En el formato violín–piano, donde no hay refugio orquestal, ¿Cómo construís el diálogo musical con tu partenaire para que la interpretación sea una conversación y no una superposición?
Akiko Suwanai: "El diálogo musical nace más de escuchar que de simplemente tocar. Se trata de reaccionar en tiempo real a los matices sutiles del fraseo de mi partenaire. Como una destilación profunda de una conversación hablada, respiramos juntos y ajustamos nuestros colores para complementarnos mutuamente. Cuando realmente estamos en sintonía, la música se convierte en un intercambio espontáneo: una conversación viva y orgánica donde el violín y el piano no sólo coexisten, sino que inspiran activamente el próximo movimiento del otro".
La idea de “respirar juntos” aparece en sus palabras como una definición posible de la música de cámara. No se trata únicamente de precisión ni de virtuosismo compartido, sino de una forma extrema de escucha. Una conversación donde el sonido se construye en tiempo real y donde cada intérprete modifica el rumbo emocional del otro.
¿Cómo equilibrás el respeto por la tradición interpretativa de grandes compositores con la necesidad de encontrar una voz propia en cada obra?
Akiko Suwanai: "Para mí, el respeto por la tradición y encontrar mi propia voz no son cosas en conflicto. La tradición es como las raíces de un árbol: proporciona la base que me da la libertad para crecer. Comienzo estudiando profundamente la partitura para comprender la intención del compositor, lo que es una forma de “escuchar” su espíritu. Pero, al dar vida a esas notas a través de mis propias experiencias —y también mediante la voz única de mi Del Gesù— mi interpretación surge de manera natural. No se trata de intentar ser diferente, sino de ser honesta con la música en el momento presente. Es un diálogo continuo entre el pasado y el presente".
Suwanai habla de la tradición como un territorio vivo y no como un museo inmóvil. Su relación con la partitura parece menos académica que espiritual: escuchar al compositor, atravesar la obra con la experiencia propia y permitir que el instrumento —su histórico Del Gesù— complete ese puente entre épocas.
El violín exige una relación física muy intensa con el instrumento. ¿Cómo influye tu corporalidad —respiración, tensión, gesto— en la construcción emocional del sonido?
Akiko Suwanai: "En realidad, intento tocar sin ninguna tensión. Creo que la alta técnica consiste justamente en eliminar la resistencia física para que la música pueda fluir libremente. Mi respiración y mis gestos son simplemente una manera de mantenerme abierta y transparente. Cuando el cuerpo está relajado, el sonido puede capturar verdaderamente la profundidad de la emoción sin ningún filtro".
Resulta llamativo que una artista asociada mundialmente al virtuosismo piense la técnica como desaparición y no como exhibición. En su concepción, el cuerpo no domina la música: se vuelve permeable a ella. El ideal parece ser alcanzar un estado donde el sonido pueda existir sin obstáculos, casi como una extensión natural de la respiración.
En el Teatro Solís, con una acústica cargada de historia, el silencio también suena. ¿Cómo trabajás esos espacios entre notas como parte activa de la interpretación?
Akiko Suwanai: "En un espacio histórico como el Teatro Solís, el silencio es tan importante como las notas mismas. No decido de antemano cómo manejar esos espacios; ajusto todo durante el ensayo del mismo día. Necesito “escuchar” cómo respira el teatro. El silencio entre las notas no es un vacío: es el lugar donde la resonancia permanece y donde las emociones del público se asientan. Al sentir la acústica de la sala, puedo decidir el tiempo y la profundidad de esos silencios, convirtiéndolos en una parte activa de la música. Para mí, la sala es mi segundo instrumento, y debemos encontrar nuestra armonía juntos".
Pocas imágenes resultan tan poderosas como esa: escuchar cómo respira un teatro. El Solís deja entonces de ser un simple escenario para convertirse en un cuerpo vivo que interviene en la interpretación. La acústica, la madera, el aire suspendido y la expectativa del público pasan a formar parte de la obra.
Akiko Suwanai - Foto de Marco Borggreve
Akiko Suwanai - Foto de Marco Borggreve
Presentarte en Montevideo implica dialogar con un público y una tradición cultural específicos. ¿Sentís que cada ciudad modifica tu manera de tocar o de comunicar la música?
Akiko Suwanai: "En principio, mi manera de tocar no cambia según la ciudad. Dondequiera que esté, mi misión esencial sigue siendo la misma. Para mí, tocar es una fuente de alegría y felicidad pura, y ese sentimiento es universal. Sin embargo, Montevideo es uno de los pocos lugares que todavía no he visitado, así que estoy increíblemente entusiasmada. Más que cambiar mi estilo, espero compartir mi voz musical auténtica con un nuevo público y descubrir la energía única que el pueblo uruguayo aportará a esta experiencia compartida".
La expectativa de tocar por primera vez en Montevideo aparece atravesada por una curiosidad genuina. Más que adaptar su lenguaje, Suwanai parece interesada en descubrir qué tipo de energía produce el encuentro entre una obra y un público nuevo.
En un contexto donde la atención está fragmentada por lo digital, ¿Qué creés que ofrece hoy un recital de música clásica en vivo que no puede reemplazarse por ninguna grabación?
Akiko Suwanai: "Un recital en vivo ofrece una sensación única de presencia que ninguna grabación puede reemplazar. A partir de mi extensa experiencia con grabaciones, comprendí que enfocarse solo en el oído puede crear cierta ilusión de perfección. Pero una interpretación en vivo es diferente: se trata de compartir un momento en el tiempo utilizando todos nuestros sentidos. No es solamente el sonido, sino la vibración del aire, la conexión visual y la atmósfera compartida. Estar en el mismo espacio nos permite trascender esas ilusiones y experimentar la música como una realidad física, emocional y cruda. Esa es la verdadera esencia de una presentación en vivo: la alegría de experimentar la verdad de la música con cada parte de nuestro ser".
Quizás por eso un recital sigue siendo una experiencia irrepetible: porque no ocurre solamente en el oído. Ocurre también en el cuerpo, en el aire compartido, en la vibración imperceptible que atraviesa una sala cuando la música deja de ser perfección técnica para transformarse en una verdad humana.
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