A esta altura es claro que Sebastián Marset es el jefe de una organización narco muy poderosa, tan poderosa como los cárteles colombianos o mexicanos que hicieron tristemente famosos al Chapo Guzmán o a Pablo Escobar Gaviria. Marset es el Escobar que nos tocó por padrón y ha construido en poco tiempo un imperio económico con capacidad probada de corromper autoridades políticas de los países que toca, y pasar por las armas a sus adversarios. Es un capo del narcotráfico, posiblemente líder del tan mentado Primer Cártel Uruguayo, y seguramente está detrás de buena parte de los cargamentos que salen por nuestro puerto con destino a Europa, algunos de los cuales han sido requisados antes de la estiba o en contenedores que recalan en puertos de otras partes del mundo, provenientes de Uruguay o de la región.
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Aunque durante un tiempo quisieron desestimar su importancia, a la luz de los hechos cabe asumir que el hombre al que le dieron en mano un pasaporte uruguayo confeccionado con urgencia extraordinaria, salteándose todos los controles y procedimientos, en una celda de Dubai, es uno de los tipos más poderosos del hampa del continente y, si logró fugarse aquella vez, lo logró porque tenía el poder y los contactos que da una billetera infinita. Uruguay le dio el pasaporte porque las autoridades capaces de otorgar un documento de esa naturaleza se sintieron compelidos a hacerlo en tiempo récord y pese a todas las alarmas que saltaron en el momento.
Este caso es un parteaguas en la historia de nuestra democracia. Uruguay ha ingresado en la lista de países donde los capos narcos son capaces de corromper ya no funcionarios policiales o de aduana de bajo rango, sino gente con autoridad política. Porque un pasaporte express en una cárcel a más de diez mil kilómetros, calentito como pan del amanecer, listo para fugarse, no lo consigue nadie sin conexiones de primer nivel. No es un trámite sencillo, no es un procedimiento burocrático, no es un papel que se baja por internet para pagar un ticket en una red de cobranza. Pero mucho menos es posible admitir que un maleante, fugado en esas condiciones, sabiéndose buscado por Interpol, haya ingresado a nuestro propio país para llevarse a su mujer y a sus hijos frente a la vista de todos, mientras se publicaba su foto en los medios y hasta se interpelaba a las autoridades que concurrían a cámara a mentir sobre el caso.
Marset no sólo se fugó con un pasaporte vip, sino que se dio el lujo de venir y darnos la vuelta en la cara, llevarse a la familia y acceder a su nuevo paradero, donde se compró un club de fútbol, se puso la 10, llevaba una vida de ostentación y hasta transmitía sus partidos por TikTok. Nos tomó el pelo y lo hizo porque pudo, porque contaba con todos los recursos económicos y de contactos para hacerlo.
Es insólita la posición del ministro del Interior, Luis Alberto Heber, ahora empeñado en una campaña multimediática para presentar a nuestro gobierno como el verdadero paladín de la persecución contra el jefe narco. Primero, porque es obvio que en Uruguay no lo estaban buscando. Sólo lo buscaron para darle el pasaporte. Pero, además, porque Heber está imputado en esta causa, así que está especialmente interesado en su destino. ¿Qué autoridad de otro país le brindaría información a Heber, sabiendo que Heber está siendo indagado por la Justicia porque se sospecha que incurrió en delitos penales para favorecer a Marset?
Nadie en su sano juicio le pasa información a alguien que está siendo indagado en la misma causa. Y Heber lo está. Como lo está el canciller Francisco Bustillo. El caso Marset, junto al caso Astesiano, caminan rápido hacia el estrellato de las series de Netflix, porque tienen todo el atractivo necesario para el éxito cinematográfico: crímenes, drogas, coimas, corrupción, extravagancia, política y hampa. Y eso es un desastre, porque convierte a Uruguay en un Estado sospechoso, para nada confiable, permeado por mafias poderosas.
El caso Marset pone de manifiesto que nuestra autopercepción de país libre de estos flagelos ya no tiene cabida. Seguramente no somos todavía un narcoestado, pero los narcos pesados están entre nosotros y tienen poder real e impunidad total.