Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Columna destacada |

El recreo que nunca se termina

Por Rafael Bayce.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

Violencia policial, racismo y virus son temas bien actuales y vinculados, como veremos a continuación. Estos urgentes asuntos, que interrumpen parcialmente nuestra saga de columnas sobre el monstruoso error de ciencia, política y prensa que la humanidad cometió en 2020 al decidir lo que decidió frente al Covid-19, están fuertemente interrelacionados, porque mucho tiene que ver ese macroerror con los excesos policiales que incendian el mundo, con la reactivación creciente de reivindicaciones raciales por doquier y con el cuestionamiento casi global de las policías.

La interrupción de encierros y distanciamientos, además, demostrará finalmente que han sido y son medidas básicamente inocuas, incluso contraproducentes, porque nada de lo horroroso vociferado por los ‘científicos’ del terrorismo social sucederá si se violan, como se ve en todas las multitudinarias manifestaciones de protesta. (Le apuesto, lector, lectora, una botella de whisky, a que no aumentan las tasas de contagiados, ni de internados ni de fallecidos, en las semanas subsiguientes a las protestas en Estados Unidos y Europa, donde se han visto multitudes sin distanciamiento, encierro ni barbijos; ni tampoco como consecuencia de los sábados peatonales en 18 de Julio).

En casa, mientras tanto, y cerrando la idea con el título de la nota, no parece para nada que haya ‘terminado el recreo’ con el cambio de gobierno; peor aún, parece que un ministro dice una cosa y otro ministro dice otra, por ejemplo, frente a los mismos y sospechosísimos hechos ocurridos en un destacamento de la Fortaleza (ambigüedad contradictoria que por cierto le criticaban a Mujica).

 

El bochorno de la Armada

Lo que está sucediendo en torno al destacamento que ‘custodia’ la vieja estación radial de la fortaleza del Cerro parece un sketch de Decalegrón, una abrupta extensión y radicalización del ‘recreo’ que supuestamente terminaría con el cambio de gobierno y la asunción de nuevos ministros del Interior y de Defensa Nacional.

En primer término, es una vergüenza la secuencia de hechos que comenzó con el ingreso en horas de la noche de un exmarino, expulsado de la fuerza por motivos de drogas y con autorización de sus excamaradas para dormir allí. El visitante, en agradecida retribución al favor recibido (¡ya no hay códigos!), le roba su arma al custodio que dormía, para luego matar con ella a los celosos custodias que escuchaban música con auriculares, y luego al durmiente que se despertó y llegó a ensayar una mínima resistencia. Es, sin duda, una secuencia muy preocupante para la seguridad pública y de las instituciones de seguridad si no se descubre un móvil tan importante como para justificar una matanza semejante. No puede haber sido solo para robarles sus armas a los infantes; parece demasiado poco tres revólveres para arriesgar tantos años de cárcel. Pero, en fin, bajo la hipótesis de una intoxicación grave de cocaína, pasta base o crack con alcohol, cualquier pequeña desavenencia o ambición por armas puede llegar excepcionalmente a tal extremo. Y aparentemente quedó por esa, al menos judicialmente.

La inquietante secuencia, sin embargo, empeora 5 días después cuando los ahora 4 custodios rechazan a tiros -más de 20- un supuesto intento de invasión al mismo predio. Entra en crisis la explicación de mala gana aceptada popular y judicialmente. Porque ¿cuáles eran los móviles ahora? Esta vez insistían en ingresar, pero sin pedir permiso, y a los tiros. ¿Por qué? ¿Para qué querían entrar de nuevo a un lugar presumiblemente muy controlado por lo ocurrido unos días antes? No era un problema personal con la guardia porque ya eran otros, víctimas de lo que aparece como una radical ‘quema de archivos’. ¿Para volver a sacarles sus armas a los custodios? Poco verosímil; era de los momentos y lugares menos propicios para ello. ¿Era para borrar huellas y evidencias de la matanza anterior? No, porque ya se habían obtenido las evidencias suficientes como para formalizar y acusar al homicida. ¿Para qué, entonces, y con esa vehemencia y altos riesgos coyunturales?

