5ª MUJER ASESINADA EN 36 DÍAS

Otro femicidio, y maltrato policial a Caras y Caretas que quiso confirmar información

Una mujer fue asesinada este domingo, siendo la quinta víctima mortal en lo que va de 2017. El asesino se entregó. Caras y Caretas Portal fue hasta la Seccional 19. Encontramos maltrato por parte del suboficial mayor Hugo Coito.

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Mujeres de Negro, publicó en su muro de Facebook: “Hoy otra mujer ha muerto en Uruguay a causa de violencia doméstica”. Busqué información, pero todo lo que había era del muro del colectivo. Alguna persona decía que había sido en Melilla, que todo comenzó por una discusión por dinero, que la mató con una azada, que se entregó en la Seccional 8ª, que iba cubierto de sangre y que se quiso matar. El asesino tiene 45 años, la víctima 42. Datos que, para escribir una nota, había que confirmar. Así que comencé llamando a esa comisaría. El agente que me atendió me dijo que no tenía nada. Que llamara a Jefatura, de ahí a Investigaciones de la zona 3, que ignoraban el caso.  Luego, de vuelta a Jefatura, que me derivaron a la zona 4. En los números que me dieron no atendió nadie, así que volví a llamar a Jefatura. Y el mismo agente me sugirió que, como yo le decía que el crimen había sido cometido en Melilla, me comunicara con la Seccional 22. El cabo que atendió la llamada, y que me trató con mucha diligencia, al igual que lo habían hecho hasta entonces sus colegas, dijo que se había enterado que en el complejo Verdisol mataron a una mujer. Su conocimiento era por comentarios de Facebook, “pero sí es cierto”. Y agregó: “¿Sabe dónde puede conseguir información? En la Seccional 19, que es jurisdicción de ellos, porque acá no tenemos ni idea. Allí le pueden informar algo”. Me dio el teléfono y llamé. En la 19 me atendió la agente Montero. Y aquí transcribo el diálogo: “Buenas noches, mi nombre es Isabel Prieto Fernández, le hablo de la revista Caras y Caretas. Le llamo porque tengo información que en la tarde de ayer un señor mató a su pareja en el complejo Verdisol. Simplemente quería confirmar para subirlo a la web”. La respuesta fue inmediata: “Nosotros por teléfono información no le podemos dar”. “¿No puede decirme simplemente si es verdad eso?”. “Hubo homicidios, sí. Por teléfono no podemos dar información, señora, tendría que venir personalmente”. “Perfecto, muchas gracias”. “Bueno, de nada”. “Hasta luego”. Eran casi las 2 de la madrugada. Y fui. Primero me atendió un policía. Le di mi acreditación de prensa y le dije por qué estaba allí. Me dijo que esperara y se fue con el documento. Al poco rato volvió acompañado de otro uniformado, quien me informó que no podían dar información. Así de simple. Con modales que me preocupé que fueran correctos, le dije que no era lo que me habían dicho por teléfono, que había ido de lejos a esa hora porque estaba trabajando y que el caso lo ameritaba, que estaba cumpliendo mi labor de informar con responsabilidad. Me mandó a Relaciones Públicas del Ministerio del Interior, recalcando que eso, como periodista, debía saberlo, porque “es lo que se enseña en la escuela de periodismo”. El tono de voz, el talante del hombre, la mirada intimidatoria fue realmente violenta. Le expliqué que no cubría crónica roja, que quizá fuera como él decía, pero que estaba trabajando con el tema femicidio y que, por favor, sólo me confirmara la información, porque no quería desinformar. No sólo siguió en su actitud desafiante, sino que me aseguraba que nadie me podía haber dicho que allí me darían nada. En eso apareció, visiblemente insegura, una mujer. La encaré: “¿Fue contigo que hablé?”. Contestó que sí. “¿Para qué me dijiste que viniera?”. Su superior volvió a meterse: “Ella no le dijo eso”. “Sí, claro que sí. Me dijo que la información se daba personalmente”. La miré y le dije “yo no estoy mintiendo”. Lo admitió con un gesto, pero sus palabras fueron otras: “Acá no damos información, tiene que ir a Relaciones Públicas”. El hombre volvió a hablar: “Yo le dije que le dijera eso porque así le decíamos que tiene que ir a Relaciones Públicas”. No se dirigía a mí con buenos modales. Todo en él transmitía violencia contenida. Sabiendo que no llegaríamos a nada, le tendí la mano para saludarlo y marcharme. Quedó de brazos cruzados, criticando mi proceder, insistía con una escuela de periodismo que sólo existía en su imaginario, como le hice saber. Le dije que era grosero y que su falta de educación me alarmaba. “Yo le hablo bien. Acá se está grabando todo, lo que se dice y las cámaras”. Fue un alivio para mí. Realmente considero que esto lo tiene que ver un superior, porque ese señor que viste un uniforme, se supone que debe defendernos de las agresiones, no que tiene que ser el agresor. Quizá operativamente no podía decirme “sí hubo un femicidio”, pero podía ser amable, pedirme disculpas por haberme hecho ir a las dos de la mañana. Nada. Sólo una actitud soberbia. ¿Es esa la forma de tratar a la ciudadanía? ¿Es así como se frena el trabajo de la prensa que, responsablemente, quiere informar de un tema tan caro para los uruguayos como la muerte de sus compatriotas en manos de asesinos que dicen ser sus compañeros de vida? ¿Es así como nos protegen? Muy triste, suboficial mayor Hugo Coito. Ese me dijo que era su nombre. Una vergüenza que semejante ordinario esté al frente de algo, con métodos propios de tiempos amargos. En fin. Hoy hay una quinta víctima. Y demasiados victimarios.

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