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Editorial Putin |

SE VIENEN LOS RUSOS

Un misil de Putin en la Plaza Independencia

Un agente de la inteligencia rusa en la Torre Ejecutiva y elegido especialmente por el propio presidente no tiene antecedentes, ni siquiera era imaginable.

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Los medios hegemónicos y la coalición de gobierno pretenden dar una vuelta de tuerca en un caso que ha dejado al gobierno y particularmente al presidente en posición muy incómoda, comprometida y vulnerable.

Con la información que hoy ya es pública y que surge fundamentalmente de las actas parlamentarias, Lacalle Pou decidió nombrar a Alejandro Astesiano como su custodia, conociendo sus antecedentes y a sabiendas de algunas de sus posibles consecuencias. Al menos así lo ha declarado ante los legisladores de todos los partidos el director nacional de Inteligencia Álvaro Garcé. Tal vez, el presidente no valoró correctamente la capacidad del excustodio de hacerle daño y quizás confió en su redención, pero no hay ningún razonamiento honesto que ignore que el presidente conocía al menos un par de docenas de anotaciones policiales de Astesiano y que estas lo inhabilitaban, al menos moral y políticamente para ocupar el lugar para el que lo designó.

Si a los mencionados antecedentes no los conocía al momento de nombrarlo, los conoció a tiempo como para dejar sin efecto el nombramiento, porque salió en los medios, porque hay allegados que han divulgado que se lo advirtieron y porque el director nacional de Inteligencia asegura habérselo comunicado verbalmente.

Sin dudarlo, no se trató de una decisión ligera.

El presidente de la República evaluó los beneficios y las desventajas de esta designación y optó por nombrarlo, menospreciando las características que lo señalaban como un estafador y apreciando otros aspectos de su carácter y personalidad, su empatía, su lealtad, su fortaleza física, su entrenamiento, su afinidad personal e ideológica. La elección fue muy consciente y su error es muy grave y políticamente imperdonable.

Sobrevuela la idea de que el presidente maneja sus relaciones personales con una doble moral como parece probarlo el hecho que también nombró a un amigo con antecedentes de contrabando para un alto cargo en la Embajada en Argentina. Nosotros no conocemos la relación entre Astesiano y Lacalle, pero ha sido suficientemente cercana como para confiar en él para la custodia de su familia y especialmente de sus hijos.

En este último caso el error solo puede ser evaluado por su familia y las recientes declaraciones de su exesposa, Loreley Ponce de León, no hacen sino agregar sombras sobre esto, en la medida que evita dar una respuesta clara y traslada la pregunta a su exmarido.

El diario El País ya no le llama Alejandro Astesiano sino “el custodio” en una suerte de exorcismo imbécil para dejar de nombrar al diablo.

Gandini va a impulsar una comisión investigadora para analizar la conducta de Charles Carrera, la Junta Departamental y Laura Raffo impulsarán un juicio a la intendenta Carolina Cosse, Martín Lema descubrió que faltaban 14 ollas, Javier García puso a los soldados a repartir comida, el presidente va a un cumpleaños en Melo y Equipos Consultores nos asombra informando que la opinión pública aumenta el apoyo al presidente. Todos los actores del gobierno se afanan en olvidar el episodio, restarle trascendencia y esperar que en el proceso judicial aparezcan cortafuegos que protejan al presidente y su entorno. Algunos apuestan al pasar de los meses y a la inevitabilidad del olvido.

Pero una nueva vuelta de tuerca surgió de la afirmación de la fiscal que investiga el caso, quien afirma que los pasaportes tenían el propósito de proporcionar documentos uruguayos para la inteligencia rusa actual, la FSS y también para la KGB. Más allá de que resultará difícil probarlo, la sola hipótesis fiscal de que en medio de una convulsión geopolítica mundial que pone el planeta al borde de la guerra haya cientos de espías rusos recorriendo Europa y Estados Unidos con pasaporte uruguayo, no quita sino que agrega escándalo a la trama inicial de un patovica chorro instalado en la Torre Ejecutiva por designación directa del propio presidente. El extremo, sin embargo, ilumina al menos un poco la trama que se investiga y lleva el centro de la novela a la Av. Lubyanka de Moscú desde donde se dirige la operación de entre 200.000 y 300.000 espías que conforman el aparato de la inteligencia y contrainteligencia rusa que manda directamente Vladimir Putin. Ahora empezamos a entender algunas cosas. Tal vez haya sido la mismísima CIA, la que alertó sobre esta banda de falsificadores que funcionaba adjunta a la presidencia de la República, en el mismo edificio y a pocos metros del presidente.

Ignora, por otra parte, que los servicios de inteligencia de las grandes potencias poseen desde hace muchos años tecnología, contactos y recursos como para producir pasaportes y documentos falsos sin recurrir a Astesiano y su combo.

Esa novela de la “colonia rusa” en México que se acercó al consulado en aquel país para llamar la atención sobre la rara aparición de rusos hijos de padres uruguayos parecía tan poco creíble que hasta la fantasiosa idea del Uruguay como centro del espionaje de las grandes potencias parece más atractiva y verosímil.

Los medios están felices porque les parece que la aparición de Putin en la trama quitará el foco de nuestro presidente, el que ha elegido para salvarse de la humillación, ahora de carácter internacional, hacerse el ingenuo tonto que fue engañado por sus propios subalternos y por un carácter crédulo que irradia inocencia.

No es tan grave -pensarán algunos-. Al final no era tan nabo, fue engañado por una de las agencias de inteligencia más organizadas, avezadas y eficaces del mundo. En realidad, si lo pensamos bien es mucho peor y menos original. Un topo en la cúpula es hasta común. Almagro, hoy un evidente agente de la política exterior de los Estados Unidos, fue ministro en el gobierno de Pepe y hoy se postula para candidato del Partido Colorado. Pero agentes de inteligencia rusos en la sede del Poder Ejecutivo, introducidos por quien cuidaba las espaldas del presidente más antirruso de los últimos treinta años, no estaba en los papeles.

Un agente de la inteligencia rusa en el piso cuarto de la Torre Ejecutiva y elegido especialmente por el propio presidente no tiene antecedentes, ni siquiera era imaginable.

Se sabe de ministros enamorados de una bella y rubia agente rusa, de agentes de la CIA seducidos por el alcohol o la cocaína, de jerarcas comprados por los dólares y hasta atormentados y corrompidos por el juego y atontados por el casino, pero un gordo trucho que pasara de patovica de la barra de la Ámsterdam a las grandes ligas no se tiene visto en el espionaje mundial.

Mucho menos que el tan voluminoso espía lograra atrapar en la telaraña del espionaje internacional a un “líder mundial” de la altura intelectual de Lacalle Pou, un presidente nunca visto a quien las encuestas muestran más indestructible que al propio Pepe Mujica.

Hoy el semanario Búsqueda sugiere que La República podría haber sido comprada por los rusos, al menos que ese medio de comunicación tiene un contrato de exclusividad con el ciudadano ruso que se casó en un supermercado en el Chuy y la mismísima Embajada rusa.

Ho nos enteramos que Equipos Consultores afirma que casi el 50% de los uruguayos opinan que el Presidente es “confiable”. ¿Quién es capaz de subir la apuesta? Tal vez si se desploma el puente de la barra podamos tapar la cagada del presidente y sus custodios.

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