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Enrique Piñeyro | Sodre | teatro

Teatro

La vida multifacética de Enrique Piñeyro: "Me estoy haciendo cargo del niño que fui"

Enrique Piñeyro presenta Volar es humano, aterrizar es divino en el Sodre, una obra inmersiva que condensa humor, aviación y reflexión social

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La innovadora puesta en escena incluye la recreación de una cabina en escala real de un Boeing 707 y un juego de proyecciones envolventes de alta resolución que sumergen al espectador en una experiencia inmersiva donde teatro y cine se fusionan.

Piñeyro propone a la aviación como modelo a seguir para evitar el caos y la improvisación en la política, la salud, la educación, los medios, la justicia y el mundo en el que vivimos. Porque el verdadero peligro no está en volar, sino en la superficie.

En diálogo con Caras y Caretas, habló de su vínculo con Uruguay, el detrás de escena de su unipersonal y su labor en zonas de conflicto.

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Enrique Piñeyro presenta Volar es humano, aterrizar es divino en el Sodre

Enrique Piñeyro presenta Volar es humano, aterrizar es divino en el Sodre

—¿Qué significa para vos, volver a Uruguay, con este espectáculo?

—Uruguay me encanta. Tenemos una casita cerca de Maldonado. Esta es la primera vez que vengo con el show y me genera muchas expectativas. El teatro es increíble, tiene más butacas que uruguayos, creo (ríe). Cuando las vi dije: “¿Quién va a venir?”. Pero se vendió súper bien. Hay mucha expectativa, y además ya hubo gente uruguaya que fue a verlo a Buenos Aires.

—¿Cómo resumirías el espíritu de la unipersonal?

—La obra es una mirada aeronáutica sobre el mundo en tierra. A partir de eso, muchas de nuestras conductas se vuelven ridículas. Por ejemplo, vas por la ruta y hay un cartel que dice “cruce peligrosísimo”, y lo tomamos como normal. Pero yo no aterrizaría en una pista con un cartel que diga eso. Cuando empezás a comparar lo que hacemos en los aviones con lo que hacemos en superficie, aparecen situaciones graciosas y absurdas. También comparo la forma en que se comunica en la aviación con cómo se comunican los políticos… ¡Menor ni hablar!

—¿El contenido surge de tu experiencia personal?

—Totalmente. Desde los alfajores de mi infancia hasta situaciones como despegar de una tormenta de nieve en Nueva York y aterrizar en Baréin con 43 grados, llevando refugiadas afganas a Roma. O hacer un vuelo de Seúl a Buenos Aires en 20 horas y 19 minutos, con dos atardeceres y un amanecer. Todo eso se cristaliza en imágenes inmersivas que buscan que el público se sienta parte del viaje. El teatro se funde con la tecnología y se potencia”

—¿Cómo es la puesta en escena? ¿Tuviste desafíos técnicos?

—Sí, varios. Al principio rompíamos el piso de todos los teatros. El primer simulador pesaba dos toneladas. En el Maipo tuvimos que desarmar todas las puertas para entrar. Aprendimos con el tiempo, ahora usamos uno de 400 kilos y aprovechamos los laterales. El teatro sigue siendo una caja acogedora, pero lugares como el Sodre te permiten entrar casi con un camión al escenario. La experiencia inmersiva convive muy bien con espacios modernos y tecnológicos, aunque hay teatros que tuvimos que descartar por falta de infraestructura. En Punta del Este, por ejemplo, no encontramos aún un lugar adecuado.

—¿Qué pensás de esta hibridación entre lo teatral y lo tecnológico?

—Creo que es una evolución natural. El teatro se fue fundiendo con las nuevas tecnologías, las proyecciones, el video. La experiencia inmersiva forma parte ya del lenguaje escénico. Pero siempre lo importante es lo que se quiere contar.

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—Tenés un recorrido multifacético: actor, director, comandante, médico, cocinero… ¿Cómo compaginás todo eso?

—Soy un polígamo laboral, lo admito (ríe). Muchas cosas me despiertan curiosidad. De algún modo sigo haciendo lo que hacía a los seis años: jugaba con aviones, cocinaba porque mi familia era bastante desastrosa en ese rubro… Mi madre decía que era una gran cocinera y nunca había puesto una pava. Cuando hice mi primer huevo frito fue alquimia pura. Aún tengo esa sartencita colgada. También actuaba desde chico, desde primer grado hasta quinto año. Lo que hago hoy es una continuación de esos juegos: antes jugaba con un avión y hacía el ruidito; hoy muevo los aceleradores y el avión lo hace por mí.

—También desarrollás una fuerte labor humanitaria. ¿Podés contarnos más?

—Con mi mujer fundamos Solidaire, una ONG autofinanciada: no aceptamos donaciones ni públicas ni privadas. Operamos con nuestro avión y barco. Rescatamos migrantes en el Mediterráneo o llevamos ayuda humanitaria a lugares como Port Sudán. Con el avión transportamos civiles desplazados por conflictos. En Gaza hicimos dos envíos, el tercero fue bloqueado. Es la primera vez que veo una guerra con el paso de ayuda humanitaria cerrado. Es una crueldad bestial.

—¿Qué opinión tenés sobre la situación actual en Gaza?

—Es una atrocidad monstruosa. Nosotros siempre vamos a estar del lado de la población civil, sea la que sea. Cuando comenzaron los ataques de Hamas, el embajador israelí en Buenos Aires nos pidió evacuar a 200 chicos que estaban en Tel Aviv, pero luego no nos dejaron entrar. Después, cuando las víctimas eran palestinas, intentamos entrar a Gaza, hicimos dos entregas y el tercero nos lo bloquearon. Condenar los crímenes de Hamas no es ser islamofóbico. Condenar los crímenes del ejército israelí no es ser antisemita. Las etiquetas vienen rápido, pero lo que está pasando es una locura: mueren civiles mientras la ayuda está parada por decisiones políticas. Es brutal.

Volar es divino, aterrizar es humano se presenta el 20 de julio en la sala Adela Reta del Sodre.

Entradas disponibles en Tickantel, quedan pocos lugares.