tests realizados: de esta forma, los tests crecen como un monto bruto, pero los casos vienen con todos los descuentos.
También les cuesta adjudicarle muertes a la Covid-19. Les cuesta el conteo, pero además cuando no les queda otro remedio que contarlo, se esfuerzan por bajarle el precio: les falta llenar un certificado de defunción con poesía macabra: “Ingresó a CTI con destino ominoso y culminó en el desenlace previsible para un cuerpo tan corrompido. Fue muerte natural y el coronavirus, una anécdota”.
En fin, una fatalidad en un anciano o anciana con patologías previas, cardiópata, hipertenso, diabético o fumador empedernido, con una dosis de 5 a 6 pastillas diarias de todos los colores, comprimidas o ranuradas, al que le sucedió lo más natural que le pudiera pasar, una muerte natural por el primer virus con corona que lo agarrara desprevenido. Con semejante daño corporal, si no se moría, era un milagro.
No va más
Hace un par de semanas llamamos la atención sobre estos informes y pedimos en una nota editorial que se proporcionaran otros datos de utilidad para comprender a fondo lo que estaba pasando y para comprender las conclusiones de los modelos en los que se basaba la estrategia tan errática que ha tenido el gobierno. Porque es errático que un día nos anuncien el afloje de las medidas de distanciamiento social y otro día el apriete, un día nos dicen que el tapaboca no sirve y al otro día se vuelve obligatorio, ayer nos invitaban a caminar y hoy, a quedarnos en casa.
Los datos, al menos los datos no individualizados, no son datos secretos porque en todos los lugares del mundo se suministran y no ponen en riesgo ni la seguridad nacional, ni la privacidad de las personas o la estabilidad institucional, las variables micro y macroeconómicas ,la seguridad cambiaria, la laboral, la ambiental. No ponen en riesgo nada: tampoco la soberanía ni las fronteras.
Los datos que pedimos se nos pueden dar, y seguramente los pueden obtener fácilmente, armar tablas, graficarlos y difundirlos sin que en Uruguay pase nada. En ningún lugar pasa nada.
Es más, es posible que la mayoría de los datos los tengan, los hayan recabado, procesado, analizado, estudiado, debatido. Aunque los que nos muestran son escasos, desprolijos, incompletos. Algunos creemos que se exhiben ciertos datos para escamotearnos otros. Que nos muestran información importante para ocultarnos la fundamental.
¿Es el gobierno uruguayo el único que hace este tipo de manejos? Supongo que no. No obstante, me gustaría creer que Uruguay tiene instituciones tan confiables que ninguna información es falsa ni se suministra información para desinformarnos.
Si los datos fueran precisos, verdaderos y completos, y si mostraran inocultablemente que la curva se achata y los riesgos disminuyen para la población más vulnerable, yo diría que, aunque no me gusta este gobierno y aunque creo que vamos a un país peor, las cosas que se hicieron con respecto a la pandemia dieron resultados mejores que los que yo esperaba y con un costo social menor que el esperado.
¿Por qué no se suministran, entonces? ¿Será porque las autoridades menosprecian el valor de la información veraz? ¿Porque creen que es mejor engañarnos para no asustar, porque temen estar equivocándose o porque creen que van ganando en esta oportunidad y quieren que los datos resulten como desean o aún mejores?
¿Por qué no nos dicen la razón por la cual se puede llegar a los 1.000 tests por día que prometieron hacer hace más de un mes? ¿Por qué muchas instituciones prestadoras de servicios de salud no cumplen el protocolo que tardaron tres semanas en hacer? ¿Por qué se oculta que estas instituciones no tienen suficientes kits para hacer los tests o no disponen de recursos para comprarlos, o no quieren comprarlos a otros laboratorios privados? ¿Por qué hasta ahora no han recibido los recursos que prometió el gobierno para adquirirlos? ¿Por qué los prestadores que los han comprado no han recibido el dinero ya gastado?
¿Por qué no se dice la verdad? No hay más tests porque el MSP tardó un mes en llamar a licitación para comprar 25.000 kits, por ineptitud, por desaprensión o por irresponsabilidad. Porque la Junasa no se reúne para controlar la ejecución del protocolo, porque muchas instituciones no hacen los tests que tienen que hacer. Ni ASSE hace lo que tiene que hacer.
O porque no hay kits o porque no hay hisopos o porque no hay voluntad de hacer más tests. O porque no hay actitud o liderazgo.
