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Columnas de opinión | memoria |

¿Dónde estabas?

La memoria también tiene dueños

El 11 de septiembre de 2001 quedó grabado en la memoria colectiva y está bien que así sea. 2.977 personas fueron asesinadas por terroristas que utilizaron aviones comerciales como armas.

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Yo estaba haciendo un programa de televisión con Luis Carballo, “Récords Guinness”, en el Canal 10. La transmisión transcurría normalmente hasta que, de pronto, el programa se interrumpió y en los monitores aparecieron las imágenes de una de las Torres Gemelas envuelta en humo. Después vimos impactar el segundo avión. Entonces comprendimos que no estábamos viendo una película ni una catástrofe ocurrida en algún lugar remoto del planeta. Estábamos viendo la historia pasando frente a nuestros ojos.

Casi todos recordamos dónde estábamos. Con quién estábamos. Qué estábamos haciendo. Qué sentimos. Incluso recordamos, en muchos casos, qué dijimos cuando comprendimos que el mundo acababa de cambiar y el imperio más armado de toda la historia de la humanidad podía llegar a recibir un poco de todo el daño que ocasionaba en el resto del planeta.

El 11 de septiembre de 2001 quedó grabado en la memoria colectiva y está bien que así sea. 2.977 personas fueron asesinadas por terroristas que utilizaron aviones comerciales como armas. No hay explicación política que justifique aquella barbarie ni hay causa que convierta a civiles en objetivos legítimos.

Pero cada vez que llega el 11 de septiembre me pregunto: ¿por qué no recordamos dónde estábamos cuando miles de niños fueron asesinados por Estados Unidos e Israel?

¿Dónde estabas cuando Estados Unidos invadió Irak, el 20 de marzo de 2003? ¿Dónde estabas cuando comenzaron los bombardeos sobre Bagdad? ¿Dónde estabas cuando Faluya fue arrasada por las fuerzas estadounidenses en noviembre de 2004? ¿Dónde estabas cuando las fotografías de Abu Ghraib mostraron al mundo los abusos cometidos contra prisioneros iraquíes?

Probablemente no lo recuerdes, y no es casualidad.

El 28 de febrero de 2026 ocurrió algo que debería quedar grabado en la memoria del mundo. Una escuela de niñas en Minab, en el sur de Irán, fue alcanzada durante los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán. Las autoridades iraníes informaron inicialmente de más de 160 muertos, en su mayoría niñas de entre 7 y 12 años.

Investigaciones posteriores de Human Rights Watch verificaron que una munición había impactado directamente en la escuela. Naciones Unidas pidió una investigación independiente y la investigación de CBS señaló además que una evaluación preliminar estadounidense consideraba probable la responsabilidad de Estados Unidos, aunque Washington no había reconocido oficialmente haber atacado deliberadamente la escuela y sostenía que investigaba lo sucedido.

¿Dónde estabas ese 28 de febrero de 2026?

¿Recuerdas qué estabas haciendo cuando murieron aquellas niñas?

Probablemente no.

No estoy diciendo que debamos dejar de recordar el 11-S. Estoy preguntando por qué no recordamos también a los demás. Porque mientras nosotros aprendimos a reconocer las imágenes de las Torres Gemelas, aprendimos mucho menos sobre los rostros de los asesinados en Irak, Afganistán, Gaza, Líbano, Irán o Venezuela.

En cuanto a las decenas de miles de niñas y niños asesinados por Israel y Estados Unidos solo en la última década no sabemos nada. No conocemos sus nombres. No sabemos qué soñaban. No sabemos cuál quería ser médico, cuál quería ser futbolista, cuál tenía miedo a la oscuridad, cuál estaba enamorada por primera vez, cuál quería aprender inglés, cuál guardaba debajo de la almohada un juguete.

La muerte de un niño o de una niña suele convertirse en una cifra.

1.000.

5.000.

10.000.

20.000.

Y cuando la cifra llega a 21.700 niños palestinos muertos, como informó Unicef al 30 de junio de 2026, ya casi no somos capaces de imaginar 21.700 vidas humanas.

Veintiún mil setecientos niños no es solamente una cifra. Es mucho más.

Veintiún mil setecientas veces una madre esperando que su hijo o hija vuelva.

Veintiún mil setecientas veces una cama vacía.

Veintiún mil setecientas historias que no conoceremos.

En marzo de 2025, Unicef informó que solamente durante los primeros diez días posteriores a la ruptura del alto el fuego en Gaza habían muerto al menos 322 niños y 609 resultaron mutilados o heridos de gravedad. Un promedio de alrededor de 100 niños muertos o heridos por día.

¿Dónde estábamos?

En abril de 2026, Unicef denunció que ataques israelíes en el Líbano habían dejado, en cuestión de minutos, 33 niños muertos y 153 heridos. La organización señaló que, desde el 2 de marzo, unos 600 niños habían muerto o resultado heridos en ese país.

