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Columnas de opinión | Federico Lamaita |

Una historia de dos partes

No todos los hombres tienen el alma podrida

Si queremos que los hombres ayuden a combatir la violencia contra las mujeres, necesitamos que sepan que pueden ser parte de la solución.

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Si Federico Lamaita, en lugar de vivir en Uruguay, viviera en Estados Unidos, pudiendo comprar una AR-15 en cualquier supermercado, lo de la Facultad de Medicina hubiera terminado con 10 o 12 muertos.

Pero vamos por partes.

Todo el país ha quedado shockeado por el ataque sufrido por Renata, la estudiante de Medicina que fue apuñalada por un compañero, ambos de 19 años, dentro de la Facultad.

Antes que cualquier otra consideración, está ella. Todo el Uruguay tiene puesto el corazón en su recuperación. Nos alegra saber que evoluciona favorablemente y esperamos que pueda superar, además de las heridas físicas, el trauma que pueda dejar un caso de violencia extrema como este. Así que a Renata, a su familia y a quienes la acompañan, un abrazo enorme.

El agresor deberá responder ante la Justicia y espero que esa Justicia no se ponga demasiado lírica. Si está enfermo, que lo determinen los peritos; si padece una enfermedad psiquiátrica, que se establezca científicamente. Pero una eventual enfermedad (según el padre es esquizofrénico) no puede hacer desaparecer una realidad elemental: esta persona es un peligro gravísimo para la sociedad y espero que, enfermo o no, esté muchísimos años a resguardo, no por venganza. Se trata de seguridad.

Si corresponde una condena muy prolongada, que la cumpla, y si su condición mental determina otro tipo de medida, que sea una medida que realmente proteja a la sociedad. Porque ¿qué juez, fiscal, perito o autoridad asumirá la responsabilidad si queda en libertad en poco tiempo y termina asesinando a alguien?

Porque este Pablo Goncálvez en potencia lo hará.

Tengamos en cuenta la premeditación (entró a la Facultad con guantes de látex y un cuchillo en la mochila) y la insania mental (se lamía su propia sangre frente a los estudiantes). Súmese la alevosía y la reiteración de puñaladas. Estudiantes del liceo de Salinas al cual concurría anteriormente lo denunciaron infructuosamente ante las autoridades por masturbarse frente a una compañera de clase, además de toquetearlas sin consentimiento.

Lo triste con Renata con quien no existía ninguna relación amorosa es que ella intentaba integrarlo al grupo con la mejor intención, ya que era muy retraído, y casi paga con su vida por su bondad.

Hay, además, aspectos de esta historia que deberían investigarse con seriedad, sin convertir rumores en certezas. Entre ellos, las informaciones y testimonios que han circulado sobre el padre del agresor. Se han difundido acusaciones sobre supuestos episodios ocurridos durante su actividad docente. No corresponde presentarlas como hechos probados sin una investigación que las confirme; pero de comprobarse, podríamos saber con más certeza el origen del estado mental de este criminal que estuvo tan cerca de asesinar a Renata. Repito: no puedo afirmar ni desmentir lo que se dice en las redes sobre el padre, ni me corresponde a mí indagarlo.

Pero hay algo que sí está probado y es lo que creo debería ser analizado.

Renata no estuvo sola. Mientras el agresor la atacaba con un cuchillo, varios estudiantes intervinieron. Martín, que cursa segundo año de Medicina, se abalanzó sobre el agresor, lo sujetó por el cuello y consiguió reducirlo. Otro compañero logró quitarle el cuchillo y entre varios lo controlaron hasta que llegó la Policía.

Martín dijo algo estremecedor: “Si no estábamos ahí, la iba a matar”. También existen testimonios sobre la intervención de un trabajador de limpieza que intentó frenar al criminal.

Es decir, mientras un varón atacaba a una piba, otros varones arriesgaban su propia integridad para defenderla.

Y es aquí donde me surge una inquietud: ¿por qué una sociedad que necesita combatir la violencia contra las mujeres no puede, al mismo tiempo, reconocer a los hombres que arriesgaron su propia vida para impedirla?

