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Editorial

El Bicho

Por Leandro Grille.

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Cuando conocí al Bicho, yo era un joven militante del Plenario de Jóvenes del MPP y tenía alrededor de 15 años. En ese tiempo, mi organigrama mental de la organización incluía arriba del todo a las leyendas, los sobrevivientes de los rehenes que andaban en la vuelta, a quienes llamábamos, respetuosamente, los viejos: el Ñato, Pepe, el Viejo Julio, el Ruso y el Tambero. Detrás de ellos, una constelación de cuadros bastante menos conocidos para mí, pero con una trayectoria de lucha y heroísmo, que a poco de saberla no podía provocar otra cosa que admiración. Casi todos o todos habían estado muchísimos años en la cárcel, sometidos a torturas y vejámenes inenarrables, algunos desde que eran chiquilines, jóvencísimos, casi adolescentes. De aquellos cuadros, recuerdo a muchos, pero los que me causaban más honda impresión eran tres: el Pato Quartino, la Gorda Nora y el Bicho.

El Bicho era, en mi opinión, un portento intelectual y muchas veces la voz más oída de aquel viejo MPP, la más autorizada: un cuadrazo con la rara virtud del pensamiento estratégico. No era uno más entre los dirigentes, era el tipo que escribía las mociones y los tremendos documentos congresales, como el libro de azul, que argumentaba con más inteligencia, que orientaba en la estrategia, que miraba lejos y que estaba solo un peldaño por debajo de los viejos. No lo acompañaba ese patrimonio intangible de ser una leyenda, al menos para nosotros los más jóvenes, no brillaba en la oratoria o en la polémica como el Ñato ni conmovía hasta los huesos como cada vez que hablaba Pepe. Eran otras sus características, era otro su acervo, pero su función era clave, porque básicamente el Bicho se encargaba de que todo aquel cúmulo de pasiones y causas, de épica y de terribles sacrificios fueran para algún lado unidos, organizados, productivos, insertos en un camino concreto de construcción del porvenir.

El Bicho tenía otra cosa, que de chico yo no valoraba tanto, y que ahora me parece lo más central y estratégico de la izquierda: estaba jugado al Frente Amplio. No cabía en él ninguna ambigüedad en ese sentido, no jugueteaba con la idea de estar un poco adentro y un poco afuera, no se guardaba ninguna carta de ambivalencia, de precariedad en su pertenencia a la herramienta más importante y variopinta de la izquierda nacional. El Bicho estaba convencido de una estrategia amplia y unitaria con todo el campo popular y más allá, de la edificación de un marco de alianza que pemitiera por primera vez que a Uruguay lo gobernaran las fuerzas progresistas. Y esa estrategia, sobre la que no siempre hubo acuerdo y que, incluso, fue el parteaguas que produjo en un congreso a fines de los 90 la división del MPP, constituyó un acierto con dos consecuencias inmensas: la primera, el crecimiento del MPP a límites insospechados en ese momento -recuerdo un querido dirigente que decía que el día que el MPP tuviese más de 50.000 votos era porque se estaban haciendo las cosas mal y gracias a esa estrategia el MPP llegó a transformarse en la fuerza más importante de este país y superar con creces los 300.000 votos-. Y la segunda, que jamás deberá soslayarse, ese acierto contribuyó de forma indiscutible y definitoria a la victoria electoral de 2004, que nos trajo 15 años de gobiernos del Frente.

Como ministro en los gobiernos del Frente, el Bicho era un hombre de muchísima confianza de los viejos, pero también de Tabaré. Fue ministro de Trabajo y durante su gestión se produjeron los cambios más profundos en las relaciones laborales. Los cambios que ahora la derecha quiere retrotraer y que empoderaron al movimiento obrero, que produjeron el tramo más largo de crecimiento salarial y de jubilaciones en buena parte de nuestra historia. Fue tremendo ministro de Trabajo, su labor al frente de esa cartera donde se centra la disputa entre el capital y el trabajo fue impecable. Perfecta, diría yo, dadas las condiciones reales, que son las únicas en las que puede enmarcarse una valoración justa.

Y luego de ese período de cambios y conquistas, le tocó le fierro caliente del Ministerio del Interior. Durante un buen tiempo fui crítico de muchos aspectos de gestión. Y lo escribí, porque me parecía que hacía demasiadas concesiones al discurso punitivista de la derecha. Pero pasó el tiempo y se convirtió en el más atacado de los ministros, el más vilipendiado, sin tomar en cuenta la inmensa transformación que estaba produciendo. El Bicho fue uno de los mejores ministros de la historia en la dos carteras que ocupó. Sus logros en la erradicación de las mafias de la Policía, en profesionalizar la carrera policial, llevarlos a un sueldo digno, acercarlos a la población, proporcionales vestimenta y tecnología decorosa, y el desarrollo de una estrategia de seguridad basada en la evidencia, con altísima sensibilidad por los problemas de seguridad pública se cuentan entre los cambios enormes que lideró, a pesar de las campañas de la derecha y los medios de comunicación, capaces de pasar más de cien veces el video de un asesinato y reclamar todos los días, de forma deshonesta e irresponsable, la renuncia de un hombre que estaba dejando todo por mejorar la seguridad de la gente y el trabajo de las fuerzas policiales en un mundo cada vez más complicado, y con una actividad delictiva cada vez más violenta.

Se nos fue el Bicho. Militó hasta el último día como le corresponde a un revolucionario. Además de la pérdida irreparable de un gran hombre que se jugó la vida, la libertad y hasta su imagen pública personal por un mundo mejor, la izquierda pierde una inteligencia estratégica impar, una mente poderosa al servicio de la causas de los más débiles, y un laburante de la política y de la organización del pueblo, cuya labor parió victorias y conquistas concretas, sin abandonar la mirada en lontananza en la brega por la construcción de la liberación nacional y el socialismo, de la patria para todos.

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