“Piantate de la cancha, que hacés mala figura Con foul y brusquedades, te puede lastimar Te falta tecnicismo, colgá los piparulos De lineman hay puesto, si es que querés jugar”. Tango ‘Patadura’, de Enrique Carrera López Ares. Canta Carlos Gardel. 1928. Un blanco de ley, wilsonista por más datos, me contó hace un tiempo que en un velorio saludó a uno de los más duros acusadores blancos de Luis Alberto Lacalle Herrera (uno del grupo que lo acusó de diversos actos de corrupción en detrimento del Estado) y le dijo: “Te das cuenta, Flaco, casi mandás preso al Cuqui viejo y con los años vemos que fue mucho mejor gobernante que lo que sería el Cuqui chico”. Este doctor linajudo, al que llaman el Flaco, lo miró detenidamente, pensó unos segundos y le dijo sonriente: “El hijo sería un desastre, mucho peor que el padre en el gobierno. El Cuqui, comparado con el hijo, es Bismarck”. Esta anécdota me trabajó mucho tiempo la mente y es hora de sacarla a luz para plantear un tema importante porque las comparaciones son odiosas pero necesarias y arrojan mucha luz sobre el pasado, el presente y el porvenir. Necesitamos indagar mucho en los tres tiempos, porque las elecciones de 2019 son cruciales, definen una bisagra entre dos tipos de Uruguay completamente diferentes: el Uruguay progresista, inclusivo, con crecimiento económico y equidad social, y el Uruguay de los grandes terratenientes que ahora se inspiran en Mauricio Macri y Michel Temer. Estos últimos, con distintos matices, se animan a abolir todos los resguardos sociales y militarizar la sociedad, entre otras cosas propias de “países administrados por sus propios dueños”, determinando qué tipo de sociedad seremos en por lo menos los próximos 15 años. Luis Alberto Lacalle Herrera y su obra Es inevitable hacer alguna referencia biográfica: el Cuqui viejo vivió una infancia y juventud incómodas en las que no voy a entrar, pero voy a decir en su defensa que no era rico, que tuvo que buscar trabajo y trabajar, tuvo que estudiar Derecho en la Universidad de la República (donde se vive la realidad académica sin que intervengan fortunas ni apellidos), que comenzó su carrera saliendo diputado en 1971 con un puñado de votos propios, contra el inmenso Wilson Ferreira Aldunate, y que nadie le regaló nada en materia política, excepto, quizás, la muerte del último caudillo blanco, que dejó la victoria servida al Partido Nacional después del desastroso gobierno de Sanguinetti, que dejó al país fundido, como lo dicen los números y conceptos de la histórica carta del contador Ricardo Pascale, entonces presidente del Banco Central. Lacalle Herrera nunca ocultó su programa, que se llamaba, si mal no recuerdo, “La respuesta nacional”. Ahí señalaba como eje central de su propuesta el “bajar el costo del Estado”, frase de fantasía que en realidad significa vender el patrimonio nacional, formado por las empresas, los bancos y la educación públicos (si es a amigos o a extranjeros o a socios extranjeros, mejor que mejor) y desmontar el aparato arancelario de protección de la producción nacional que había sobrevivido a Sanguinetti. Presentó su Ley de (venta de) Empresas Públicas y perdió por 27% a 72% de sufragios del soberano. Pudo privatizar el puerto, la principal fuente de ingresos del país desde su fundación, pero el pueblo no puede luchar contra todo, máxime cuando los dos grandes poderosos de entonces se pusieron de acuerdo. Y también vendió bancos con problemas, lo cual le acarreó que le procesaran a ministros y funcionarios y él mismo se cansó de subir escaleras de tribunales. Creó el Fondo de Solidaridad para que la enseñanza universitaria dejara de ser gratuita como quiso José Pedro Varela, y eso se lo agradecen todos los profesionales que se