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Acuerdo Mercosur–Unión Europea: oportunidades, asimetrías y desafíos en un mundo fragmentado

El entendimiento birregional se presenta como un paso decisivo hacia la creación de una de las mayores zonas de libre comercio del mundo.

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Tras más de 25 años de negociaciones, avances parciales y prolongados estancamientos, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea se encamina finalmente a su firma, prevista para el sábado 17 de enero. El acontecimiento marca un hito en la historia comercial de ambos bloques y se produce en un contexto internacional particularmente complejo, caracterizado por tensiones geopolíticas, reconfiguración del comercio global y crecientes dificultades económicas y sociales, especialmente en América Latina.

El entendimiento birregional se presenta como un paso decisivo hacia la creación de una de las mayores zonas de libre comercio del mundo. El acuerdo abarcará a más de 700 millones de consumidores y prevé una reducción arancelaria que impactará sobre más del 90% del comercio bilateral. En términos macroeconómicos, las proyecciones oficiales para Uruguay son optimistas. El ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone, estimó que el acuerdo podría generar un aumento del Producto Interno Bruto superior a 1,5 puntos porcentuales, un crecimiento del 4% en las exportaciones de bienes, una mejora del 0,5% en el empleo y un incremento cercano al 1% en el salario real.

No obstante, el anuncio de la firma no ha disipado las dudas ni las preocupaciones. Diversos sectores productivos, tanto en el Mercosur como en Europa, han expresado temores sobre los efectos de la apertura comercial. En Uruguay, industrias como la láctea, que ya enfrentan problemas estructurales y pérdida de competitividad, advierten que el ingreso de productos europeos podría profundizar sus dificultades. En este escenario, la discusión sobre ganadores y perdedores vuelve a ocupar un lugar central.

Dudas con el acuerdo

Desde el gobierno uruguayo se reconoce que el acuerdo no es neutro. El ministro de Trabajo y Seguridad Social, Juan Castillo, ha puesto el foco en las asimetrías entre ambos bloques, señalando la necesidad de un debate profundo sobre cómo estas diferencias estructurales pueden afectar a los sectores más vulnerables. La Unión Europea agrupa economías maduras, altamente diversificadas y con fuerte apoyo estatal, mientras que el Mercosur reúne países en desarrollo, con menor capacidad industrial y mayores restricciones fiscales. Estas desigualdades condicionan el impacto real de la liberalización comercial.

En la misma línea, Valeria Csukasi, subsecretaria del Ministerio de Relaciones Exteriores y participante clave en etapas anteriores de la negociación, ha señalado que las asimetrías forman parte intrínseca del acuerdo. El propio diseño del tratado intenta atenderlas mediante plazos diferenciados: mientras la Unión Europea eliminará la mayoría de sus aranceles en un período aproximado de cuatro años, el Mercosur contará con hasta 15 años para completar su apertura. Este mayor tiempo de ajuste busca amortiguar el impacto sobre las economías sudamericanas y ofrecer margen para la adaptación productiva.

Más allá del plano nacional, el acuerdo debe leerse en clave global. El comercio internacional atraviesa una etapa de fragmentación. Estados Unidos ha reforzado políticas industriales defensivas y subsidios estratégicos; Europa continúa protegiendo sectores sensibles, en particular el agro; y Asia consolida su integración intrarregional con acuerdos de gran escala como el RCEP, que concentra cerca del 30% del comercio mundial. En este contexto, los acuerdos amplios y birregionales son cada vez menos frecuentes, lo que otorga al tratado UE–Mercosur una relevancia estratégica adicional.

Desde Europa

Desde la perspectiva europea, el acuerdo permitirá eliminar aranceles para el 91% de sus exportaciones hacia el Mercosur. Sectores como el automotor, la maquinaria, la industria química y la farmacéutica figuran entre los principales beneficiarios, al reducirse aranceles que actualmente oscilan entre el 14% y el 35%. Para estas industrias, el acceso a un mercado sudamericano históricamente protegido representa una oportunidad significativa de expansión y competitividad.

Para el Mercosur, el tratado prevé la eliminación de aranceles para el 92% de las exportaciones hacia la Unión Europea. Se abren oportunidades relevantes para productos agroindustriales clave como carne vacuna, soja, miel y biocombustibles, aunque bajo un sistema de cuotas que busca mitigar el impacto sobre los productores europeos. En países como Argentina, Brasil y Uruguay, la agroindustria aparece como uno de los grandes sectores potencialmente beneficiados, dada su escala productiva y vocación exportadora.

Sin embargo, los estudios de impacto muestran un panorama matizado. Instituciones como el Real Instituto Elcano destacan las oportunidades para empresas europeas y los beneficios para los consumidores, pero advierten sobre la necesidad de compensar a sectores vulnerables. La Fundación Friedrich Ebert, en cambio, ha planteado críticas más severas, alertando sobre el riesgo de una especialización regresiva del Mercosur y sobre la debilidad de los mecanismos de protección ambiental. La Comisión Europea reconoce beneficios agregados, pero también identifica sectores sensibles, como carne, aves, arroz y azúcar, donde podrían generarse tensiones.

Resistencias

Las resistencias al acuerdo son claras. En la Unión Europea, agricultores de países como Francia, Polonia, Irlanda y Austria temen la competencia de las importaciones agropecuarias del Mercosur. En Sudamérica, algunos sectores industriales y organizaciones ambientalistas advierten sobre riesgos de desindustrialización, deforestación y falta de controles efectivos. Estas tensiones reflejan que el acuerdo es, en esencia, una herramienta de doble filo.

El desafío central no radica únicamente en la firma del tratado, sino en su implementación. La apertura comercial exige políticas públicas activas que acompañen a los sectores expuestos, promuevan la reconversión productiva, fortalezcan la capacitación laboral y establezcan mecanismos de compensación para quienes resulten perjudicados. Sin estas herramientas, los beneficios macroeconómicos corren el riesgo de concentrarse, profundizando desigualdades existentes.

El acuerdo Mercosur–Unión Europea es el resultado de un proceso largo y complejo que llega a su desenlace en un mundo muy distinto al que lo vio nacer. Representa una oportunidad significativa, pero también conlleva riesgos reales en un escenario de dificultades extremas. La atención estará puesta en Asunción el próximo 17 de enero, donde se sellará un pacto que puede definir, para bien o para mal, el rumbo económico y estratégico de ambos bloques en los años venideros.

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