Acabo de regresar de la Feria del Libro de Buenos Aires. Fui invitada, junto a varios escritores uruguayos, a participar en las actividades en las que Montevideo, “Ciudad Abierta”, fue homenajeada. Mi propósito era hablar justamente de eso, de la Feria del Libro, del fenómeno cultural y también de la narración y de la poesía uruguayas. La prosa, sin embargo, me fue llevando hacia otro lado, seguramente porque Buenos Aires, como de costumbre, ha vuelto a impactarme de misteriosos modos; y dado que la vida es una novela (o al menos lo es desde el punto de vista del lenguaje), bien vale la pena dejarse llevar hacia un relato que no puede estar más apartado de lo que suele concebirse como un artículo periodístico. Es lindo eso de apartarse cada tanto de sesudas reflexiones; me lo merezco yo, y por supuesto se lo merece el sacrificado lector. Prometo, de todos modos, que me despacharé en futuras entregas sobre algunos temas culturales. Volviendo a Buenos Aires, entonces, lo primero a destacar es que fueron varios días de frenesí, durante los cuales una parte de mi cerebro pretendía cumplir a conciencia con la agenda de las presentaciones, a la que me debía, y la otra cismaba obsesivamente en unas cuantas cosas. El frenesí es consustancial a la ciudad porteña, pero en esos días se vio agravado, si cabe, debido a que no paró de llover durante toda mi estadía, salvo alguna que otra tregua del cielo.
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Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos, es lo que las fachadas ocultan, es mi enemigo, si lo tengo… es la modesta librería en que acaso entramos y que hemos olvidado, es esa racha de milonga silbada que no reconocemos y que nos toca, es lo se ha perdido y lo que será, es lo ulterior, lo ajeno, lo lateral, el barrio que no es tuyo ni mío, lo que ignoramos y queremos”. (Jorge Luis Borges)
Buenos Aires siempre me pareció un monstruo fascinante, con su aire cosmopolita, mezcla de la aceleración y el utilitarismo neoyorkino, el añejo encanto madrileño y la sofisticación parisina, pero esa sola impresión no alcanza ni de lejos para empezar a conocer el verdadero espíritu de la capital argentina. Está, por otra parte, el carácter del porteño, que me pareció más insufrible que nunca, lo cual ya es mucho decir. No deja de sorprender (y no deja de horrorizar) que tantos miles de personas hagan del malhumor cotidiano, del desdén y hasta del maltrato su rasgo de carácter más peculiar; claro que también existen ciertos derroches de amabilidad, de creatividad y de verdadera genialidad que valen por todo lo otro, pero a mí Buenos Aires jamás me ha parecido una ciudad feliz. Ni siquiera sé si es posible, en algún universo, comparar a una ciudad con un sentimiento tan escurridizo como la felicidad, pero apenas pongo un pie en Buenos Aires, empiezan el descubrimiento, el asombro, el drama soterrado, la melancolía y la obsesión. El visitante (por lo menos yo) suele experimentar avidez por desentrañar los signos, por comprender una pequeña parte de sus modos de ser y de estar en el mundo. Hay al menos dos tipos humanos bien diferenciados. Por un lado el porteño tipo, hecho como en serie, con su aire de superioridad, su mirada fría y elegante, y su eterno rictus de ironía. Si es hombre, anda de mocasín y se viste de colores más bien oscuros, lleva el pelo corto y ostenta un reloj de oro y una palidez despectiva. Si es mujer, luce una profusión de peinados, de maquillajes, de zapatos vistosos, de pulseras de plata y de anillos de brillantes. A veces, cuando puede, este porteño presume de su origen europeo -que alguna vez pudo ser tal, pero que está “contaminado” desde hace rato, de manera más o menos infalible, con los residuos de la sangre indígena-. Por el otro lado está el famoso y sufrido “cabecita negra”, que pulula en ejércitos de hormigas laboriosas; lleva la marca del indio, de muchas etnias, en verdad. Ha olvidado la mayor parte de su cultura ancestral -que en muchos casos