No estoy diciendo que nadie haya contado lo ocurrido. Sería injusto. Hubo medios, como Montevideo Portal, que informaron sobre la intervención de los estudiantes y entrevistaron a Martín.

La pregunta es otra: ¿por qué esos jóvenes y ese trabajador de limpieza ocupan un lugar tan pequeño en el relato público? ¿Por qué sabemos tanto sobre el agresor y tan poco sobre quienes se enfrentaron a él?

¿Por qué no estamos hablando de esos muchachos como lo que fueron en ese momento: héroes que, sin ser policías ni estar armados, ni tener chalecos antibalas, se enfrentaron a un individuo que tenía un cuchillo y estaba atacando a una compañera?

Desprecio profundamente el machismo y a los hombres que agreden, humillan, violan o asesinan mujeres. La violencia contra ellas es una aberración que debe ser combatida con todas las herramientas del Estado y de la sociedad. Y por eso mismo hay que decir algo que parece obvio, pero que a veces deja de serlo: no todos los hombres son violentos. No todos los hombres tienen podrida el alma.

Del mismo modo que no todas las mujeres son buenas por el simple hecho de ser mujeres, ningún hombre es culpable por el simple hecho de ser hombre. Hay mujeres violentas y hombres violentos; aunque es indiscutible que desde que el mundo es mundo las mujeres han sido esclavizadas, abusadas, golpeadas y asesinadas de una manera desproporcionada. Pero eso no quita que hay mujeres buenas y hombres buenos.

Hay millones de hombres que jamás han agredido a una mujer y serían incapaces de tocarlas ni con el pétalo de una rosa, y que, por el contrario, las respetan, las quieren, las protegen y las consideran sus iguales. Ni más ni menos que ellos.

Eso no significa negar la masacre de mujeres que estamos presenciando. Significa no combatir una injusticia creando otra.

Los extremistas aparecen en todas partes. Los hay en la religión, donde personas que hablan en nombre de la fe terminan justificando el odio. Los hay en la política, donde una causa puede convertirse en fanatismo y el adversario en un enemigo al que hay que destruir. Los hay en los movimientos sociales, incluso en aquellos que nacieron para defender causas nobles. Y los hay hasta en el deporte, donde los barrabravas pueden convertir la pasión por un club en violencia, intimidación y delincuencia.

Son minorías. Pero tienen algo en común: terminan perjudicando las causas que dicen defender.

El extremista religioso desacredita la religión. El fanático político degrada la política. El barrabrava perjudica al deporte que dice amar. Y una persona que pretende combatir el machismo demonizando a todos los hombres termina perjudicando una causa que merece muchísimo más que eso.

Porque decir que los hombres, por el hecho de ser hombres, son potencialmente violentos es una distorsión, y acusar colectivamente a millones de personas por los delitos cometidos por algunos no deja de ser una forma de violencia.

Si queremos que los hombres ayuden a combatir la violencia contra las mujeres, necesitamos que sepan que pueden ser parte de la solución. Necesitamos que intervengan cuando ven una agresión. Que denuncien el acoso. Que no encubran a un amigo violento. Que protejan a una víctima. Que se enfrenten, cuando sea necesario, a otro hombre que está haciendo daño.

Eso fue precisamente lo que hicieron los compañeros de Renata. Por eso su historia no debería ser incómoda para nadie. Al contrario, debería ser un ejemplo. Porque una sociedad sana no necesita elegir entre reconocer a una víctima y reconocer a quienes la defendieron. Puede y debe hacer ambas cosas.

Renata merece recuperarse, volver a estudiar, recuperar la tranquilidad y dejar atrás, en la medida de lo posible, esta pesadilla. Y esos estudiantes y ese trabajador merecen algo mucho más sencillo: que sepamos quiénes son y ellos sepan que nos gustaría abrazarlos.

Esta historia tiene dos partes, y ninguna merece ser ignorada o recortada: a Renata la atacó un varón; pero a Renata también la defendieron varones. Recortar cualquiera de las dos partes de la historia es tan retorcido como el propio hecho que estamos intentando comprender.

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