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La Ruta de la Seda

Murió el último pintor de Corte

Por Daniel Barrios.

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Lejos, muy lejos de la genialidad universalmente reconocida de Leonardo, Velázquez, Miguel Ángel o Goya. Lejos, muy lejos  de esa época de esplendor, en la que no fueron ellos los que buscaban prestigiarse retratando a reyes, duques, príncipes y princesas. Al contrario, eran los Sforza, Borbones, Médicis, Habsburgos los que buscaban prestigiarse acogiéndolos en Milán, Madrid o Florencia. Su obra no está colgada en el Louvre, el Prado, la Galería Uffizi. Ni siquiera pudo firmar su magnum opus.

El 23 de agosto murió a los 88 años Wang Guodong, el último pintor de Corte, el pintor que inmortalizó a Mao Zedong. Un artista cuya obra admira devotamente toda China y del cual ningún chino supo su nombre.

Su retrato de Mao que, desde hace más de medio siglo,  domina la Plaza de Tiananmen es el símbolo de la República Popular China y de su Partido Comunista.

El enorme lienzo colgado en la Puerta de la Paz Celestial de la Ciudad Prohibida, sobre la avenida  Chang’an, una de las más transitadas del mundo, y a pocos metros del cuartel general de los comunistas chinos, no es un retrato de Mao, “es” Mao, es la canonización del Gran Timonel que, durante décadas, se reprodujo en las paredes de decenas de millones de hogares a lo largo y ancho de China, dominó el imaginario de los “rebeldes izquierdistas” de Occidente, movimientos de liberación y frentes anticolonialistas.

El primer retrato de Mao fue expuesto por primera vez en ese lugar -el mismo donde hasta entonces se mostraba la figura de un grandioso  Chiang Kai-shek, el líder nacionalista que perdió la guerra civil ante los comunistas- el 1 de octubre de 1949 cuando, ante una multitud congregada en la Plaza de Tiananmen, Mao declaró solemnemente inaugurada la República Popular de China y anunció al mundo que, otra vez, “el pueblo chino se ha puesto de pie”.

Esa primera versión, completamente diferente de la actual, tomaba como modelo una fotografía en blanco y negro y mostraba al líder con una gorra típica de los guerrilleros comunistas, una chaqueta oscura y mirando a un horizonte indefinido. Esa mirada fue muy controvertida porque, según sus críticos, ignoraba al pueblo, cuando en cambio debía mirar directa e inequívocamente a las masas.

Fue recién en 1964 cuando Wang, con apenas treinta años, fue elegido para pintar el retrato oficial de Mao en el que aparece  más maduro, de traje gris, rostro anaranjado y con su tradicional verruga que, según la leyenda, le trajo suerte en la larga marcha que le llevó al poder.

La versión de Wang, la cuarta y última -la que un historiador del arte la describió como “la pintura más importante de China”-, tiene seis metros de altura, cinco de ancho, pesa casi  dos toneladas y es la misma que se ha ido sucediendo, aunque con diferentes copias.

El trabajo encomendado fue uno de los mayores honores a los que un artista podría aspirar en China. Sin embargo, el retratista de Mao fue uno más de los millones de víctimas de la represión y las persecuciones desatadas por las Guardias Rojas del mismísimo Mao durante la década de la Revolución Cultural.

Trágica paradoja. Cuando la imagen de Mao se exhibía en las casas de familia, escuelas, fábricas y oficinas gubernamentales en todo el país, en el ápice del culto a la personalidad, su autor fue perseguido por las huestes maoístas, quienes consideraban el retrato del líder ideológicamente impuro y distorsionante de la sensibilidad popular del líder máximo.

Wang fue entonces  sometido a las humillantes “sesiones de autocrítica” acusado de capitalista por sus antecedentes familiares y, sobre todo, por pintar al “cuatro veces grande” desde un ángulo que mostraba solo uno de sus oídos, lo que dejaba entender que solo escuchaba a unos pocos elegidos y no a las masas.

“No fui yo quien decidió cuántas orejas pintar”, explicaría Wang años más tarde. “Esto fue decidido por el gobierno central”, que le había entregado la foto del presidente que el artista debía copiar.

Como castigo, las autoridades enviaron a Wang a “reeducarse”   como carpintero durante dos años en una fábrica de marcos.

No obstante pudo conservar su título y continuó pintando el retrato oficial, esta vez con dos orejas.

Tan grande era la demanda de retratos de Mao durante la década del 70 que el Partido Comunista le encargó a Wang la selección de 10 artistas de la Escuela de Arte de Beijing, quienes, además de sus aptitudes pictóricas, debían probar su fidelidad ideológica al partido y su amor por el presidente Mao.

Nadie podía imaginar que, pocos años después, con el proceso de reformas y apertura de Deng Xiaoping y la muerte de Mao en 1976, los “retratos sagrados” iban a pasar de moda y de los 10 discípulos de Wang hoy queda solamente uno que, en un pequeño taller dentro de los muros de la Ciudad Prohibida, prepara año tras año el único retrato oficial, el de la Plaza Tiananmen.

Expuesto a las inclemencias del tiempo y la monstruosa contaminación ambiental de Beijing, el retrato es sustituido anualmente la última noche del mes de setiembre, de modo que luzca en su máximo esplendor para la fiesta nacional y la gran parada militar del 1 de octubre.

Wang no fue ni el primero ni el último retratista de Mao. Sin embargo, fue quien lo transformó en un ícono universal. Son decenas de millones de chinos y extranjeros que anualmente observan esta “Mona Lisa comunista”, de un rostro tan inescrutable -y quizás más admirado y reconocido- que el de la Gioconda del genial renacentista.

Fue ese mismo retrato de Wang que inspiró a Andy Warhol, cuyas imágenes en serigrafía convirtieron al “dios comunista” (Warhol dixit), con colores mucho más estridentes, en una estrella pop internacional. En 2017, una pintura del Mao de  Warhol fue vendida a un comprador asiático no identificado en una subasta de Sotheby’s en Londres por 12,6 millones de dólares.

Wang murió como vivió. En el anonimato y acompañado solamente por sus dos hijos. El único reconocimiento al “pintor sin nombre” fue póstumo y sus restos fueron enterrados en el cementerio de Babaoshan, principal lugar de descanso de Beijing para los héroes revolucionarios, altos funcionarios del gobierno y del Partido Comunista. Según el diario de la Juventud Comunista, Mao Xinyu, nieto de Mao Zedong, envió una corona de flores.

Post scriptum. En la pintura multimillonaria del irreverente artista estadounidense, Mao se muestra con una sola oreja. Ironías del arte…