Cabe esperar que el Frente Amplio recupere el gobierno en las elecciones de este año y que lo haga con mayoría parlamentaria. El deterioro consolidado de la intención de voto de los partidos de la coalición, que muestran todas las encuestas de opinión pública, así lo sugiere. Con ello, el objetivo principal que se trazó la izquierda a partir de la derrota de 2019 se habrá alcanzado: recuperar el gobierno en un solo período y hacerlo en condiciones de llevar adelante su programa sin necesidad de diluirlo en negociaciones con otras bancadas, algo que sucedería obligatoriamente si no se cuenta con mayorías propias.
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Las condiciones en las que el Frente Amplio encontrará el país si gana las elecciones son muy distintas de las condiciones en las que lo encontró Tabaré en 2005. En muchos casos son mejores, indudablemente. Uruguay no va a estar en una crisis económica histórica, ni atraviesa una crisis de deuda y los indicadores sociales no se parecen a aquellos, más allá del ciclo de pérdida de salario real que supuso este período de gobierno para los trabajadores y jubilados. La pobreza aumentó, pero no se aproxima a las cifras de más de un millón de pobres que había en aquella época y la mayoría de los avances que produjo la izquierda en sus quince años de gobierno no pudieron ser desmantelados. Al menos, no del todo o no irreparablemente, por lo que la izquierda puede considerar razonablemente que este período fue un paréntesis, cincos años mal orientados y perdidos, pero no un lustro de destrucción total, de retroceso y demolición.
En otros casos, lamentablemente, el panorama ha empeorado mucho e impone una agenda que hay que abordar sin demora y sin posibilidad de ensayo, porque tiende aceleradamente a empeorar y puede llegar a extremos francamente inmanejables. Es el caso del narcotráfico y la seguridad pública que, entre otros terribles indicadores, ha visto multiplicada la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes y ha observado un aumento sostenido de la población privada de libertad, sin ningún impacto sustancial sobre el número de delitos.
Los desafíos de la izquierda para el próximo período y, seguramente, para el próximo ciclo, en tanto es ciertamente posible que le toque gobernar más de un período si las cosas no le salen demasiado mal, son igualmente grandes, mucho más allá del inmenso problema que representa la seguridad y el narco. Sobre todo porque es necesario estimar en justa medida qué significa gobernar por primera vez un país después de décadas de gobiernos de derecha y sin sensibilidad social, saliendo apenas de una crisis majestuosa, y qué significa gobernar 20 o 30 años, con un paréntesis breve de un gobierno conservador pero limitado; limitado por las circunstancias, por su propia conformación, pero fundamentalmente limitado por su proverbial incapacidad, su manifiesta incompetencia en términos legislativos y de gestión; un gobierno meramente publicitario, atravesado por una buena dosis de corrupción que lo ha obligado a batirse permanentemente a la defensiva.
En 20 o 30 años, que es lo que acumularía la izquierda si el período que se abre durase lo mismo que el primer ciclo, la izquierda en un país con el PBI de Uruguay y su potencial de crecimiento tendrá que haber sido capaz de eliminar la pobreza, desde ya la extrema, pero no solo esa, y no solo medida por ingreso, sino por cualquier otro indicador. No puede gobernar la izquierda cuatro o más períodos con mayoría parlamentaria de manera casi consecutiva y seguir contando con decenas o centenares de miles viviendo en condiciones precarias, en asentamientos irregulares, sin servicios disponibles ni verdaderas oportunidades de salidas. Ni hablar de personas en situación de calle. Tampoco debería ser aceptable para la izquierda que la tasa de finalización de la secundaria ni siquiera se acerque al 100 % o que haya más de medio millón de uruguayos con empleos que apenas superan el salario mínimo. Hay esfuerzos gigantes que hay que hacer en esos temas y son esfuerzos que, seguramente, requieran inversiones considerables, pero que en algún momento hay que afrontar. Porque son muchos los problemas que todavía tenemos, pero es mucho tiempo gobernar tantos años y nunca se debe diluir el objetivo de igualdad y de justicia que orienta la sensibilidad de los frenteamplistas.
El próximo período encontrará a una izquierda con un grado de madurez muy grande, con un elenco bastante renovado pero con continuidades, y así y todo con una gran experiencia acumulada. Ya no será aquel Frente Amplio que se encontraba por primera vez con la oportunidad de gobernar, que no conocía a fondo cómo se gestionaba el Estado; es, por el contrario, una izquierda que conoce al dedillo los problemas de la administración, los bemoles de la gestión pública. Una izquierda sumamente preparada que ya hizo una gran base que no ha podido ser destruida. Entonces tiene todo para triunfar, pero además tiene todo para lograr acometer desafíos mucho más profundos, para lo cual necesita inteligencia, programa, que descontamos, pero, sobre todo, audacia, capacidad de soñar y de concretar, de no quedarse en amagues ni tibiezas. El Frente llega en su mejor momento para producir cambios muy grandes que mejoren definitivamente la vida de la gente y tiene que animarse a eso, más allá de adversarios y adversidades, de obstáculos y de obstaculizadores. No debe fallar, porque no tiene excusas ni motivos para hacerlo. No debe apuntar a reconstruir lo roto, a restaurar lo dañado durante el gobierno de los malla oro, o por lo menos no debe apuntar solamente a eso, debe ir mucho más allá, más a fondo; más decididamente a resolver de una vez por todas los problemas más duros y más intolerables en un país que ya no es un páramo como aquel que nos legó el 2002, sino un país con una economía mucho más sólida, sin deudas con organismos como el FMI, y una base de protección social que han horadado, pero no han destruido.