Lectores, ciudadanos, hay algo muy valioso y que parece urgente rescatar en ese predio militar. ¿Custodiaban los marinos solamente el predio? Hay que revisarlo exhaustivamente antes de que pueda quedar en ridículo la santificación patria de los infantes victimados. Varios chimentos y sospechas hacen temblar las redes sociales: que no sería la primera ni la última vez en la historia de la humanidad que los encargados de la ley y el orden se vuelven los mejores y menos sospechables cómplices y guardianes de armas, drogas, contrabando; que sería perfecto para todo el narcotráfico que florece en el Cerro Norte; que el Betito Suárez, superpesado de las drogas, recientemente excarcelado, está edificando por ahí. Uno de los propios creadores del ‘fin del recreo’ -Larrañaga – afirmó que todo habría surgido de una riña a 100 metros del predio en una boca de drogas. ¿No había terminado el recreo, Guapo? Mire que el general se lo va a reprochar. Lo está dejando ‘pegado’ en su campaña presidencial.

En fin, chimentos afuera, lo que parece a todas luces probable es que haya algo grueso, valioso y de urgente uso en un predio de la Armada Nacional donde hubo una matanza de ‘celosos’ custodios. Apúrese, Mr. Burns, antes de que el ridículo explote en las redes sociales, que el recreo se fortalezca y proliferen propuestas de regreso de Bonomi, supuesto responsable de la extensión del recreo criminal en Uruguay.

Espere, lector, a las cifras de homicidios, violencia doméstica y femicidios de mayo, mucho mayores que las debidas al virus, y verá usted si sigue o no el recreo, reforzado por un letal encierro de la población que ya pronosticamos como mucho más mortal que el virus. Por lo menos habría que deshacer oficial y claramente esas sospechas que ya se viralizan en las redes sociales, o sea, en la opinión pública actual.

 

Cuando la Policía se sobreprotege

Una de las muchas formas de visibilizar las discriminaciones y desigualdades sociales, entre ellas las raciales, es el maltrato policial. Las últimas palabras audibles de George Floyd, cuando estaba siendo asfixiado en el piso, esposado, fueron: “I can’t breathe, man” (jerga negra, “no puedo respirar, bo”). Estas palabras se han constituido en una alegoría de todas las formas como los afroamericanos han sido históricamente asfixiados social, económica y culturalmente, impidiéndoseles así vivir el mismo bienestar, derechos y libertades que a los blancos nacionales.

Pero sucede -como pasó en este caso- que hay formas extremas de maltrato y abuso policial más sensacionales y visibles que otras, y más inspiradoras de movilizaciones que, inicialmente pacíficamente indignadas, terminaron radicalizándose en la interacción callejera. Una encuesta del 7 de junio registra que un 57% de la gente está más preocupada en Estados Unidos por lo que le pasó a Floyd que por la violencia de las protestas (sorprende, pero esos fueron los números). A esto se suma que todo este combo se dio en cuarentena (con distanciamientos sociales imposibles de cumplir por el 70% de la humanidad), con ciudadanos recluidos, ansiosos, angustiados, culpables, dentro de unidades domésticas desprovistas, desempleados, tensos, con conflictos agudizados.

¿Por qué estas protestas raciales y antipoliciales, inicialmente en Minnesota y luego en varias ciudades estadounidenses y globalizadas en Europa, no se produjeron antes, cuando hubo tantos otros episodios de abuso policial letal contra afroamericanos? El aumento de la comunicación global y las equivocadas medidas anti-Covid-19 las hacen posibles, sin contar con la inhabilidad electorera de Trump, que también influyó. Nunca se había escrito en abundantes grafitis defund police (sacarle fondos a la policía) reclamando el control comunitario de la seguridad. Y esto nos lleva a una pequeña historia política de las policías en el mundo porque tiene que ver con el contenido de esta petición.

 

Breve historia política de las policías

Las policías modernas se desarrollan con el advenimiento posrenacentista de los Estados nacionales y la reducción de las élites monárquico-feudal-eclesiásticas por los nuevos órdenes burgueses nacionales, como forma de absorción de la antigua cotidaneidad feudal mediante los poderes civil y penal (por más, leer a Foucault).