pelaron el culo estudiando y dejaron vacaciones y cumpleaños para acceder a un título y tienen que pagar por él, violando acaso un precepto constitucional. Pero los ricos (y él ya era rico… en plata) no piden permiso y odian a los pobres. Su proyecto era el de un “Uruguay plaza financiera”, que al fin y al cabo compartió con Julio María Sanguinetti y con Jorge Batlle, pero él firmó el concepto que terminó provocando la Crisis de 2002 gracias a la acción conjunta de los tres presidentes mencionados. Garganteó por donde pudo que iba a terminar con el proteccionismo arcaico, excepto en un sector, la forestación, donde se había asegurado una posición e intereses cuantiosos, con sus primos los Heber y su cuñada Rosario Pou Brito del Pino. Así el doctor Luis Alberto Lacalle Herrera se volvió un hombre rico, pero fue gravemente cuestionado por conocidas figuras de su Partido Nacional -recordamos a tres, Juan Andrés Ramírez, Jorge Machiñena y Alberto Zumarán, que además cuestionó la presencia de neoliberales como Ramón Díaz y figuras de la dictadura como Juan Chiruchi y Ricardo Reilly en su gobierno- y así quedó marcado para la historia de Uruguay. En cuatro años, pasó del Fiat 125 a la estancia, con tordillo, arreos repujados, cuchillo y talero con vaina y cabezal de plata y oro. Es feo decirlo, pero es verdad: gracias a su gobierno, el inconsciente colectivo de Uruguay asocia a los blancos, al Partido Nacional, fundado por Manuel Oribe, con la corrupción. Tal vez no sea cierto ni justo, pero, al menos en la opinión pública, no hay como negarlo. Hace poco, nada menos que en una convención del herrerismo, su hijo, más preocupado en ocultarlo que en mostrarlo, le agradeció por “estar pero no ser” y luego dijo que “tenemos el defecto de juzgar personalidades de otros tiempos con nuestros momentos. Qué difícil, qué injustos que somos. Gente que tuvo su acción hace 50, 60, 100 años. ‘Yo haría’, ‘no haría’, ‘yo hubiera hecho’, decimos. Son seres humanos, imperfectos. Hasta los que más amamos, más seguimos, se equivocaron. Son líderes de carne y hueso”. Que lo parió, Mendieta, semejante parricidio en público y sin atenuantes. El Cuqui miró a su costado y dijo en voz baja: “Trágame, tierra”. Una animalada, dicha con la soberbia propia de un personaje como Pompita, sin mucho boliche, ni tablado, ni carnaval ni campito, dejó en silencio, asombrada, atribulada, a la tribuna. Y nos dio la medida de lo que se puede esperar de Luis Alberto Alejandro Aparicio Lacalle Pou de Herrera Brito del Pino. Quiero volver a quebrar una lanza por Lacalle Herrera, sin perjuicio de que alguno de mis hijos diga que yo creo que todo tiempo pasado fue mejor. El padre nunca ocultó sus ideas, oligárquicas y reaccionarias, nunca jugó con la inocencia o la credulidad de la gente, nunca se disfrazó de benefactor de la humanidad y gobernó, como lo había anunciado, para su clase. Cuando tuvo que hacerlo, se fue a España y homenajeó a Francisco Franco. Con saludo y todo. En lo que hace a su programa de gobierno, jamás ocultó ni mintió. Pompita y sus planes, conocidos y desconocidos Otra cosa muy distinta es su hijo, actual candidato desafiante y principal precandidato a presidente por la oposición al Frente Amplio. La primera diferencia a señalar está en las trayectorias vitales. Luis Alberto Aparicio Lacalle Pou nació en 1973, cuando su padre aún no era rico. Se educó en British Schools, gracias a su influyente mamá, y luego se recibió en la Universidad Católica, a buen resguardo, a los 23 años. Desde 1990 (en plena adolescencia) vivió en la casa presidencial de Suárez y Reyes -que, según Sanguinetti ha contado por todos lados, se esforzó en destruir, lográndolo en gran medida). Las fiestas del botija aún se recuerdan