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ROMPIENDO UNA LANZA POR NUESTRA LIBERTAD

Desnudas y cubiertas

La discusión acerca de la vestimenta de las mujeres tiene largo recorrido y tiene gran protagonismo en muchos países del mundo, pero en dicha discusión habría que destacar los puntos en común, y no los confrontados.

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El uso obligatorio del velo (hiyab) está vigente en Irán desde el año 1979, impulsado por la sharia, que es una forma de interpretación de la ley islámica que marca una guía moral y de conducta y constituye un código religioso, rigiendo así todos los aspectos de la vida. A partir de esa fecha se han llevado adelante diversas manifestaciones y protestas en contra de esta imposición que afecta aproximadamente a 40 millones de mujeres al día de hoy, y no solamente en Irán, sino también en otros países musulmanes. Uno de los sucesos más recientes es la celebración de los “miércoles blancos”.

Este evento consiste en protestar esos días contra la imposición del velo. Para ello las mujeres, o bien se cubren con un velo blanco, o bien se lo quitan dejando al descubierto su cabello. Masih Alinejad es la impulsora de esta campaña, además de ser la fundadora de Mi liberad clandestina, un movimiento que se opone al código de vestimenta obligatoria. El uso imperativo del velo ha suscitado siempre fervientes discusiones dentro del movimiento feminista, entre mujeres de todo el mundo, pertenecientes a distintas culturas, religiones e ideologías.

Es necesario aclarar, en primer lugar y antes de tratar esta cuestión que, si bien se puede tener una opinión sobre el tema y el debate nunca sobra, las únicas que realmente pueden hablar con conocimiento de causa sobre el hiyab y su uso son las mujeres musulmanas, a quienes hay que otorgar el protagonismo en esta discusión, evitando condenar o suprimir sus actos, vivencias y opiniones desde las posiciones opresoras que ocupamos también desde Occidente. No se trata de suprimir el debate, sino de poner en práctica la empatía, la solidaridad y la escucha y entender que, pertenezcan al país que pertenezcan, todas las mujeres sufren opresión en alguna de sus formas y, además, no todas las opresiones son iguales y, mucho menos, ninguna vale más o menos que otra.

Desde el feminismo hay que cuestionar de entrada el carácter obligatorio del velo, pero es necesaria también la introspección y la autocrítica y, por tanto, hay que contemplar otros aspectos cuestionables como es, por ejemplo, el uso aparentemente liberador del bikini o de la pollera corta. Mientras que el velo es visto como una prenda que coarta la libertad de las mujeres, las prendas tales como el bikini o la pollera parecen, sin embargo, posicionar a las mujeres en un lugar de mayor autonomía y capacidad de decisión, cuando creer eso es haber caído de lleno en las garras del patriarcado. No somos más libres cuanto más mostramos, y el hecho de creer eso nos hace, en primer lugar, víctimas del sistema y, en segundo lugar, cómplices de él en tanto que creemos que, efectivamente, las mujeres que usan velo son el blanco por excelencia de una imposición social, cuando todas las mujeres lo somos, vistamos lo que vistamos.

La libertad de las mujeres rige en la posibilidad de elegir y, aunque es evidente que la situación de riesgo al que se someten las mujeres musulmanas al renegar del velo no es la misma a la que nos podemos someter las mujeres si renegamos de la pollera corta o del bikini, sí sufrimos el juicio social, unas por mostrar mucho y otras por no querer mostrar. A las mujeres que no usan velo se las tacha de provocadoras, a las mujeres que no les gusta mostrar se las califica de estrechas o masculinas. Y entonces nuestras decisiones, una vez más, se ven reducidas a la voluntad y al juicio de una sociedad regida por hombres, y eso es lo que tenemos en común: la imposición de un canon que cumplir y la falta de libertad para elegir. “La violaron porque iba provocando con la pollera muy corta” es un argumento similar al de “las mujeres han de cubrir su cuerpo para no excitar a los hombres”. Ni que un hombre viole ni que un hombre se excite puede ser responsabilidad de las mujeres ni tampoco consecuencias, ni directas ni indirectas, de las decisiones que tomamos acerca de cómo vestimos o dejamos de hacerlo. Entre nosotras, por tanto, más que observar las diferencias y estigmatizar a la otra, tendríamos que entender que lo que nos engloba y nos somete está compuesto por una serie de elementos que atraviesan nuestra educación, nuestros roles sociales e incluso nuestra vestimenta.

El único criterio, por tanto, que tomar es, precisamente, la libertad de elección. Qué se elija, cómo y cuándo no es objeto de crítica, o no debería de serlo. El objeto ha de ser acompañar a las mujeres en sus decisiones, sean de donde sean, y entender que todas, dentro de los marcos sociales que nos constriñen, hacemos lo posible por, en primer lugar, ser lo más libres posibles y, en segundo, encontrar un lugar en la sociedad de la que, nos guste o no, formamos parte. No se trata, pues, de cuestionar las elecciones y decisiones individuales, sino los aspectos políticos, sociales y religiosos que llevan a tomar dichas elecciones. El velo, al igual que la pollera corta o el bikini, son símbolos de opresión en tanto que se eligen dentro de unos marcos establecidos, dentro de los cuales la capacidad de decisión acerca de lo que queremos y de lo que no queremos las mujeres es muy limitado.

El problema de hecho no es la vestimenta en sí, sino lo que representa: un código obligatorio dentro de una conducta determinada. En el surat Nour, alya 31 del Corán, viene citado lo siguiente: “Y di a las creyentes que bajen la mirada, y guarden sus partes privadas, y que no muestren sus atractivos a excepción de los que sean externos; y que se dejen caer el tocado sobre el escote y no muestren sus atractivos excepto a sus maridos, hijos, hijos de sus maridos, hermanos, hijos de sus hermanos, hijos de sus hermanas, sus mujeres, los esclavos que posean, los hombres subordinados carentes de instinto sexual o los niños a los que aún no se les haya desvelado la desnudez de la mujer. Y que al andar no pisen golpeando los pies para que no se reconozcan los adornos que lleven escondidos”. Si bien puede esclarecerse de esa cita cierta tendencia a determinar la vestimenta y la conducta de la mujer musulmana con base en la voluntad de los hombres que conviven en su misma sociedad con ella, no es menor el impacto, por ejemplo, de la publicidad sexista occidental en la que las mujeres desfilan desnudas y protagonizan personajes de sumisión impuestos por otros hombres.

Se puede discutir, por tanto, acerca del uso de la vestimenta, y si dentro de la libertad que una puede tener para decidir qué vestir, hasta dónde esa libertad es real y esa elección es propia. No deberían, bajo ningún concepto en esta discusión, tomarse posturas de superioridad que emitan juicios acerca de lo que una no conoce por experiencia, como si estuviera rompiendo una lanza por la libertad de otras en función de lo que a una misma le conviene o lo que una misma conoce. La lanza que hay que romper es por la libertad de todas y, en la medida de lo posible, hay que tratar de entender que las vivencias de cada cual son particulares y están siempre relacionadas con el contexto en el que se dan, ya sea político, cultural y social. En ese sentido no debería importar si una viste con el hiyab o la pollera corta para luchar en contra de lo que a todas nos afecta por igual: una sociedad que, con el fin de contener nuestra libertad en pos del disfrute de otros, en ocasiones nos exhibe y en ocasiones nos oculta.

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