Presiones indebidas
La coerción geoeconómica consiste en utilizar el poder económico para influir sobre las decisiones de otros países. En lugar de recurrir al conflicto militar, los Estados utilizan instrumentos como aranceles, sanciones financieras, restricciones al comercio o limitaciones al acceso a determinadas tecnologías para obtener objetivos políticos o estratégicos. La economía deja de ser solamente un espacio de intercambio para convertirse también en un instrumento de poder. Este fenómeno puede observarse en las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, en las sanciones económicas aplicadas a Rusia o en las restricciones a la exportación de tecnologías consideradas estratégicas. Esta conducta que cuando se trata de grandes potencias parece responder a una crisis global del dominio unilateral que se instaló luego de la desaparición de la Unión Soviética cobra una dimensión más global cuando se usa para presionar a potencias regionales, países de mediano porte e incluso a pequeños países sin grandes pretensiones de grandeza que hasta ahora sólo apostaban a sus ventajas competitivas para moverse en el comercio internacional.
Esto ha quedado en evidencia al menos discretamente cuando el ministro Gabriel Oddone o el secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, dicen sentirse presionados por la diplomacia norteamericana, cuando el ministro de Relaciones exteriores, Mario Lubetkin, balbucea cuando se habla de las tales presiones o cuando las más altas autoridades expresan que en las conversaciones con el secretario de Estado, Marco Rubio, o sus representantes, está en juego nuestra propia existencia o nuestro propio futuro como país.
Cuando la política desplaza a la eficiencia. Desde el punto de vista económico, la coerción geoeconómica tiene un costo. Las decisiones dejan de responder a criterios de eficiencia y pasan a estar condicionadas por objetivos políticos. Esto implica que las empresas ya no compran necesariamente donde es más barato o más eficiente, sino donde las reglas políticas lo permiten. Como consecuencia, se pierde productividad y aumentan los costos.
Menos comercio, menos crecimiento. Una de las primeras consecuencias es la reducción del comercio internacional. Cuando un país impone aranceles o prohíbe determinadas importaciones, limita el acceso a productos que podrían ser más baratos, de mejor calidad o más eficientes. Al mismo tiempo, cuando restringe sus propias exportaciones o enfrenta represalias comerciales, las empresas pierden mercados donde podían vender sus productos de forma competitiva. El resultado suele ser una menor actividad económica y menores oportunidades de crecimiento.
Se debilitan las ventajas comparativas. Uno de los principios fundamentales de la economía internacional es que cada país debe especializarse en aquello que produce mejor. La coerción geoeconómica rompe parcialmente esa lógica. Los países comienzan a producir internamente bienes que antes importaban de forma más eficiente o buscan proveedores menos competitivos simplemente por razones estratégicas. Si bien esto puede fortalecer determinados objetivos de seguridad nacional, normalmente implica mayores costos para consumidores y empresas.
Otro efecto importante aparece en las cadenas globales de valor. Las empresas deben modificar proveedores, rediseñar procesos productivos, buscar nuevos mercados y adaptarse a regulaciones cada vez más complejas. Todo ello implica mayores costos administrativos, logísticos y financieros. En muchos casos, esos costos terminan trasladándose al precio final que pagan consumidores y empresas.
Más incertidumbre
Los mercados funcionan mejor cuando las reglas son previsibles. Cuando las restricciones comerciales dependen de decisiones políticas que pueden cambiar rápidamente, aumenta la incertidumbre. Las empresas postergan inversiones, modifican estrategias o buscan reducir riesgos, afectando el crecimiento económico. La previsibilidad, uno de los principales activos para atraer inversiones, se debilita.
La respuesta de los países. La coerción geoeconómica tampoco garantiza que el país que la aplica mantenga su influencia. Con frecuencia ocurre el efecto contrario. Los países afectados buscan nuevos socios comerciales, diversifican mercados, desarrollan proveedores alternativos o fortalecen alianzas regionales. En el mediano plazo, esto puede reducir la dependencia del país que ejerce la presión y disminuir su capacidad de influencia futura.
Para un país pequeño y abierto como Uruguay, estas transformaciones tienen especial importancia. La economía uruguaya depende en buena medida del comercio internacional, de la estabilidad de las reglas y del acceso a múltiples mercados. Cuando el escenario internacional se fragmenta y las decisiones económicas responden cada vez más a disputas geopolíticas, aumentan los desafíos para países que necesitan mantener relaciones comerciales diversas y previsibles.
Al mismo tiempo, este contexto obliga a fortalecer el concepto de soberanía, el derecho a adoptar decisiones con independencia, al fortalecer nuestras defensas y el patriotismo de nuestras fuerzas armadas, a identificar y aislar políticamente a quiénes procuran ser cómplices de éstas políticas de dominación a desarrollar la inteligencia estratégica del país, diversificar mercados, ampliar acuerdos comerciales y desarrollar capacidades para adaptarse rápidamente a un entorno internacional cada vez más cambiante.
Para comprender un nuevo escenario hay que entender que la coerción geoeconómica representa uno de los cambios más importantes de la economía internacional de los últimos años y que hay que imaginar, diseñar y gestionar contramedidas para protegernos de estas presiones, minimizar nuestros defectos y potenciar nuestra virtudes.
La geopolítica del caos y la coerción geoeconómica no significan el fin de la globalización y el multilateralismo, pero sí una transformación de sus reglas.
La economía y la geopolítica aparecen hoy mucho más integradas que en décadas anteriores. Comprender esta realidad resulta fundamental para gobiernos, empresas e inversores, ya que las decisiones económicas ya no dependen únicamente de los mercados, sino también de factores políticos y estratégicos.
Para Uruguay, entender este fenómeno es una necesidad en la que hay que abrir los ojos sin dogmatismos. Para satisfacer nuestras aspiraciones y procurar nuestros propósitos hay que ser creativos, inteligentes y, sobre todo, valientes. Anticipar riesgos, identificar oportunidades y fortalecer la capacidad de adaptación será clave para mantener la competitividad y aprovechar las oportunidades que seguirán existiendo en un mundo cada vez más complejo e incierto en donde además de ser pragmático hay que saber defender y sostener los principios, y tener presente el perímetro de las líneas rojas que no debemos cruzar.
Como siempre, para hacerlo hay que apretujarse con la gente y sin tenerle miedo a lo que piense el pasajero de la fila 33.