Estas son las causas; y las cifras de todos los días ocultan eso. Que se hacen menos tests de los necesarios, que no se les hace a muchos de los que tienen síntomas compatibles con una infección por coronavirus, que muchos de los tests se hacen a contactos sin síntomas y con baja probabilidad de estar infectados y que por cada caso de persona infectada diagnosticada por un test, hay alta probabilidad de que haya dos o tres personas que están infectados e infectando en la comunidad. Si los tests se hicieran siguiendo el protocolo que no se cumple, sin dejar afuera a personas con síntomas, seguramente los casos serían más, habría más hospitalizados y estarían probablemente más distribuidos en el territorio.
¿Alguien tiene idea de cuántas personas con fiebre, malestar general, bronquitis, diarrea, hay en estos días en el territorio, cuántas consultan médico y a cuántas no se les hace el test? ¿Alguien ha hecho tests con criterios estadísticos para estimar cuántos infectados por coronavirus habría si se testeara a todos los pacientes con síntomas? Creo que sí, y que, por lo menos, en una mutualista, entre pacientes con síntomas testeados, los infectados fueron el 6%. Con esa proporción, si se testeara a 1.000 sintomáticos, tendríamos 60 casos por día y daría para ir perdiendo la tranquilidad y la ilusión del éxito.
Los vivos y los muertos
Algunos médicos amigos me han dicho que ellos piensan que hay que evaluar la evolución de la epidemia por los muertos. Pero ¿podemos creer en la cifra de los muertos? No es tan sencillo. Recordemos que una de las personas fallecidas -a primera- tenía cáncer y una infección por coronavirus. Para casos así, la OMS es clara: cualquier paciente que muere con coronavirus debe contabilizarse. No importa la discusión de si murió por coronavirus o con coronavirus. Esa persona, si la información que se obtuvo es verdadera, debió ser contabilizada como fallecida por coronavirus. Serían entonces 13. Otra persona que falleció con coronavirus fue un marinero filipino que contrajo en el virus en el crucero Greg Mortimer. Contrajo la enfermedad en un barco australiano, nació en Filipinas y murió en Uruguay. Murió aquí por coronavirus, igual que el uruguayo que se enfermó en Barcelona, o cualquier caso de Covid-19 importada en cualquier país del mundo. Acá decidimos no contabilizarlo, pero si lo hubiésemos hecho, serían 14. Otra señora falleció internada como sospechosa de Covid en un CTI. Se le hicieron varios tests, uno dio débilmente positivo. ¿Hay falsos positivos en este test de PCR? Parece claro que si no hubiese estado infectada por coronavirus, no hubiese dado levemente positivo. Hay lugares del mundo que usan criterios menos restrictivos y ante una situación así habrían sospechado de la calidad de la muestra nasofaríngea y habrían buscado muestras más profundas para confirmar que la persona fallecida era portadora del nuevo coronavirus. Y si fuera así, ya serían 15. Es una diferencia del 25 % en el número de muertes. Esto que estoy escribiendo lo saben todas las personas que siguen con interés la expresión de la pandemia en nuestro país. ¿Por qué disfrazar la realidad?
Parejas negras
El viernes pasado, el presidente de la República anunció en conferencia de prensa que para aventar dudas se nombraría un comité de científicos para colaborar en dar soporte calificado a las decisiones del gobierno.
Estos profesionales, particularmente los profesores Henry Cohen y Rafael , son académicos muy prestigiosos y reconocidos. Las declaraciones de Radi en la prensa, en estos días, han sido muy equilibradas. No obstante, no han contribuido a aclarar nada de lo que hay que aclarar. Está muy bien decir que tendremos que adaptarnos a una nueva normalidad, que no hay que bajar la guardia, que no hay que alarmarse ni creer que la epidemia ha sido superada, que no es posible el confinamiento por tiempo indefinido ni es aconsejable el relajamiento de las medidas preventivas.
Pero ¿no sería bueno alentar que se hicieran la cantidad de tests que se comprometieron? ¿Que se controle que ASSE y los prestadores privados hagan tests a los pacientes con síntomas? ¿Que el MSP disponga de los recursos necesarios y que se ejecuten? ¿Que se informe dónde se hacen los tests, a qué población, con qué criterios -clínicos, epidemiológicos, económicos-, en qué lugares del país aparecen los casos de coronavirus, cuántos pacientes con coronavirus o sospechosos están hospitalizados, en cuidados intermedios o en tratamiento intensivo y, si murieron, cómo fueron finalmente diagnosticados?
Si el comité de alto nivel fue nombrado para dar soporte científico a la gestión de gobierno en esta instancia, parece una idea muy buena. Pero, dicho con el mayor de los respetos, si el resultado es que este grupo de alto nivel termina siendo incienso quemado en el altar de los políticos y una forma de dotar de legitimidad científica procedimientos vidriosos, sería una verdadera pena y una oportunidad perdida.