en el Prado. Nunca ejerció su profesión de abogado ni trabajó en otra actividad conocida. Ni siquiera se sabe si alguna vez ayudó al peón flaco que cuida las vacas gordas de su papá. Desde muy joven es legislador. Al principio con los votos de Julita, su mamá. Cuando terminó el gobierno de su papá, se mudaron a la famosa casa de la calle Murillo en Carrasco, y luego se mudó a La Tahona, el más exclusivo barrio privado de Uruguay con su esposa, Lorena Ponce de León. Pompita no fue pobre nunca, no tuvo que buscar trabajo ni para conseguir sus primeros votos, no se hizo de abajo, jamás vivió en un barrio común. También, a diferencia del padre, no dice cuál es su programa, aunque nadie duda que lo tenga (o que lo tengan sus economistas, que son Ignacio de Posadas, Jorge Caumont, Juan Carlos Protasi, Ignacio Munyo y Juan Dubra Estrada), pero anunció en esa convención, del 22 de julio, que hará recorrida por todo el país para que “después no digan que nuestro programa sale de una oficina”. Ahí dijo también que “el Partido Nacional tendrá un programa para que los más infelices sean los más privilegiados”. Por lo pronto, Pompita, a diferencia de su padre, oculta su programa, que lo tiene; no dice lo que quiere hacer. Su juego consiste en atacar al Frente Amplio y buscar el respaldo colorado, particularmente el de Pedro Bordaberry, su principal aliado. En la convención mencionada afirmó que el “Frente Amplio fracasó, porque fracasó en la gestión de los recursos públicos”, lo cual es desmentido por el mayor ciclo de crecimiento económico con inclusión ininterrumpido del país y los indicadores sociales en materia de empleo, pobreza e indigencia, que son de los mejores de América y son elogiados por gente tan diversa como Cepal, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. También dijo, arrastrando la voz, con pausas que más de una vez hicieron pensar que estaba perdido, que la vocación de su sector ha sido siempre “tocar, estar, promover” la gestión del gobierno, como en el recordado gesto de oponerse a la ley de ocho horas para los peones rurales. Solamente se le escapó una cosa. Dijo: “Cuidado con hacer promesas, porque lo que viene va a ser difícil”. Debe haber sido una respuesta indirecta para Verónica Alonso, un llamado a callarse la boca después de que esta dijera que habrá que jubilarse a los 65 años. O acaso se haya referido a militarizar el país, como hacen sus admirados Macri y Temer, acaso con una guardia nacional, como quiere su súcubo Jorge Larrañaga, al que en 2014 le prohibió mencionar en la campaña electoral el nombre de Wilson. La verdad es que su programa es el viejo programa de la derecha: privatizar empresas, bancos y la educación pública, lo que ahora supondría liquidar el Mides, el Fonasa y todos los programas sociales, así como los Consejos de Salarios, como hizo su papá. Yo pienso que por ahí anda la cosa, y lamento que Pompita lo oculte. De lo que no me cabe ninguna duda es de que, como Macri y Temer, va a gobernar para su clase: los grandes terratenientes, el 1% que se lleva más de la mitad de la riqueza del país. Pompita sigue buscando a Tabaré Vázquez y preguntando “¿Dónde está el piloto?”. El chiste lo repite desde hace tres o cuatro años, cuando abordó en Melo a Tabaré para preguntarle por qué lo llamaba Pompita. Luis Lacalle se lamenta de que el presidente “no le da pelota” y lloriquea porque él, como jefe de la oposición, no da la talla. Dice que tratará de jugar al fútbol como Griezmann para que al menos Tabaré le escriba una carta, pero no tiene suerte. Es gracioso. El “jefe de la oposición” manda angustiantes mensajes, verdaderos reclamos de socorro, pero el malo de Tabaré no le contesta.
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