continúa viva, o sea que no ha sido quebrada por el poder de la institucionalidad de herencia europea-, maneja un taladro mecánico bajo la lluvia, carga y descarga bultos en la calle, lava las plazas a manguera en la madrugada, atiende quioscos y bares y es menospreciado de modo sistemático por el porteño perteneciente al primer tipo. Están también los tacheros, verdadera especie urbana que merecería un detallado estudio antropológico y, por qué no, literario. Uno de ellos, durante un embotellamiento en plena avenida Corrientes, y mientras a nuestro alrededor se desplomaba un aguacero, me puso en su celular la película La República perdida para que me entretuviera y, de paso, me ilustrara sobre las peripecias de la historia argentina, lo cual agradecí sinceramente. El Museo Evita me dejó el gusto amargo de la muerte prematura por zarpazo y exabrupto de poder, y sus ampulosos vestidos de los años 50, encerrados en vitrinas insomnes, me parecieron tristísimos, tanto como el mármol verdinegro de ciertas casonas del siglo XIX que todavía muestran el boato del pasado a través de sus ventanales ya largamente vacíos de vida. La desmesura de la urbe, plena de edificios altísimos, me recordó a una poeta argentina que reside en Montevideo desde hace como treinta años. Un día me dijo que sólo en Uruguay podía verse el cielo, y que era esa la principal razón de su exilio. Alfonsina Storni lo expresó de manera similar: “Tristes calles derechas, agrisadas e iguales, por donde asoma, a veces, un pedazo de cielo”. En Buenos Aires todo es a lo grande; si la huella de la vida es impactante y abrumadora, también lo es la de la muerte. De las casas desmanteladas salen infinidad de objetos. Así como en Tristán Narvaja florecen los testimonios de las vidas pasadas, a través de retratos que ya no importan a nadie, cacerolas y lámparas, juegos de copas incompletos y carpetitas de croché, así también en Buenos Aires se multiplican tales restos, ocupan miles de casas de comercio y dan trabajo a miles de personas en los más variados rubros. Abundan las galerías de arte de la Recoleta, por ejemplo; las librerías de viejo de la calle Corrientes, las tiendas de ropa usada y de joyería antigua de San Telmo y un larguísimo etcétera. Testimonios de un pasado de rumbosa apariencia, restos de sucesivos y puntuales naufragios, anillos de la bisabuela o de la tía segunda, montañas y montañas de libros -algunos sin leer, lo pregona la virginidad de sus primeras páginas-. Del lado de los vivos, gente y más gente que se desplaza por la calle, que se aleja de su hogar durante todo el día, que rumia sus sueños y sus esperanzas, pero que, por desgracia, luce frecuentemente desesperanzada. Buenos Aires es un monstruo de tradiciones fervientes. La palabra soberbia cobra allí infinitas y desbocadas expresiones. La soberbia alienta en los menores detalles de la vida cotidiana y se trasluce hasta en la manera de dar los buenos días. Buenos Aires mantiene casi intacto el orgullo desafiante de haber sido capital de virreinato, con todo lo que esto implica. Desigualdades hondas y arraigadas, riquezas y pobrezas sin límite, derroches de lujo y derroches de explotación del prójimo, una erudición y un poder de investigación abrumador en ciertos círculos universitarios y una ignorancia profunda y monolítica en amplísimos sectores de población; y por encima de todo eso, siempre el monstruo. Existe una imposibilidad radical de conocer a la ciudad en sí, la que respira por los 10.000 pulmones de ese mapa marrón y gris, que lleva el color del asfalto y del río. Será por eso que dice Borges: “Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos, es lo que las fachadas ocultan, es mi enemigo, si lo tengo… es la modesta librería en que acaso entramos y que hemos olvidado, es esa racha de milonga silbada que no reconocemos y que nos toca, es lo se ha perdido y lo que será, es lo ulterior, lo ajeno, lo lateral, el barrio que no es tuyo ni mío, lo que ignoramos y queremos”.