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In memoriam

Por Marcia Collazo.

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Caras y Caretas Diario

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Si buscabas en ella alguna verdad, corrías el riego de encontrarla. Esa frase, sin duda, la define. Laura fue un ser directo y honesto. Una guerrera con casco de luz; una luchadora de todas las horas, con su cota de malla Laura Martínez Coronel, transparente, con su lanza de palabras, con su escudo de rara dulzura. La traté asiduamente a través de las redes sociales, y fui su colega en esta revista. Alguna vez departimos, breve pero profundamente, sobre las angustias cotidianas, sobre el odio y el prejuicio, el desamor y la malevolencia, que ella bien conoció, pero también nos extendimos sobre temas como el amor (que conoció mucho mejor y más a fondo), la sensibilidad, la fuerza y la valentía, y la lucha constante por la felicidad, que deben guiarnos para hacer más digna y valiosa la existencia.

Joven aún se la llevó la muerte. Pienso, sin embargo, que la abrumadora mayoría de la humanidad ha muerto en el planeta Tierra mucho antes de los cincuenta y cinco años. No es eso ningún consuelo, pero es en cambio una constatación de que, en tan acotado período de tiempo, la vida puede llegar a ser tan fragorosa y fecunda como lo fue para Laura; tan múltiple y colmada de flores y de pájaros, de rocío y de viento, de risas y de llantos, y de otras muchas vidas, brotadas de la suya propia, que la harán trascender y la rescatarán para siempre del olvido. Trajo al mundo ocho hijos. El destino le regaló tres nietos, y pudo ver el nacimiento del cuarto, venido al mundo -como ella expresa- “desde la matriz luminosa de mi hija Lucía”.

Poeta, periodista, docente, traductora, ensayista, conferencista, narradora oral, participó en varias antologías nacionales e internacionales y publicó once libros, ocho de ellos de poesía, entre los que cabe mencionar El tiempo de la lluvia, Archipiélago de nadie y Toda alegría es imposible. Escribió también narrativa infantil. Fue miembro de la Casa de Escritores del Uruguay y colaboraba con notas semanales en la revista Caras y Caretas.

Obtuvo varios premios literarios, entre ellos el Premio Literario Municipal de la Intendencia de Cerro Largo (1987), el Premio Juana de América de la Intendencia de Cerro Largo (1996, 1998, 2001), y el Serafín J. García (2001, 2003, 2005, 2006, 2007).

Su libro Una bandada de dados recibió el Primer Premio a Poesía Inédita en 2011, en AEDI. Archipiélago de nadie, publicado en el año 2015 (y su segundo libro publicado en México), fue la obra de poesía uruguaya mejor vendida en la Feria de Guadalajara de ese año. Asistió a muchos congresos y eventos literarios, como el Festival de Poesía de Rosario, Argentina, en 2016. Representó a Uruguay en un Congreso de Escritores que se llevó a cabo en Ecuador, brindando además una serie de conferencias en ese país.

Entrevistada sobre su poemario Toda alegría es imposible, dijo que “nosotros tenemos que crear nuestros propios milagros, pero estamos fabricando una especie de precipicio y, como decía Kafka, no hay peor pecado que estar distraído. Entonces, toda alegría es imposible si nosotros no hacemos lo posible para que la alegría surja”.

A Laura le constaba muy bien que la vida es un conflicto, y que a cada paso nos acecha la celada de las distracciones, enmascaradas en una risa fácil y vacía. Pero Laura no era un ser pesimista. Lejos de ello, enfatizaba: “Creo poderosamente en la vida y en la esperanza”. Capítulo aparte merece su concepción artística. Para Laura, el arte no podía reducirse a pura estética. Debía ser, en todo caso, ética, estética y reflexión. Una reflexión que nos mueva a pensar, que nos señale la puerta supuestamente hermética de la poesía, que nos acerque en definitiva a la vivencia, que siempre fue para ella el gran motor de sus versos. Laura transcurrió y caminó entre vivencias. Laura miró o contempló, pensó y volvió a mirar en derredor, y a partir de esas miradas incesantes construyó todo su universo poético. “El arte no es asombrar. El arte es conmover para que haya una transformación”, señaló durante la mencionada entrevista.