Llevaba menos de un siglo la funcionalidad burguesa de las policías cuando Carl Marx descubre que estas cumplen el papel de consolidar el advenimiento de las burguesías nacionales mediante el enfrentamiento de los proletarios urbanos y del campesinado rural en sus intentos reivindicatorios.

Al inicio, estos cuerpos represores estuvieron constituidos por el lumpen subproletariado urbano; y luego por migrantes rurales, sea cautivados por las luces de la ciudad o expulsados rurales por la dinámica económica urbano-rural. Los cuerpos de seguridad tendrán esa básica demografía socioeconómica y cultural desde allí y hasta hoy. En la medida en que hasta hace poco los salarios de la policía eran comparativamente bajos para la importancia y riesgo de sus tareas, y que no tenían prestigio laboral ni estatus social, siguen siendo el lumpemproletariado urbano y los expulsados rurales su contingente central, último recurso laboral para sobrevivir a la expulsión rural, sin vocación ni formación moral siquiera burguesa.

El origen socioeconómico y cultural de esos estratos discriminados, desigualados, humillados, con infancias y adolescencias carentes, e historias familiares y barriales duras psicológicamente, los lleva, cuando adultos, a tratar de compensar, vengarse o repetir lo sufrido en otros. Recuérdese la fruición y deleite con que impiden el paso y desvían autos de gente socialmente más aventajada; y cómo califican o tratan de pichis a los menos aventajados.

Empoderarlos con legislación, armas y equipamiento comunicacional y de transporte puede a menudo llevar más a una conmixtión con el enemigo que a una persecución del mismo (la teoría de los sistemas complejos y varios libros sobre las policías argentina, brasileña y colombiana explican mejor todo esto). En realidad, ya están suficientemente protegidos por la presunción de inocencia ciudadana del Estado de Derecho, con la legítima defensa y con la comprensión de jueces y fiscales de las dificultades y riesgos que implica su enfrentamiento con la delincuencia. Cualquier otra prerrogativa extra (por ejemplo, presunción simple de inocencia o legítima defensa presunta) configuraría un empoderamiento redundante que arriesga más extralimitaciones en sus tareas y funciones que un seguro para su mejor actuación.

Por eso es que en las movilizaciones actuales en Estados Unidos, Inglaterra y Francia se pide restarles fondos a las policías y devolver el poder de policiamiento a las comunidades, como sucedía en Europa antes de la aparición de las policías de los Estados-nación; incidentalmente, Foucault cuenta que, tan duras eran las nuevas legislaciones penales y las prácticas policiales en los siglos XVIII y XIX, que las comunidades escondían las ilegalidades y los transgresores para salvarse de las draconianas policías y de las sanciones penales. Estaríamos ahora ante una propuesta de neofeudalización comunitaria de la seguridad para escapar a los excesos policiales, variablemente protegidos por normativa y equipamiento, para los que se pide reducción durante las actuales protestas que nos muestran las cámaras y pantallas del mundo.

Ab-usar es usar ilegítima, ilegal e inmoralmente de instrumentos y prerrogativas, sea por corrupción, complicidad, omisión, humillación, provocación para poder excederse con coartada mencionable (los más poderosos o empoderados siempre lo hacen), hurto en allanamientos y detenciones, extorsión, brutalidad material. Mientras el origen socioeconómico y cultural de los cuerpos de seguridad esté anclado en lumpen subproletarios y migrantes rurales que se enrolan como último recurso y en la esperanza de ‘sacar todo lo que se pueda’ del cargo, normativa y empoderamientos, y compensar penurias, traumas y complejos de infancia-adolescencia, limitarlos será más importante que sobreprotegerlos de lo que ya están protegidos.

Según los peticionantes del defund police, así se evitaría una extralimitación ab-usiva que parece que está siendo pedida por las masas urbanas en mayor medida que el mejor castigo de los manifestantes extralimitados y ab-usivos, que sin duda los hay y deberían ser limitados también. Pero, si su extralimitación está ejercida por extralimitados, el big bang está de vuelta.

 

Dejá tu comentario

Forma parte de los que luchamos por la libertad de información.

Hacete socio de Caras y Caretas y ayudanos a seguir mostrando lo que nadie te muestra.

HACETE SOCIO