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Editorial coronavirus | pandemia |

Lo primero es la vida

Por Leandro Grille.

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Caras y Caretas Diario

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Todas las noches, alrededor de las 20 horas, el gobierno brinda un parte de situación de la epidemia de coronavirus en Uruguay. Un reporte nos informa el número de casos confirmados, la cantidad de tests realizados en la jornada y cuántos de esos enfermos están internados en CTI o Cuidados Intermedios, es decir, graves. Lo que al principio pareció una serie arrolladora, que elevó el número de casos de los 4 primeros a casi 100 en menos de una semana, luego se convirtió en una serie estacionaria, suave, de crecimiento constante, agregándose cada jornada unos 20 casos nuevos, algunos días más y algunos días menos. La atípica progresión oficial de la epidemia ha funcionado como un estabilizador de los ánimos, un tranquilizante masivo y un juego para aficionados que buscan ajustar a ecuaciones empíricas la evolución de la epidemia.

¿Qué pasa en Uruguay con la temible Covid-19 que tantos estragos está haciendo en el mundo?

El olfato analítico, que influye sobre el estado de ánimo de todos y la percepción de peligro de la comunidad, suele trabajar con la regla de tres, la operación matemática más intuitiva del mundo. Por lo tanto, no tiene nada de extraño que una sucesión de informes oficiales, que siempre muestran más o menos 20 casos nuevos todas las noches, produzca la sensación de que podemos proyectar cuántos casos habrá dentro de tantos días, simplemente sumando 20 tantas veces como sea necesario. Y cualquiera que haya intentado ahorrar en su vida, se da cuenta que de 20 en 20 por día se demora muchísimo en llegar a los tres millones. Se demora, de hecho, más de 400 años. El único problema de este razonamiento es que las epidemias no funcionan así. Ni siquiera en un país convencido de su excepcionalidad.

Utilizo un ejemplo de la cotidianidad: una persona publica un chisme sobre un famoso en una red social. En el primer paso, algunos de sus amigos lo comparten. En el segundo paso, los comparten los amigos de los amigos del que lo publicó originalmente y en unos pocos pasos más, el chisme corre por toda la red, llega a WhatsApp, cruza fronteras, se propaga por todo el mundo. El contenido finalmente, se “viraliza”.  Pues bien, ese es el proceso típico de una epidemia viral que se contagia de persona a persona. Y no es lineal. Si lo fuera, los buenos videos y los chismes no se “viralizarían” y usaríamos otro término para calificar la dispersión. Algunos ingenuos pueden creer que si el contenido de audio o video en cuestión es compartido en un grupo de mucha confianza de WhatsApp, el video nunca saldrá de ahí, quedará confinado a los primeros contactos del que lo publica, pero, como ya sabemos todos, esa afirmación es mentira. La analogía se puede aplicar a este coronavirus y al casamiento al que fue Carmela. Algunos pueden creer que siguiendo a los que concurrieron a esa fiesta y a sus familias y conocidos, ya tengo al virus confinado como en grupo de WhatsApp cerrado. Pero no: también es falso.

Hace 100 años los epidemiólogos y los matemáticos dedicados a estudiar estos procesos complejos construyeron un modelo básico que permite predecir cómo funciona una epidemia. Es un modelo viejo con muchas derivaciones para casos particulares: por ejemplo, no es lo mismo una epidemia de un virus que se contagia entre las personas que la de un virus que se transmite por un vector, como el dengue, que requiere la intervención de una mosquita hematófaga. Hay modelos más realistas que deben incluir que nace gente y muere gente todos los días, afectando el tamaño de la población y el número de susceptibles, que existen vacunas para muchas cosas, que no todos los patógenos se contagian por la misma vía, ni de la misma forma ni con la misma eficiencia; que algunos requieren un tiempo de incubación antes de que el infectado pueda contagiar, entre muchos detalles que pueden operar en epidemias concretas. Pero el modelo básico es el mismo, se conoce y funciona. Siempre ha funcionado. Los modelos epidemiológicos han resistido la prueba del tiempo y, entre otras cosas, nos permiten conocer cuánta gente debe estar inmunizada para que un patógeno no se propague.

En ese modelo hay un parámetro que es fundamental: se llama número de reproducción y se refiere a la cantidad de personas que, en promedio, contagia cada infectado. Mientras ese valor es mayor que 1 -esto es, mientras cada persona que contraiga el virus se lo contagie promedialmente a más de una persona-, la epidemia sigue. La epidemia solo se detiene cuando ese valor cae por debajo de 1, es decir, cuando un montón de los infectados no infecten ellos mismos a alguien más. Ese valor, ese número de reproducción, depende fundamentalmente de dos cosas: el número de contactos susceptibles que tienen las personas infectadas y una cierta probabilidad de que en un contacto se produzca la infección. Sin detenernos en las cosas que afectan esa probabilidad, como las particularidades del virus o las conductas higiénicas de lavarse bien las manos o toser en el pliegue del codo, el lugar del proceso en que podemos intervenir decididamente es en el número de contactos de las personas. En términos ideales, si se lograra que ninguna persona se contactara con nadie durante el período en se puede producir el contagio, este virus simplemente desaparecería de la comunidad en 15 o 20 días, como mucho en el plazo que dura una infección antes de resolverse completamente. Pero ese aislamiento ideal, ese distanciamiento social ideal es, simplemente, imposible.

La pregunta que cabe es: ¿cuánto distanciamiento es posible? Y la respuesta a esta pregunta no proviene de ninguna ciencia, ni de la epidemiología, ni de la virología ni de la medicina. La respuesta a esta pregunta es afectiva, es cultural y es política. El mayor distanciamiento social posible es aquel que permita mantener objetivamente las labores indispensables para un tiempo necesariamente acotado, como la producción y distribución de alimentos, la atención sanitaria, la seguridad pública, entre otras tareas que hay que determinar; y, a la vez, el mayor distanciamiento tolerable por las personas, que no van a renunciar a estar en su núcleo más íntimo o a garantizar los medios mínimos para su sustento.

En Uruguay no hemos llegado al mayor distanciamiento social posible y como no lo hemos logrado, estamos jugando a la ruleta rusa con un virus que no va a tener consideración especial ni clemencia.   Es cierto que hay muchísima gente que se está quedando en sus casas, saliendo lo mínimo imprescindible. Pero hay muchísima gente, cientos de miles que tienen que salir todos los días y que no pueden quedarse en su hogares: deben salir a la calle, utilizar medios de transporte, trabajar en contacto con otras personas, deben salir a conquistar el pan. Y es ahí donde tiene que actuar el Estado. Esa es la decisión política fundamental que hay que tomar: un salario social mientras dure esta crisis sanitaria, para que todos los uruguayos que lo necesiten tengan garantizado su sustento y se puedan quedar en sus casas, sin arriesgar su salud, su vida, la de sus seres queridos y la de toda la sociedad. Es inadmisible que ante semejante amenaza a la vida humana, las cortas nociones de ahorro del gasto o la tibieza que impide recurrir a reservas o poner un impuesto a todo el que pueda pagarlo, venga de donde venga, provoque que tanta gente deba elegir entre la vida y el alimento, exponiéndose y exponiendo a la sociedad toda a una epidemia que no va a parar ante rezos, conjuros o talenteos. Solo la vamos a vencer si nos encomendamos a la responsabilidad humana y a la ciencia y actuamos en consecuencia, con solidaridad, con grandeza, como pueblo, como Estado, sin detenerse a medir costos que, frente a la vida, no significan nada.

 

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