Si me atreviera a crear un ensamblaje entre la poesía de Laura y Laura misma, entre la voz de la poeta y su ser físico, entre sus propios versos y su aura, podría decir algo como esto: Laura, la de gestos intensos y pausados (“la prisión de los círculos en la pacífica llamarada de los dedos”). Laura, la de voz profunda y suave a la vez (“la prisa de los ojos de la boca”). Laura, la de miradas entornadas y cómplices (“ella demudada sobre la ropa”). Laura, la del pelo caído sobre la mejilla (“el agobio del aroma de su desnudez”). Laura, la rebelde eterna, que todo lo veía y todo lo sabía (“ella escribiendo vida desde una esfera, abriendo las alas de la mariposa, poniéndole voces a la piedra, conjugando árbol con música de múltiples idiomas”). Laura, la que anticipó su final, la que mencionó su cansancio (“ella atravesando los relojes con agujas, en el tiempo de la luna acribillada por estampidos de sombra”).

Laura, dolorosamente consciente del tiempo, como todo poeta, dijo en el poema titulado «Un círculo de tiempo»:

“Voy rumbo a la tarde con sus ciudades dormidas

llevo esos recuerdos desesperados, unos pocos aromas mientras abro

oceánicos bastidores

con alma de subterráneo.

[…]

Con una actitud razonable dispongo mi silueta en una esquina

en la puerta del hastío

no hago poemas de amor, doy las buenas tardes al olvido

sobre mí se desploma un círculo del mundo

y este tiempo que es el único tiempo

tiene la historia encendida de los muertos en la guerra

cenizas dispersadas para el nunca luto de la eternidad

Ha pasado el mediodía y mi esqueleto con sus mucosas de amarga indiferencia

se acuesta sobre las sábanas rugientes

mientras lejos de la emperatriz los ojos cerrados por las enormes cuevas

dibujan abandono y soledad

[…]

No cometeré el delito nada sencillo de desnacerme

no hay mucho que hacer en esta hora cuántica

obtengo el soplo del reloj, su mueca de tímpanos portátiles

verduga infidente

es hora de callar

Mañana en el seguro de las imposibilidades tendré un presagio.

Todos se levantarán escritos por mi mano.

En mi cuerpo a término crecerá la libertad”.

 

Creo, para cerrar esta recordación, que vida y obra en el caso de Laura no admiten el deslinde; su obra fue, en buena medida, su autobiografía, así como la sublimación de la desesperación y la angustia, propia o ajena, que entrevió en el mundo. Una poeta como Laura es ante todo un ser testimonial, rotundo y diáfano (tómenla o déjenla), de un aparente hermetismo y de una sencillez al punto del desborde existencial. Y tal como expresa el título de su última obra (Toda alegría es imposible), la alquimia del sufrimiento también engendró en ella la belleza.

Sentada frente a la ventana, melancólica y llena de mundo, volcada a su trabajo con los más vulnerables, así quiero recordarla. No la traté lo suficiente, al menos en forma personal, pero procedíamos ambas del mismo norte profundo, de ese Cerro Largo bravío, que sin haberlo dejado por escrito, produjo su propia leyenda y sus particulares diosas y dioses: hombres y mujeres hechos de granito antediluviano, forjados para enfrentar la adversidad, capaces de las más temerarias acciones y valientes por la sola circunstancia de estar vivos. Y cuando son poetas (pienso en Juana de Ibarbourou, o en Emilio Oribe, o en la propia Laura) lo son hasta el hueso. Laura no se marchó del todo ni mucho menos. Viva está en sus hijos y en sus nietos, en sus amigos y en todos quienes la hayan leído o la lean de hoy en adelante. Viva está en su poesía.

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