Problemas de mercado
El problema, según Méndez, está en el momento que atraviesa el mercado. “El hidrógeno verde se va a imponer en algún momento en el mundo”, sostuvo, aunque advirtió que actualmente producirlo continúa siendo caro. Para que el negocio pueda desarrollarse, explicó, existen dos posibilidades: subsidiar al comprador para que pueda adquirir un producto más caro que las alternativas existentes o reducir los costos de producción.
En ese contexto aparece uno de los principales puntos de discusión en torno al proyecto de HIF: el papel de UTE. Según Méndez, una de las alternativas planteadas para mejorar la ecuación económica del proyecto es que la empresa pública invierta en infraestructura y suministre electricidad a un precio que permita reducir los costos del hidrógeno.
“Los inversores lo que dicen es: vamos a tratar de reducir los costos. Y reducir los costos es, en lugar de producir nosotros la electricidad necesaria para producir hidrógeno verde, vamos a pedirle a UTE que invierta y que nos venda la energía más barata para que los números nos cierren a nosotros”, explicó.
Trasladan costos
Para el exdirector de Energía, allí aparece una tensión que lleva más de un año y que debe ser analizada teniendo en cuenta las inversiones realizadas por el Estado en la infraestructura eléctrica. El debate también se relaciona con la apertura del mercado eléctrico para grandes consumidores y con las condiciones bajo las cuales UTE brinda respaldo a esos usuarios.
Méndez sostuvo que existen otros proyectos de hidrógeno verde en Uruguay que avanzan con mayor cautela y escalas menores. En su opinión, el tamaño de la inversión no necesariamente determina la viabilidad del negocio. “Si el mercado no existe, yo no voy a pretender que me subsidien para que esto se desarrolle y para que Europa pueda comprar un combustible que le conviene comprar”, afirmó.
El entrevistado no descartó los subsidios como instrumento para desarrollar nuevas tecnologías. Recordó que algo similar ocurrió con la energía eólica y la solar, que décadas atrás no eran competitivas y recibieron apoyo para desarrollar tecnología e industria. La diferencia, señaló, está en la relación entre el subsidio y el retorno que pueda obtener el país.
Transición
El hidrógeno verde, además, tiene un papel específico dentro de la transición energética. No se trata solamente de sustituir generación eléctrica. Su principal potencial está en aquellos sectores que presentan dificultades para ser electrificados directamente, como determinados procesos industriales, el transporte marítimo y la aviación. A partir del hidrógeno también pueden producirse combustibles sintéticos, metanol, amoníaco y fertilizantes.
Pero mientras ese mercado se desarrolla, Uruguay ya atravesó una transformación energética de otra naturaleza.
Méndez destacó que el cambio de la matriz energética uruguaya fue el resultado de una política sostenida, con participación del Estado, inversión y desarrollo de capacidades. Según los datos mencionados durante la entrevista, entre los distintos proyectos vinculados a esa transformación se movilizaron entre 5.000 y 6.000 millones de dólares y se generaron unos 50.000 puestos de trabajo.
La transformación también modificó la relación del país con la energía. Uruguay pasó de depender en buena medida de la importación de combustibles para generar electricidad a contar con una matriz eléctrica basada mayoritariamente en fuentes renovables.
Durante la entrevista se señaló que en 2024 alrededor del 99% de la generación eléctrica correspondió a fuentes renovables. En el conjunto de la matriz energética —que incluye transporte, industria, calefacción y otros usos— la participación renovable es menor, pero alcanza aproximadamente dos tercios.
Resultados de la transformación
Para Méndez, uno de los principales resultados de esa transformación fue la ganancia de soberanía. La dependencia del petróleo significa quedar expuesto a decisiones y acontecimientos internacionales que afectan los precios y el abastecimiento. En cambio, el uso del viento, el agua, la biomasa y la energía solar permite que una mayor parte de las decisiones energéticas se tome dentro del país.
También hubo un impacto económico. Antes de la transformación, Uruguay destinaba entre 1.100 y 2.000 millones de dólares anuales a la generación de la electricidad que consumía, según los datos aportados por Méndez. Los años secos y los aumentos del precio del petróleo podían elevar todavía más ese costo.
La biomasa incorporó, además, residuos de la actividad agroindustrial a la generación energética. Lo que antes podía ser considerado un residuo pasó a convertirse en un recurso.
Desafío del porvenir
El desafío siguiente es avanzar desde la transformación de la matriz eléctrica hacia la descarbonización de otros sectores de la economía. Allí aparece el hidrógeno verde. Para Méndez, el desarrollo de esa tecnología es parte de un proceso que terminará llegando, pero la discusión actual pasa por cuándo, a qué costo y bajo qué condiciones.
En ese escenario se inscribe el proyecto de HIF: una inversión de gran escala que busca producir los combustibles del nuevo ciclo energético, pero que debe demostrar que puede hacerlo en un mercado todavía en formación. La transición energética uruguaya ya cambió la forma en que el país produce electricidad. El próximo paso dependerá de si esa transformación puede extenderse a los sectores que todavía dependen del petróleo.