En concepto de Batlle, restringir el accionar sindical (que de esto se trata), era equivalente a atentar contra las libertades; así, el artículo en cuestión añade que una ley semejante solamente lograría “decapitar aquellas clases limitando la acción de los que las instruyen, de los que las encaminan, de los que las alientan en la eterna e ingrata lucha que les ha impuesto el destino. Las medidas reparadoras que han de surgir de la asamblea (Parlamento nacional), si realmente han de ser reparadoras, no pueden consagrar ninguna limitación del derecho de los humildes. ¡No puede seguirse el ejemplo de los legisladores de los países monárquicos, que ven en el proletario un eterno insurrecto, casi un enemigo! ¡La asamblea, al tender sus vistas, no debe dirigirse al pasado sino hacia el porvenir!”.
El año 1911, en que Batlle asume su segundo mandato, fue especialmente dramático desde el punto de vista social y económico, anticipando en algunos sentidos la crisis de 1913 que tendría graves consecuencias para los trabajadores uruguayos. La Federación Obrera Regional Uruguaya, fundada en 1905, promovió numerosas manifestaciones y protestas que fueron, sin excepción, violentamente reprimidas por la Policía, durante el gobierno de Claudio Williman (1907-1911), con el beneplácito de los sectores patronales de la industria y el comercio. Los precios de los productos de primera necesidad, como harina y fideos, subían continuamente. Frente a ello surge el Comité contra la Carestía de la Vida, que organizó diversas movilizaciones, algunas de las cuales serán prohibidas.
La reelección de Batlle y Ordoñez alentó la esperanza de mejoras y de mayor libertad social. En mayo estalla una gran huelga tranviaria a la que se suman otros gremios en gesto de solidaridad. Las patronales afirmaron que la causa del descontento fue el despido de un obrero que padecía una enfermedad contagiosa. La multitud acudió al pie del balcón en el que Batlle se encontraba.
La anécdota es muy conocida. El presidente dirigió a los manifestantes unas palabras que ningún otro mandatario de la República se atrevió a decir antes, y que ningún otro iba a repetir, salvo contadísimas excepciones: “El Gobierno garantizará vuestros derechos mientras os mantengáis dentro del terreno de la legalidad. Organizaos, uníos y tratad de conquistar el mejoramiento de vuestras condiciones económicas, que podéis estar seguros de que en el Gobierno no tendréis nunca un enemigo, mientras respetéis el orden y las leyes”. Los manifestantes prorrumpieron en aplausos y vivas estruendosos a Batlle y a la huelga general. Baste decir que, por nimio que pueda parecer el incidente, el presidente no se escondió de los huelguistas, no minimizó su causa, no se burló de sus reclamos, no cedió a las presiones empresariales para reprimir al movimiento obrero y no exclamó que, de continuar con la medida, terminarían cobrando ese mes un puñado de maníes. Y mucho menos sostuvo que, en la coyuntura, era necesario priorizar a los “malla oro”.
Al fin se logró destrabar el conflicto, hubo mejoras en los ingresos de los 1700 tranviarios, una reducción de su jornada laboral y la creación de 150 puestos nuevos en el sector. El 30 de mayo publica El Día el detalle nada menor de que los 167 mil pesos anuales de aumento que habían conquistado los trabajadores “quedan en el país y se desparraman, con un poco de alegría, entre la gente pobre”.
El 3 de junio de 1911, enzarzado el periódico en un largo combate de papel y tinta con el diario El Siglo, de índole empresarial, El Día publica un artículo titulado “Resonancias”, en el que se señala: “El Siglo ha confesado al fin que es opositor al gobierno actual. ¿Y por qué es opositor? Porque éste propende a soluciones de naturaleza económica y social que le parecen revolucionarias y hasta libertarias: el monopolio de los seguros, por una parte; la neutralidad ante los conflictos entre patrones y obreros, por la otra... Nos detendremos a recoger los cargos que se dirigen al presidente de la República en materia social, al acusársele de haber estimulado soluciones de violencia en el campo obrero, de haber enardecido con el aliciente de su palabra a las masas huelguísticas, de haber roto lanzas contra el capital, la industria y la sociedad entera con prescindencia absoluta de sus deberes y de las conveniencias nacionales. He ahí resumido el alegato acusatorio de ‘El Siglo’ que, en el colmo de una vanidad estupenda, ha creído interpretar con sus palabras el sentimiento y la opinión de todo el país”.
Y ya que de vanidades estupendas se trata (tanto en 1911 como ahora, cuando algunos pretenden usar la figura de Batlle y Ordóñez en nombre de todo aquello a lo que se opuso en vida), agrega el articulista: “Sensata, sinceramente, nadie que no se halle en las mismas condiciones y circunstancias especialísimas de ‘El Siglo’ —obligado a defender a las clases conservadoras contra viento y marea— ha de tomar en serio eso de que el gobierno actual es enemigo del capital, de la industria, etc. Lo cierto, lo único cierto es que el gobierno del señor Batlle y Ordóñez ni es enemigo del capital, de la industria, etc., ni es enemigo, como se hubiera querido que lo fuera, de las clases proletarias”.
Todavía en un quinto artículo hemos de ocuparnos de Batlle y la cuestión obrera, porque la hondura de su pensamiento, así como la justa reivindicación de su preciso lugar en la historia de las ideas uruguayas y americanas así lo exigen. Y para que ninguno pueda, impunemente, tergiversar a gusto su legado.