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La cotidiana resurrección del amor en la literatura

Por Marcia Collazo.

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Caras y Caretas Diario

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Desde que publiqué mi primera novela, Amores cimarrones: las mujeres de Artigas, me pasaron dos cosas que destaco sobre algunas otras. La primera es la constatación de que el amor es un asunto mucho más serio y dramático de lo que puede parecer a simple vista. Nada más alejado del amor, en efecto, que esa parafernalia de símbolos románticos, frívolos, cursis y horripilantes tan emparentados con la caricatura, el exceso chocante y, en suma, el estereotipo. La segunda es que los amores suelen estar vinculados a otras cuestiones, aparentemente alejadas del territorio de los sentimientos y, sin embargo, visceralmente unidas a este en más de un aspecto: la persecución de la justicia, de la libertad, el arrebato revolucionario, el abandono, el sufrimiento, el descarnado olvido. Por otra parte, yo no hablo propiamente de amores a lo largo de las casi 600 páginas de esa novela ni menciono prácticamente esa palabra de cuatro letras; o por lo menos no lo hago en el sentido literal del término. Me dedico, sí, a explorar en las vidas de ciertas mujeres (no todas) que por un motivo u otro estuvieron vinculadas a José Artigas, ya por la sangre, ya por la pasión amorosa, por la atracción física, por la costumbre, y también por la amenaza cotidiana de una muerte demasiado cercana o previsible. En mi segunda novela, La tierra alucinada: memorias de una china cuartelera, el asunto crucial deja de ser el amor y el argumento se centra más bien en la exploración de la polémica formación del Estado oriental. En mi tercer libro, los cuentos A bala, sable o desgracias, la cuestión se centra en la muerte, y no el amor, que recién retomo a través de dos libros de ensayo literario: el primero fue Seguirte el vuelo: amores y desamores de la historia uruguaya, y el segundo lleva el título de Te acordarás de mí. La prolija descripción que antecede tiene el propósito de mostrar al lector a través de un simple ejemplo personal que, en el fondo, hay de todo cuando de escritura y de sentimientos humanos se trata. Es que los vínculos entre la literatura, el amor y la historia –así, en ese orden– representan verdaderos canales subterráneos, pasadizos secretos que conducen a sorpresivos ramales de conexión. Las comprensiones sobre los asuntos humanos (hablo de la búsqueda de significados) son el campo de trabajo por excelencia de la literatura, y entre tales asuntos, el amor y el desamor ocupan un sitial importante. Desde los remotos tiempos de Homero hasta nuestros días, la trama fundamental de toda narración humana ha pasado por ahí. La Ilíada, cuyo tema central es la guerra de Troya, nos dice que el motivo último de la famosa contienda fue un vulgar despecho amoroso: el rapto de la espartana Helena por el troyano Paris y la venganza del marido de esta, el aqueo Menelao, a la que se sumaron, por causas de ventaja y de oportunidad, casi todos los reyes y nobles de Micenas, Tirinto y alrededores. La Odisea, que gira en torno a la aventura, los miedos, la curiosidad, el ingenio y el capricho divino, posee no obstante un hilo conductor fundamental: las tribulaciones de Odiseo o Ulises, que anhela volver a su patria, y la espera paciente de Penélope, asediada por un tropel de pretendientes que se dedican a acosarla y a celebrar interminables banquetes de toros, carneros y pollos a costa de su hacienda. Entre las grandes novelas de amor (y desamor) de la historia, podría mencionar algunas que me tocaron de manera especial: Rojo y Negro, de Stendhal; Cumbres Borrascosas, de Emily Bronté; El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald; Memorial del convento, de José Saramago, o El amor en los tiempos del cólera, entre otras. Hay además toda una tierra intermedia, en la que abundan los documentos, las memorias, las cartas y hasta las anécdotas; se trata de una región colocada a medias entre la biografía, el testimonio, el ensayo y la crónica, de la que también suele nutrirse la literatura. Por estos días se ha editado un libro denominado Cartas de amor de músicos, de K. Pahlen, con 300 cartas de amor de famosos compositores entre los que se encuentran Mozart y Beethoven. Algunos de los testimonios son de una intimidad casi candorosa que deviene, sin embargo, en particular tragedia. Es el caso de Enrique Granados, que murió junto a su esposa Amparo Gal en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, cuando un submarino alemán torpedeó el barco que los traía de Nueva York. Beethoven fue uno de los más apasionados y agitados, en consonancia con su peculiar estilo creador. Una de las cartas que dirige a su famosa (y anónima) “amada inmortal”, dice: “Mi ángel, mi todo, mi yo: Hoy sólo unas pocas palabras y con lápiz (el tuyo)… El pecho está pletórico, deseoso de decirte tanto. Ay, hay momentos en que encuentro que el lenguaje es demasiado pobre. Alégrate; sigues siendo mi más fiel, mi único tesoro… el resto de lo que deberá ocurrir con nosotros lo decidirán los dioses. Tu fiel Ludwig. 6 de julio por la mañana”. Si este material de realidad dura y pura puede o no puede ser tomado por la literatura, es una pregunta de respuesta imposible, por redundante y por absurda. A la literatura como producción (o sea, al acto liso y llano de la escritura) no le importa ni le ha importado jamás ningún obstáculo o impedimento basado en las supuestas fronteras académicas, ninguna circunstancia o “chacra” disciplinar, ningún prurito, celo o competencia de corte intelectual entre quienes se dedican a crear y a delinear territorios de contexto científico en el vasto campo de los estudios sociales. La literatura, que no pertenece a tales dimensiones, trabaja con la vida misma, se sumerge en ella, se ensucia, se contamina y se redime junto a ella. Y si toma recursos de la historia, si se detiene en nombres y en acontecimientos reales, es precisamente porque se nutre de la vida, en una suerte de círculo fundante que tiende, más de una vez, a dejar sembrada la semilla de nuevas e inquietantes preguntas. Cuando William Shakespeare escribió Romeo y Julieta, tomó la historia de una sucesión de casos trágicos que se remontan a la antigüedad, y que ya habían sido objeto de diversas narraciones cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Lo mismo ocurre con otras coyunturas y temas de la historia, como por ejemplo con Anna Karenina de Tolstoi, inspirada en un romance que el mismo escritor presenció, en los avatares de la aristocracia rusa. Cuando Gabriel García Márquez escribió El general en su laberinto, tuvo que leer varios libros de historia y pisar más de un sitio en donde residió, soñó y padeció Simón Bolívar en compañía de la aguerrida Manuelita Sáenz. Alejo Carpentier, en su novela El arpa y la sombra, sobre Cristóbal Colón, da por buenos y verdaderos los amores de este con la propia Isabel de Castilla. Es que cuando se trata de los vínculos entre el amor, la historia y la literatura, se está hablando de esos canales subterráneos en donde abrevan por igual la razón, la intuición y el pensamiento creador, que encuentra cada día nuevos motivos para entrelazar los hilos de la existencia humana, de su comedia, de su tragedia y de su cotidiana resurrección.

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