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Líber Arce, liberarse

Por Alberto Grille.

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El 12 de agosto de 1968 dispararon un balazo a Líber Arce. Le tiraron un tiro y la bala de una pistola Tala calibre 22 le atravesó la pierna ingresando por la raíz del muslo y seccionando la arteria femoral. El disparo lo efectuó el oficial Enrique Tegiachi, procesado por homicidio, pocas horas después de la muerte, por quien fuera juez de Instrucción de primer turno, mi tío Antonio Grille. No sé dónde estaba en el momento del disparo ni cómo me enteré de aquella tragedia, pero recuerdo que al poco tiempo yo, que era delegado estudiantil en el Consejo Directivo de la Facultad de Medicina, estaba en la emergencia del Hospital de Clínicas. Allí me enteré de alguno de los pormenores de semejante horror: en qué lugar había ocurrido el hecho, que el mismo había sucedido en una manifestación de estudiantes de medicina, veterinaria, odontología y enfermería, en qué circunstancias le había disparado un policía de particular con su arma de reglamento, cómo lo habían recogido en un charco de sangre sus compañeros y cuántas dificultades habían tenido para trasladarlo a un centro hospitalario cercano, quiénes lo había visto ingresar desangrándose en la emergencia, qué profesionales lo habían recibido, qué anestesista intervenía en la operación que recién se iniciaba, que el cirujano que lo intervenía era el profesor Celso Silva. En verdad, sobre la seis de la tarde, teníamos la certeza de que el pronóstico era poco menos que ominoso. Recuerdo pocas cosas de ese largo  mediodía, es más, recuerdo que en las distintas alternativas que acompañan el tratamiento de una persona que llega en shock hipovolémico se fue la tarde hasta entrar la noche. Recuerdo que Tabaré González, quien muchos años después fuera director de ese mismo hospital universitario y también intendente frenteamplista de Montevideo, me pidió agitado que consiguiera un vehículo y fuera hasta un apartamento en la esquina de Colonia y 8 de Octubre, frente al túnel, para recoger unos frascos de factores de coagulación que guardaba en un refrigerador una familia muy conocida -Zabala Muniz-Garayalde-, en la que algunos varones padecían hemofilia. La verdad es que ese pedido de Tabaré, que era un joven anestesista, me dio mala espina, porque me pareció un gesto desesperado. Sin embargo, salimos disparados a buscar ese milagro que ya me parecía muy lejano. Cuando volvimos, algunos minutos después, Líber Arce, ese muchacho que, como dijera Rodney Arismendi en su discurso de despedida, tenía “nombre de consigna”, ya se debatía en el quirófano entre la vida y la muerte, víctima de una hemorragia que la cirugía apenas pudo contener. Las siguientes 48 horas fueron terriblemente dolorosas. Creo que se intentó una nueva intervención para, mediante un injerto, reparar la arteria dañada. Pero todo fue en vano y dos días después, el 14 de agosto, los estudiantes, los docentes y la Universidad toda llorábamos la muerte del estudiante que moría en la lucha por la enseñanza pública y la Universidad y que curiosamente era, además de estudiante, un obrero que trabajaba con sus padres en la feria. No recuerdo mucho más, ni la circunstancia en que nos dijeron que no había nada más que hacer, ni la hora en que nos comunicaron a quienes estábamos allí que Líber había muerto ni qué hice en el interminables lapso que separó ese momento del entierro que al día siguiente concentraría la multitud más grande que registrara la historia del país. Cuando hay un choque de trenes, hay mil historias que se cuentan entre los que lo ven y los que viajan en él y resultan ilesos. Cada uno tiene su punto de vista y lo relata o lo vive como lo cuenta, y en su relato no puede evitar su mirada personal de protagonista de la historia. Cincuenta años después, yo cuento lo que recuerdo y sé que hay muchas historias complementarias. Para mí, sólo tres gestos son imborrables: el llanto desesperado de su primo Julver, que inconsolable ocultaba sus lágrimas con las manos cubriendo el rostro; la cara apesadumbrada del decano de Medicina, Hermógenes Álvarez, que cuando le transmití la tragedia percibía el final de su querido Uruguay liberal batllista y el comienzo de uno neoliberal, autoritario y rosadito; y el momento del entierro, en esa tumba, bien adentro del Cementerio del Norte, enfrente de una escultura de un Cristo de Yepes que ya no está y a escasos 30 metros de donde descansan los restos de toda mi familia y donde reposa mi mamá, mi padre y mi querido hermano Cuco. Cuando al regresar del exilio fui con mis hijos a donde descansaba su abuelo, no pude evitar llevarlos a que vieran donde reposaba Líber Arce, el primer mártir estudiantil de la libertad, pero desgraciadamente no el último. Espero que siempre lo recuerden y nunca se pierdan. Porque no hay duda de que a ese lugar regresaremos alguna vez, vivos o muertos.  

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