En ese contexto, puntualizó que “gobernar no es solamente administrar recursos e instituciones, sino, sobre todo, trabajar por el bienestar de las personas y construir una sociedad en que la dignidad, la libertad, la convivencia y las oportunidades puedan ser parte de la vida cotidiana de sus ciudadanos”.
Sin mencionar explícitamente a ningún país ni potencia agresora, el orador afirmó que “no concebimos la paz simplemente como la ausencia de guerra. La entendemos como una construcción permanente y la posibilidad de que las personas puedan vivir, trabajar, educar a sus hijos, desarrollar sus proyectos y mirar al futuro sin miedo”.
En ese marco, y en referencia a su reivindicación del multilateralismo, lanzó una frase bien desafiante: “Nadie es más que nadie”, añadiendo que “no podemos ser indiferentes ante el dolor que implica un estado de guerra interminable, el miedo y el dolor del crimen organizado, la represión que surge de la tiranía, o el sufrimiento que provoca un férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano”. Sin mencionarlo, con esta definición Orsi acusó a Estados Unidos de ser el promotor de las guerras contemporáneas y de intentar poner de rodillas a la Revolución cubana mediante un bloqueo inhumano y criminal.
“Nuestro compromiso es buscar caminos de entendimiento, abrir espacios de diálogo y contribuir a que los conflictos encuentren una salida pacífica. Esto no significa indiferencia ni relativizar el sufrimiento ni desconocer las responsabilidades. Significa entender que la paz exige algo más difícil que tomar partido: trabajar para que ese enfrentamiento pueda terminar lo antes posible. Para eso, necesitamos también recuperar algo que en ocasiones parece haberse perdido en el debate internacional: la humildad. Ningún país es dueño de una verdad absoluta. Ninguna nación tiene el monopolio de las soluciones. Ninguna sociedad puede pretender que su experiencia histórica sea universal y ningún pueblo debería ser condenado a elegir entre modelos impuestos desde afuera”.
En tono enérgico, el presidente uruguayo declaró que “las fronteras de los países no pueden depender de las veleidades humanas, sí deben ser protegidas y respetadas por ser los límites definidos para mantener identidades, idiosincrasia y sentido de pertenencia de sus respectivas poblaciones. No podemos seguir siendo rehenes de la voluntad de unos pocos países que se pueden contar con los dedos de una mano”. Es claro que, en este caso, también hubo un explícito rechazo al rol de gendarme universal que se adjudica a sí mismo el emperador Donald Trump, agrediendo a países extranjeros, colonizando a Venezuela y acorralando a Cuba para que ceda a sus apetitos de poder.
En otro pasaje de su conceptuoso discurso, marcó la agenda de la asamblea cuando reclamó no ser indiferente ante la desigualdad, la pobreza y la miseria que siembran las guerras. “Tenemos la posibilidad de decidir qué mundo queremos dejar a quienes vienen después”, proclamó enfáticamente, al tiempo de apostar al diálogo como herramienta del entendimiento, a los efectos de minimizar los conflictos.
“La paz no es una utopía, es un trabajo permanente. Ningún conflicto se resuelve definitivamente con más conflicto. Ninguna sociedad se vuelve más segura cuando la desesperanza se convierte en norma y ningún país puede construir su bienestar de manera aislada”, sostuvo.
A diferencia de su colega argentino, Javier Milei, quien desacreditó a la propia Organización de las Naciones Unidas, en otro desplante propio de su delirante patología de impronta mesiánica, Yamandú Orsi consideró necesario fortalecer aún más al organismo internacional, aunque manifestó que “debe inexorablemente evolucionar al ritmo de los cambios geopolíticos que vertiginosamente suceden y tomar decisiones justas que deban ser acatadas”. En este caso, en una lectura más fina, puede inferirse que se refiere a los países como Estados Unidos e Israel que suelen ignorar las resoluciones de la Asamblea General de la ONU, cuando se vota una tregua a un conflicto armado o se reclama devolver los territorios usurpados a naciones extranjeras, como ha sido habitual en el Estado judío, que sigue ocupando ilegalmente Cisjordania, la Franja de Gaza y los Altos del Golán, en Siria, desde hace casi sesenta años.
Cuando las violaciones a los principios básicos del derecho internacional son tan flagrantes y groseras como en estos casos, no es indispensable identificar a los países agresores. Así lo entendió Orsi, quien, apelando en algunos casos al lenguaje subliminal, igualmente condenó enérgicamente estas conductas prepotentes.
Acorde a su condición de amanuenses del imperio, el presidente del Directorio del Partido Nacional, Álvaro Delgado; el secretario general del Partido Colorado, Andrés Ojeda; los diputados blancos Pablo Abdala y Juan Martín Rodríguez, y su colega colorado Walter Verri deploraron las reflexiones de Orsi en torno al bloqueo a Cuba, en un claro testimonio de la conducta obsecuente y de inocultable complicidad de la derecha con los atropellos perpetrados por la Casa Blanca. Esta aviesa actitud se remonta por lo menos al 31 de enero de 1962, cuando, en Punta del Este, la Organización de Estados Americanos decretó la expulsión de la isla caribeña, cediendo a las presiones de Estados Unidos, con la anuencia del colegiado blanco de la época. Más de 65 años después, la posición de la derecha parece ser la misma, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Es obvio que, por razones ideológicas, estos blancos y colorados tienen la misma y vergonzosa vocación de cipayos que sus antepasados.