Me gusta cuando callas
Lo primero fue callar y chiflar bajito. Cómo será la cosa que hasta Da Silva se llamó a silencio y metió violín en bolsa, salvo para tirarle el fardo al edil y a la lista de Gandini porque sabe que no tuvo votos, quedó fuera del Parlamento y es sencillo soltarle la mano. Pero como la bola de nieve, blanca, muy blanca, se les viene encima, cambian la estrategia y salen a decir cualquier cosa para entreverar.
Así, el senador Sergio Botana, un paria que no llega a fin de mes, sigue acusando al FA de ser un narcopartido elevando el disparate para levantar polvareda que tapa rastros, mientras Enrique Antía pierde el juicio y tiene que devolver un campo que usufructúa desde hace décadas siendo un falso colono, como Álvaro Delgado y Guido Manini. Por si faltara algo, Graciela Bianchi vuelve por sus fueros con las típicas declaraciones surrealistas y Martín Lema, que posaba de líder opositor montevideano, hunde la cabeza cuando la munición le explota en la bancada. Por eso salen a aplicar el manual que compraron a las apuradas.
La triple A: atacar, abrumar y adormecer
La derecha internacional en auge también produce estupidez. Steve Bannon, el gurú detrás de Trump y fabricante de Cerimedo y tanto otro chantún de poca monta aupado en la ola de campañas virtuales y delitos varios, enseña a esa troupe que se trata de desparramar mierda, mucha mierda todo el tiempo, una y otra vez. Bannon afirma que deben atacar y abrumar ya que el sistema mediático y de plataformas en red tiene sus exponentes para propagar esa estupidez fecal que todo lo inunda. El objetivo es saturar y que incluso sea percibido como entretenimiento en dispositivos móviles a mano cada vez en uso por más tiempo.
Se trata de producir cansancio mental como subproducto de una estupidez destilada en las refinerías mediáticas que trabajan para mantener el viejo orden aunque se presente como nuevo. Existe una teoría denominada como la asimetría de la estupidez que se explica por la enorme desproporción que existe entre la cantidad de energía que se necesita para refutarlas, en comparación con la poca energía necesaria para crearlas y difundirlas.
Su nombre fue creado por él programador informático italiano Alberto Brandolini en 2013 tras presenciar un debate político por televisión en el que participaba Silvio Berlusconi. En resumen, su principio explica de forma matemática y psicológica por qué las noticias falsas, los mitos urbanos y las teorías conspirativas se propagan tan rápido en internet y redes sociales frente a la lentitud de los desmentidos científicos.
Según la colombiana Edith Sánchez, licenciada en Ciencias Sociales y Periodismo, autora multipremiada con amplia trayectoria en el área de la docencia, edición y redacción, y que se especializa en la producción, análisis e investigación de textos escritos, la teoría expuesta por Brandolini se compone de tres tipos de asimetrías:
1. Asimetría de impacto: los enunciados poco acertados suelen tener más impacto que los esfuerzos posteriores por cuestionarlos. Por ejemplo, alguien que diga que mañana nos invadirán los extraterrestres, siguiendo los vaticinios del «famoso científico Pepito Pérez y Los Simpson», probablemente conseguirá captar atención; otra cuestión es que logre convencer a alguien.
2. Asimetría de retención de la memoria: las afirmaciones iniciales increíbles dejan una huella más profunda en la memoria que los intentos posteriores por desmentirlas, incluso si son muy válidas. La gente recuerda más la afirmación de Pepito que la de 50 expertos que la desmintieron.
3. Asimetría de la unción: ésta señala que, en general, tendemos a percibir a quien difunde la estupidez como alguien con ventaja. En cambio, quienes lo contradicen son vistos como aguafiestas. A las personas suelen gustarle más las afirmaciones mágicas y muy poco ajustadas a la realidad, pero impactantes.
Sánchez concluye que “lo más saludable es ignorar a quienes se enrocan en posturas absurdas. La polémica solo les hace ganar visibilidad; de hecho, puede llegar a convertirse en una oportunidad para adoptar el papel de víctimas, una posición en la que sienten comodidad por las ganancias secundarias que obtienen”.
La conclusión expone un razonable sentido común pero abre el debate, serio, no ya como actitud personal en la vida privada sino por las derivaciones de cierta pasividad en la esfera comunicacional, donde el algoritmo favorece el disparate confrontativo, o su impacto en la esfera política, donde la derecha eleva el umbral para instalar las peores ideas y posturas que por mucho tiempo no se animó a repetir, y ahora queda revestida con una nueva rebeldía también falsa.
Las llamadas fake news siembran posverdad con base en una confusión destinada a enturbiar para generar una suerte de estado grogui, como el de ese boxeador que recibe un golpe tras otro hasta que pierde el sentido. Ese es el sentido de la producción de sentido más perversa del sistema, la de aturdir. Pero si el objetivo es crear parálisis, no se trata de una quietud que impida consumir sino la de inmovilizar la capacidad de concebir que otro mundo es posible, anulando la construcción colectiva del bien común.
Así se promueve el sueño individual revestido de identidad en búsqueda de su zona de confort adornada por una "verdad" tranquilizante, adormecedora. Esa ilusión vacía será llenada por soluciones fáciles, huérfanas de toda complejidad, expresadas en discursos que abonan el miedo y propagan el odio para ofrecer la mano dura, a menudo, de un líder carismático, si es posible, o por cualquier payaso de ocasión.
Dramas y escándalos
El filósofo italiano Massimo Cacciari (1944), afiliado al PCI en los años 70 y que llegó a ser alcalde de Venecia en dos ocasiones a mediados de los 90 y en el siglo XXI, decía que en la sociedad actual no hay tiempo ni espacio sagrado para la tragedia porque falta su quintaesencia: la catarsis teatral en la que el pueblo se sanaba y se purificaba de un dolor. Ahora solo hay una sucesión de dramas como espectáculos pasajeros. A estos dramas les podríamos agregar los escándalos que repiten las más viejas artimañas del poder en manos de unos pocos y ejercido en detrimento de la enorme mayoría, con un efecto secundario nada desdeñable: que el electorado de derecha, más que enjuiciar, tiende a premiar la corrupción de sus partidos por la fascinación de los pobres con los ricos, a quienes asumen como dominadores y celebran por su viveza "porque el que no afana es un gil", como enseñaba el gran Discepolín en el tango Cambalache.
Ese poder desigual basado en el robo y el pillaje y que el capitalismo concentra más y más porque está en su esencia sistémica; la que le impide resolver las contradicciones y lo acotan en tanto modo de producción histórico concreto para, llegado el caso, ser superado. Eso sí, no se reformará ni caerá solo por más escándalos que produzca. Parafraseando a Marx: no basta con indignarse por el mundo, de lo que se trata es de transformarlo.
Porque nadie paga facturas en política si alguien no se las cobra. Y esa es una tarea indispensable para destruir todo el viejo régimen de corruptelas varias de esa alta suciedad clasista, patriarcal y racista. Y también es tarea, no de héroes individuales sino de muchos y muchas amuchándose en todas las luchas.