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Editorial

El candidato de probeta

Por Leandro Grille.

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Caras y Caretas Diario

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Supongamos que en una universidad lejana, un grupo de investigadores ha diseñado un experimento social para responder una inquietud desafiante sobre el poder del capital en la sociedad de consumo. Supongamos, ahora, que han seleccionado a un país lo suficientemente pequeño, integrado, sin mayores heterogeneidades religiosas, étnicas, culturales o lingüísticas para despejar variables de impacto indiscernible, y que ese país fuera el nuestro en el contexto de un año electoral.

“Fabriquemos un presidente de novo”, habrá dicho Hans o Franz o Werner, como podría llamarse el líder de ese laboratorio de ingeniería social. “¿Pero cómo? ¿A qué se refiere con ‘fabricar un presidente’, estimado profesor?”, habrán inquirido extrañados sus pupilos, acaso pensando en la ejecución de un golpe de Estado por control remoto o alguna extravagancia intelectual del genio, pero en el ámbito de lo figurativo, simulado.

Y, entonces, nuestro Hans o Franz o Werner habrá revelado con alboroto, atropelladamente, el fruto de una genuina inspiración académica, el resultado de un momento fugaz de iluminación: “Busquemos un uruguayo ignoto -habrá dicho-, un joven apuesto, simpático, risueño y probemos que incluso en un país educado, moderadamente desarrollado, democrático, donde funcionan las instituciones y sin graves conflictos internos, es posible convertir a un desconocido en un  presidenciable competitivo a pura fuerza de capital, con la misma facilidad y aceptación con la que se instala una marca de ropa o se vende un cosmético”.

La base de datos de esa universidad habrá arrojado miles de potenciales candidatos con las características precitadas, hasta que al final un cuidadoso proceso de depuración los llevó al hombre indicado: un uruguayo que no ha vivido en Uruguay desde su tierna infancia, por lo que, simultáneamente, carece de pasado doméstico y no lo conoce absolutamente nadie. Ni novias uruguayas ha tenido, ni un corazón roto en el camino, ni historial académico, ni multas de tránsito, ni antecedentes penales, ni travestismos políticos ni máculas rastreables. Un hombre joven, multimillonario, de semblante impasible que resiste no uno, sino todos los archivos que existen en Uruguay. El perfecto uruguayo de probeta. Hasta se podría decir que nació ayer y que se amamanta de nuestra candidez.

 

Los pupilos del genio habrán puesto objeciones desde la pura racionalidad: que no sabe nada de Uruguay, que no se sabe el himno, que nunca ha reflexionado sobre política y no tiene ni la más pálida idea de los problemas del país y mucho menos de cómo solucionarlos. Pero Hans-Franz-Werner habrá rechazado sus fundamentos con petulancia: “No importa nada. Lo que queremos probar es que no importa nada más que el capital”. Y este joven tiene capital. Mucha plata, mucha más plata que cualquiera de sus eventuales competidores. Y en el capitalismo, en su variante moderna, que nada tiene que ver con las formas laboriosas de construir la fortuna, sino con la forma de usar la fortuna que se tiene más allá de posibles impudicias en su acumulación original, un multimillonario sin historia está a la distancia de una buena campaña de saturación publicitaria de alcanzar el poder que quiera. “Porque hay un poder, estimados colegas -habrá dicho este investigador-, un poder verdadero e insoslayable, que no reside en las instituciones de la soberanía popular, reside en el capital”. Y si uno tiene mucho capital, puede comprar adhesiones, dirigentes, estructuras políticas, campañas de medios, publicidad convencional y no convencional, hasta obtener rápidamente dos cosas: celebridad e intención de voto. Nuestro joven no necesita tener ideas, porque con capital va a conseguir técnicos, expertos y asesores. Nuestro joven no necesita tener un partido político, porque con su capital va a conseguir formar uno o unos cuantos e, incluso, comprarse alguno ya existente. Nuestro joven no necesita saber cantar el himno porque no saberlo puede llegar incluso a ser una virtud si la publicidad convence a la población de abjurar de lo demasiado local y abrazar lo extranjerizante. Nuestro joven no necesita conocer nada de Uruguay, porque también puede resultar esperanzador, campaña de saturación mediante, que conozca más el mundo que el terruño. Sobre todo si es el primer mundo. Y les digo más: es excelente que no lo conozca nadie, porque saltar al vacío de lo desconocido, internarse en el abismo por curiosidad, es propio de la especie humana, que guarda siempre algo de ludismo con su destino. Arrojarse a la dimensión desconocida es una tentación para todos los que están hartos de los avatares de su realidad. El tema simplemente es hacerlo potable, sentarlo en la mesa junto al café con leche, a la merienda, a la cena, a toda hora, por todos los canales, por todas las radios y en todos los diarios. Hasta que las abuelas lo vean como un nieto pródigo que anduvo tiempo trotando el mundo y regresa un día inesperado trayendo consigo una salvación desde otra parte, de un sitio inextricable y tras una insondable epopeya, sin tiempo, ni bitácora, ni testigos, ni huellas ni nada. El Ulises que estábamos esperando, mientras tejíamos y destejíamos, ha llegado a Ítaca. Como llega la salvación divina, en cualquier momento y de cualquier parte, a sí mismo salvado, con trajes impagables, fortunas majestuosas, esposa rubia y extranjera, sonrisa nívea de dientes que jamás tuvieron que masticar nada.

Vamos a probar que en el capitalismo, ese sistema tan bien ponderado, tan plagado de defensores, tan ensalzado por la propaganda de ser el paroxismo de la libertad y la meritocracia, se puede construir un candidato a presidente con plata, plata, plata, plata, hasta blindarlo con una armadura de millones de dólares, que lo proteja de las maledicencias, de los ataques, de las polémicas, de su propia ignorancia y extrañeza, de la democracia. Porque en el capitalismo, que es el sistema en el que gobierna el capital, la verdadera democracia es una fachada, pero, en el fondo, no existe.

 

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