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Columnas de opinión | derramar | Batlle | reclamos

Otras épocas mismos problemas

Derramar un poco de alegría entre la gente pobre

Batlle y Ordoñez no se escondió de los huelguistas, no minimizó su causa, no se burló de sus reclamos, no cedió a las presiones empresariales para reprimir al movimiento obrero y mucho menos sostuvo que, en la coyuntura, era necesario priorizar a los “malla oro”.

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“Recordemos que el socialismo, sean cuales fueren sus errores y las utopías que encarne, encierra una grande e incontestable verdad cuando nos dice que hay multitudes con el más perfecto derecho a la vida que languidecen de hambre; cuando nos recuerda que las tres cuartas partes de la humanidad trabajan sin descanso, afanosamente, sin más recompensa y sin otra esperanza que una lenta y dolorosa consunción; cuando nos hace sentir a todos los hombres de corazón, sin distinción de doctrina, que dentro del régimen social vigente se desarrollan graves males crónicos que es preciso aliviar, si no curar, ¡buscando el remedio donde quiera que se encuentre! Y ya que se palpa el mal y no se encuentra el remedio, déjese por lo menos obrar a esos propagandistas, por más que se les crea soñadores, por más que se les suponga extraviados, aunque más no sea por el tan lejano como grandioso fin que persiguen”. La cita pertenece a la obra “Batlle y los problemas sociales en el Uruguay”, de Domingo Arena, y se integra con la mayor armonía en el pensamiento general de don Pepe, profusamente vertido a través de los artículos publicados en El Día. Casi todos fueron escritos por el propio Batlle; y los pocos imputables a Arena representan fielmente la opinión de aquél, como se ha expresado por parte de sesudos analistas.

En un mundo occidental en el cual, en 1905 (y por desgracia, mucho más allá de 1905), se criminalizaba a los obreros y a los pobres en general, haciendo caer sobre ellos todas las culpas por sus protestas y reclamos, que alteraban la decencia de las costumbres y el orden vigente; en un mundo de esas características, que oscilaba entre un liberalismo conservador y un elitismo censitario demasiado vinculado a los resabios del Antiguo Régimen, Batlle y Ordóñez hacía valer unas ideas que sembraban el escándalo, tanto en el Río de la Plata como en la vigilante Inglaterra, que aún tenía comprometidos muchos capitales y negocios entre nosotros, y a la que no le interesaba que ningún político local anduviera metiendo el dedo en la llaga de la cuestión social.

Como ya se ha dicho en anterior artículo, había quienes clamaban por mayor represión contra los trabajadores y pedían a gritos una ley penal contra los denominados “agitadores”, que no eran otra cosa que dirigentes sindicales. Al respecto, señala El Día, en artículo fechado el 19 de junio de 1905: “No pensemos en dictar leyes contrarias a la libertad y al progreso, como lo sería cualquier ley que atentase contra los agitadores, máxime cuando nuestras leyes comunes bastan para garantizarnos de cualquier atropello. Dejemos a los agitadores que propaguen sus ideas en los centros obreros, ya que para ello tienen perfecto derecho. Dejemos que hagan cuanto puedan para regimentar a sus compañeros, para inculcarles ideas de mejoramiento, para acostumbrarlos a ser previsores, para colocarlos en condiciones de defensa cuando la lucha de intereses llama a la acción”.

En concepto de Batlle, restringir el accionar sindical (que de esto se trata), era equivalente a atentar contra las libertades; así, el artículo en cuestión añade que una ley semejante solamente lograría “decapitar aquellas clases limitando la acción de los que las instruyen, de los que las encaminan, de los que las alientan en la eterna e ingrata lucha que les ha impuesto el destino. Las medidas reparadoras que han de surgir de la asamblea (Parlamento nacional), si realmente han de ser reparadoras, no pueden consagrar ninguna limitación del derecho de los humildes. ¡No puede seguirse el ejemplo de los legisladores de los países monárquicos, que ven en el proletario un eterno insurrecto, casi un enemigo! ¡La asamblea, al tender sus vistas, no debe dirigirse al pasado sino hacia el porvenir!”.

