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Columna destacada | Orsi | Estados Unidos |

El final de la cuenta atrás

Orsi en el portaaviones Nimitz

Nuestro presidente Yamandú Orsi no tuvo mejor idea que imitar a Milei y a Kast, y aceptar el convite del nuevo embajador de Estados Unidos en Uruguay para volar y aterrizar en el portaaviones Nimitz.

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La noticia sorprendió a un pueblo. Dicho esto no solo en el sentido de esa frase hecha que refiere a una sorpresa general, sino de pueblo como conjunto de personas con una pertenencia de clase que comparten una identidad y una noción de patria, para decirlo en términos beneditianos, antes que mediante cualquier nacionalismo ramplón, chauvinista y fácil de traicionar, como ha sido usual por parte de quienes mucho lo cacarean y poco lo practican.

Antonio Machado decía que muchos hablan de la patria y la venden mientras el pueblo la compra con su sangre, y sabía de lo que hablaba.

Lo cierto es que nuestro presidente Yamandú Orsi no tuvo mejor idea que imitar a Milei y a Kast, y aceptar el convite del nuevo embajador de Estados Unidos en Uruguay para volar y aterrizar en el portaaviones Nimitz.

Se trata, nada menos, que del buque insignia, por décadas, de la Armada yanqui en todo tipo de operaciones de guerra desatada o de provocaciones contra tantos países en su ejercicio de matón internacional.

Tal vez en ese afán de retribuciones personales y diplomáticas no sería descabellado ver en algún momento al embajador yanqui en el Quincho de Varela, reeditando aquellos mediáticos asados al mediodía de cada Primero de Mayo en los que también supo hacer muela la otrora embajadora Julissa Reynoso. Al menos Pepe tuvo la decencia de no treparse a ningún portaaviones. Algo es algo.

El barco USS Nimitz, como tantos otros, está manchado de sangre. No solo por todo lo que ayudó a destruir y matar en defensa del privilegio de unos pocos, también tiene sangre derramada de soldados norteamericanos enviados a morir como carne de cañón. Incluidos soldados muertos en accidentes por errores de sus comandantes, fallas técnicas de las empresas que se enriquecen con el Complejo Militar-Industrial o por desbordes de la indisciplina que a menudo cunde en sus filas.

En ese sentido, el Nimitz tiene un historial oscuro. El 26 de mayo de 1981, un avión Grumman EA-6B Prowler se estrelló en la cubierta de vuelo, matando a 14 tripulantes e hiriendo a otros 45. La opacidad de las fuerzas armadas de EEUU intentó minimizar el caso hasta que lograron darlo vuelta a su favor. Aparecieron análisis forenses que detectaron rastros de marihuana en los fallecidos. Ronald Reagan aprovechó el suceso para implantar una política de tolerancia cero con las drogas en todas las fuerzas armadas. Una política hacia afuera que pretendió mostrar una realidad dentro que jamás lograron ordenar. Son legión los testimonios de soldados que cuentan que sin drogas, es imposible participar en las operaciones de masacres llevadas adelante por fuerzas norteamericanas.

El 30 de noviembre de 1988, mientras estaba en el mar de Arabia, un cañón de se disparó accidentalmente mientras estaba en proceso de mantenimiento, impactando en un avión A7 Corsair II. Los siguientes disparos impactaron en otros 6 aviones y hubo 2 muertos. El barco fue desafectado de la operación en la que participaba y regresó al puerto de Bremerton.

Leven anclas

Los datos de Wikipedia indican que el Nimitz navega con una tripulación de casi seis mil hombres (3200 de dotación y 2480 del grupo aéreo), desplaza cerca de 102 mil toneladas a una velocidad máxima de 30 nudos y es uno de los mayores barcos de guerra del mundo. Su nombre homenajea al almirante Chester Nimitz, comandante de la Flota del Pacífico en la Segunda Guerra Mundial y el último almirante de cinco estrellas de la Armada de EEUU.

Tiene una propulsión de dos reactores nucleares de la afamada marca Westinghouse, que es probable que haya hecho más plata con la guerra que fabricando aparatos de aire acondicionado y otros electrodomésticos. Los dos reactores accionan cuatro turbinas de 260.000 HP pero para situaciones de emergencia posee cuatro motores Diésel de 10.720 cv. Su grupo aéreo está formado por 90 aviones y helicópteros.