¿Dónde estábamos? ¿Dónde estaban las campanadas? ¿Dónde estaban las transmisiones especiales? ¿Dónde estaban los documentales durante semanas? ¿Dónde estaban las biografías de esos niños? ¿Dónde estaba esa maquinaria gigantesca de memoria que se activa cada año cuando llega septiembre?

El 3 de enero de 2026, Estados Unidos lanzó un ataque militar de gran escala contra Venezuela que terminó con el secuestro de Nicolás Maduro y su esposa. En los ataques sobre Caracas, Miranda y La Guaira murieron decenas de personas. Una recopilación de periodistas venezolanos identificó 77 fallecidos, entre ellos militares y civiles; otras investigaciones documentaron ataques que mataron a civiles en zonas residenciales. El Gobierno informó 83 muertos.

Una investigación de Bellingcat identificó restos de un misil estadounidense en un edificio residencial de Catia La Mar donde murió una mujer de 79 años.

¿Recuerdas dónde estabas el 3 de enero? Probablemente no.

¿Quién decide qué muerte merece convertirse en recuerdo y cuál debe desaparecer detrás de una estadística?

La manipulación informativa no necesariamente consiste en inventar una noticia. Es elegir qué imagen abre un informativo, qué tragedia ocupa cinco minutos, qué víctima merece una entrevista, qué conflicto merece una cobertura permanente y cuál desaparece, qué noticia repetimos durante días, qué cadáver tiene nombre, qué madre puede contar su historia ante cámaras y micrófonos, qué víctima merece un minuto de silencio… Y cuál aparece durante ocho segundos debajo de un titular antes de que el noticiero pase al fútbol, al pronóstico del tiempo o Gran Hermano.

Así nos mantiene sometidos la dictadura estadounidense/israelí. Ellos programan y dirigen las prioridades y la percepción colectiva sobre el bien y el mal, lo grave y lo intrascendente.

Aparte de su poderío militar, económico y financiero, tienen influencia diplomática y una maquinaria comunicacional infinitamente más poderosa que la de quienes viven bajo las bombas.

La consecuencia es devastadora: terminamos aprendiendo a llorar selectivamente.

Nos enseñaron a reconocer las Torres Gemelas, pero no a reconocer una escuela destruida en Minab.

Nos enseñaron los rostros de los pasajeros de aquellos cuatro aviones, pero no los rostros de las niñas que estaban en esa escuela iraní cuando una bomba cayó sobre ellas.

Nos enseñaron durante años los nombres de las víctimas del terrorismo, pero rara vez conocemos los nombres de los niños muertos en Gaza.

Eso no significa que unas víctimas valgan menos que otras. Significa exactamente lo contrario: todas deberían valer lo mismo. El problema es que no valen lo mismo en nuestra memoria.

En junio de 2026, Unicef describía una situación particularmente brutal: desde el alto el fuego anunciado en Gaza en octubre de 2025 habían muerto otros 265 niños. Eso significaba, en promedio, un niño muerto cada día durante más de ocho meses. En agosto, Unicef volvió a advertir que durante los 300 días posteriores a aquel supuesto alto el fuego habían muerto al menos otros 300 niños.

Un niño por día durante 300 días. ¿Te imaginas 300 campanadas? Una por cada niño o niña; una campanada hoy, otra mañana, otra pasado mañana… durante casi un año. Tal vez entonces empezaríamos a comprender lo que significa una cifra.

La información no solamente nos dice qué ocurrió, también nos dice qué debemos recordar y por lo tanto, qué podemos olvidar.

Sí, todos recordamos dónde estábamos aquel 11 de septiembre. Todavía recuerdo aquel instante. Recuerdo las imágenes; recuerdo la sensación; recuerdo que todos comprendimos que estábamos viendo algo que jamás olvidaríamos.

Pero, ¿por qué no recordamos otras masacres? Quizá no sea porque no estábamos allí. Quizá sea porque nadie se ocupó de que lo recordáramos. Quizá no lo olvidamos. Quizá se empeñaron en que no lo recordáramos.

Hubo, además, otro 11 de septiembre que deberíamos tener grabado y es de 1973, cuando las FFAA chilenas al servicio de un potencia extranjera traicionaron a su pueblo y tomaron el poder a sangre y fuego. La masacre no terminó ese día, solo comenzó; porque después, siguiendo al pie de la letra el manual estadounidense, persiguieron y asesinaron a políticos, cantantes, periodistas y a cualquiera que no los aplaudiera; violaron y torturaron, incluso a mujeres embarazadas.

Imaginen una campanada por cada víctima.

Por eso, este 11 de septiembre no sentí tristeza, sentí indignación frente a este intento tan burdo de manipulación colectiva; porque con la memoria no se juega.

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