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Fertilizantes, alta sensibilidad a la geopolítica

El principal detonante de la suba actual se encuentra en el conflicto en Medio Oriente, especialmente en áreas cercanas al Estrecho de Ormuz.

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Los mercados internacionales de fertilizantes atraviesan uno de los momentos más tensos de los últimos años. Entre marzo y abril de 2026, los precios registraron subas superiores al 50% en insumos clave como la urea y los fosfatos, alcanzando niveles máximos en cuatro años y encendiendo alertas en toda la cadena agroalimentaria.

Lejos de responder a una única causa, esta nueva escalada combina factores estructurales y coyunturales: conflictos geopolíticos, aumento de los costos energéticos y una creciente fragilidad en las cadenas globales de suministro. El resultado es un mercado altamente volátil, con operaciones ralentizadas y una marcada incertidumbre sobre los costos de producción en el corto plazo.

El factor Medio Oriente y el peso de la energía

El principal detonante de la suba actual se encuentra en el conflicto en Medio Oriente, especialmente en áreas cercanas al Estrecho de Ormuz, un corredor estratégico para el comercio mundial de energía. La inestabilidad en la región ha provocado interrupciones logísticas, reducción de la oferta por parte de exportadores y un encarecimiento significativo de los fletes.

A este escenario se suma el aumento del precio del gas natural, insumo crítico para la producción de fertilizantes nitrogenados como la urea. Dado que el gas representa una porción sustancial del costo de producción, cualquier variación al alza se traslada casi de inmediato al precio final de estos productos.

Presión sobre el campo y los alimentos

El impacto ya es visible en el sector agropecuario. Entre enero de 2025 y marzo de 2026, productos como el fosfato diamónico (DAP) registraron incrementos de hasta 57,2%. Esta dinámica tensiona los márgenes de los productores, que deben decidir entre reducir la aplicación de nutrientes —con el consiguiente riesgo en los rindes— o asumir mayores costos.

El efecto trasciende al campo. La suba de fertilizantes genera una reacción en cadena que impacta en la productividad de cultivos clave, como el trigo, y termina trasladándose a los precios de los alimentos a nivel global.

En paralelo, el mercado muestra signos de parálisis. A pesar de la cercanía de períodos clave de fertilización, la incertidumbre frena las decisiones de compra. En algunos segmentos, como el de la urea, la actividad comercial internacional es mínima.

Un insumo altamente expuesto a la geopolítica

Los fertilizantes son particularmente sensibles a los vaivenes internacionales por su propia naturaleza productiva y comercial.

En primer lugar, dependen fuertemente del gas natural, lo que los vincula directamente con los mercados energéticos globales. En segundo término, su producción está concentrada en pocos países: Rusia y Bielorrusia dominan el potasio, mientras que China y varias naciones de Medio Oriente tienen un rol clave en fosfatos y nitrogenados.

A esto se suma la vulnerabilidad de las rutas logísticas. El comercio de fertilizantes depende de corredores marítimos estratégicos que, ante conflictos o bloqueos, pueden interrumpir el flujo global en cuestión de días.

Por último, las decisiones políticas también pesan. Sanciones económicas y restricciones a la exportación —como las aplicadas en distintos momentos por China o Rusia— pueden reducir drásticamente la oferta disponible en el mercado internacional.

Un fenómeno cíclico

La historia reciente muestra que estos episodios no son aislados. Las subas abruptas en los precios de los fertilizantes suelen repetirse bajo condiciones similares.

La crisis de 2021-2022, impulsada por la guerra entre Rusia y Ucrania, marcó uno de los picos más pronunciados, superando incluso los niveles de 2008. En aquel entonces, la combinación de energía cara, restricciones comerciales y disrupciones logísticas generó un shock global.

Algo similar ocurrió en 2007-2008, cuando la fuerte demanda y los bajos inventarios duplicaron los precios de fosfatos y potasio. Incluso en la década de 1970, el shock petrolero dejó en evidencia la estrecha relación entre energía y fertilizantes.

En todos los casos, se repite un patrón claro: aumento del costo energético, tensiones geopolíticas en regiones clave y limitaciones al comercio internacional.

Perspectivas: incertidumbre y riesgo inflacionario

De cara a los próximos meses, el escenario sigue dominado por la incertidumbre. Si el conflicto en Medio Oriente se prolonga, es probable que los precios de los fertilizantes se mantengan en niveles elevados.

Esto podría traducirse en menores aplicaciones, caída en los rendimientos y una presión adicional sobre la inflación de los alimentos, en un contexto global ya desafiante.

Más que un insumo técnico, los fertilizantes se consolidan como un indicador sensible de la geopolítica mundial. Cada crisis energética o conflicto regional no solo reconfigura mercados, sino que impacta directamente en uno de los aspectos más básicos de la economía global: el costo de producir alimentos.