Fue bautizado en 1972, amadrinado por Catherine Nimitz Lay, hija del almirante, y entregado a la Armada en 1975, siendo asignado a la Base Naval de Norfolk, en Virginia, el 3 de mayo de 1975. Después de una prórroga operativa, en la que participa en ejercicios conjuntos con Argentina, el Nimitz dejará de prestar servicio en este 2026, lo que significa que será desguazado en su totalidad. Espero que no sea la excusa esgrimida para visitarlo, pero a esta altura todo puede suceder.

En su historial cuenta con varias incursiones en el golfo Pérsico haciendo ya sabemos qué, mucho antes de la primera y la segunda guerra del Golfo que causaron tanto bienestar a los pueblos de la región. De hecho, una de las incursiones de EEUU por allí se denominó Libertad Duradera. Pero en verdad el portaaviones anduvo en tropelías por los siete mares, incluyendo el Caribe, faltaba más. La lista de países que recibieron la desinteresada colaboración del Nimitz es larga. Es lo que tiene el prontuario yanqui. Un ejemplo es su aparición en 1985 en la costa de Líbano. Después se supo que su bombardeo no solo era en represalia a grupos rebeldes que atacaban bases norteamericanas, sino que ayudaba a que Israel ocupara más tierra libanesa.

Pura ficción

El portaaviones Nimitz cuenta con un protagonismo curioso en su historial. Resulta que fue protagonista principal de una superproducción de Hollywood en 1980. Con un reparto importante encabezado por Kirk Douglas, Martin Sheen, Katharine Ross, James Farentino y Charles Durning.

El final de la cuenta atrás fue el título de un filme dirigido por Don Taylor. La película era una mezcla de cine de guerra con algo de romance, pero su relato principal estaba basado en la ciencia ficción. Resumiendo rápido, plantea el dilema moral y ético producto de una situación inverosímil: que el portaaviones Nimitz, a la sazón el más grande del mundo y con propulsión nuclear, al ser envuelto por una tormenta en el océano Pacífico, es tragado por un agujero de gusano que lo lleva al mismo lugar pero en otra época, más precisamente un día antes del ataque japonés a Pearl Harbor.

Ante semejante situación, el comandante debe tomar la decisión de si interviene diezmando a las fuerzas japonesas y cambiando el curso de la historia, o queda al margen, permitiendo el ataque que propició la entrada de EEUU en la guerra. Esta última opción es la que se impone.

Dejando de lado todo el resto de detalles interesantes de la película, y dada esta extravagante visita de nuestro presidente al portaaviones, bien vale hacer un ejercicio de ciencia ficción, no hacia el pasado sino a un futuro. Uno que tal vez no esté muy lejano, lamentablemente. Pongamos por caso que durante la visita de Orsi al barco se lo traga otro agujero de gusano y aparece un día antes de la invasión de EEUU a Cuba, como lo viene declarando Trump cada vez que le sigue yendo mal en las encuestas o se le complica el caso Epstein. Y, tal cual se da en la película, ocurre un incidente y en un momento es posible comunicarse para dar la voz de alerta al enterarse del lugar de la invasión. Orsi queda insólitamente en la sala de comunicaciones y puede avisar al alto mando cubano de que habrá un ataque en tal y cual lugar.

El dilema moral y ético de la situación, en este ejercicio ficticio descabellado, a propósito de la historia real de este portaaviones, pondría a Orsi ante el dilema de ayudar a Cuba a prepararse ante un ataque sorpresa, seguramente a riesgo de recibir la represalia, no solo dentro del barco sino después, dado el poder con el que EEUU ha decidido la suerte de tantos presidentes, ya sea por invención de causas judiciales o directamente por asesinato.

Aún en la inverosímil ficción es difícil predecir cuál será la decisión y la acción tomada en consecuencia. Lejos de poder dar cátedra mediante esa típica pose al uso en tantas bravuconadas que, llegado el momento, no se traducen en acción coherente, pero teniendo certeza de lo que harían otras y otros, o lo que hubieran hecho tantos y tantas que supieron dar su vida en condiciones incluso mucho más difíciles, dada esta serie de torpezas en la política del espectáculo a que nos viene acostumbrando, con todo respeto, la falta de confianza crece. Ojalá me equivoque.