El año 1911, en que Batlle asume su segundo mandato, fue especialmente dramático desde el punto de vista social y económico, anticipando en algunos sentidos la crisis de 1913 que tendría graves consecuencias para los trabajadores uruguayos. La Federación Obrera Regional Uruguaya, fundada en 1905, promovió numerosas manifestaciones y protestas que fueron, sin excepción, violentamente reprimidas por la Policía, durante el gobierno de Claudio Williman (1907-1911), con el beneplácito de los sectores patronales de la industria y el comercio. Los precios de los productos de primera necesidad, como harina y fideos, subían continuamente. Frente a ello surge el Comité contra la Carestía de la Vida, que organizó diversas movilizaciones, algunas de las cuales serán prohibidas.

La reelección de Batlle y Ordoñez alentó la esperanza de mejoras y de mayor libertad social. En mayo estalla una gran huelga tranviaria a la que se suman otros gremios en gesto de solidaridad. Las patronales afirmaron que la causa del descontento fue el despido de un obrero que padecía una enfermedad contagiosa. La multitud acudió al pie del balcón en el que Batlle se encontraba.

La anécdota es muy conocida. El presidente dirigió a los manifestantes unas palabras que ningún otro mandatario de la República se atrevió a decir antes, y que ningún otro iba a repetir, salvo contadísimas excepciones: “El Gobierno garantizará vuestros derechos mientras os mantengáis dentro del terreno de la legalidad. Organizaos, uníos y tratad de conquistar el mejoramiento de vuestras condiciones económicas, que podéis estar seguros de que en el Gobierno no tendréis nunca un enemigo, mientras respetéis el orden y las leyes”. Los manifestantes prorrumpieron en aplausos y vivas estruendosos a Batlle y a la huelga general. Baste decir que, por nimio que pueda parecer el incidente, el presidente no se escondió de los huelguistas, no minimizó su causa, no se burló de sus reclamos, no cedió a las presiones empresariales para reprimir al movimiento obrero y no exclamó que, de continuar con la medida, terminarían cobrando ese mes un puñado de maníes. Y mucho menos sostuvo que, en la coyuntura, era necesario priorizar a los “malla oro”.

Al fin se logró destrabar el conflicto, hubo mejoras en los ingresos de los 1700 tranviarios, una reducción de su jornada laboral y la creación de 150 puestos nuevos en el sector. El 30 de mayo publica El Día el detalle nada menor de que los 167 mil pesos anuales de aumento que habían conquistado los trabajadores “quedan en el país y se desparraman, con un poco de alegría, entre la gente pobre”.

El 3 de junio de 1911, enzarzado el periódico en un largo combate de papel y tinta con el diario El Siglo, de índole empresarial, El Día publica un artículo titulado “Resonancias”, en el que se señala: “El Siglo ha confesado al fin que es opositor al gobierno actual. ¿Y por qué es opositor? Porque éste propende a soluciones de naturaleza económica y social que le parecen revolucionarias y hasta libertarias: el monopolio de los seguros, por una parte; la neutralidad ante los conflictos entre patrones y obreros, por la otra... Nos detendremos a recoger los cargos que se dirigen al presidente de la República en materia social, al acusársele de haber estimulado soluciones de violencia en el campo obrero, de haber enardecido con el aliciente de su palabra a las masas huelguísticas, de haber roto lanzas contra el capital, la industria y la sociedad entera con prescindencia absoluta de sus deberes y de las conveniencias nacionales. He ahí resumido el alegato acusatorio de ‘El Siglo’ que, en el colmo de una vanidad estupenda, ha creído interpretar con sus palabras el sentimiento y la opinión de todo el país”.

Y ya que de vanidades estupendas se trata (tanto en 1911 como ahora, cuando algunos pretenden usar la figura de Batlle y Ordóñez en nombre de todo aquello a lo que se opuso en vida), agrega el articulista: “Sensata, sinceramente, nadie que no se halle en las mismas condiciones y circunstancias especialísimas de ‘El Siglo’ —obligado a defender a las clases conservadoras contra viento y marea— ha de tomar en serio eso de que el gobierno actual es enemigo del capital, de la industria, etc. Lo cierto, lo único cierto es que el gobierno del señor Batlle y Ordóñez ni es enemigo del capital, de la industria, etc., ni es enemigo, como se hubiera querido que lo fuera, de las clases proletarias”.

Todavía en un quinto artículo hemos de ocuparnos de Batlle y la cuestión obrera, porque la hondura de su pensamiento, así como la justa reivindicación de su preciso lugar en la historia de las ideas uruguayas y americanas así lo exigen. Y para que ninguno pueda, impunemente, tergiversar a gusto su legado.