Justamente ayer el flamante ministro de Relaciones Exteriores de Argentina, también un ex JP Morgan —como todo el “alto mando” de la economía argentina—, concedió a mi amigo “Lito”, nuestro canciller Mario Lubetkin, el “beneplácito” para seguir adelante con el proyecto de hidrogeno verde en Paysandú, sin antes advertir sobre la necesidad de “extremar los recaudos” ambientales.
Mientras caía sobre las espaldas de Lubetkin defender la agenda de desarrollo económico nacional frente al poder real —que luego de tres décadas logró instalarse nuevamente en el palacio San Martín—, el ministro de Economía Gabriel Oddone ensayaba en España sus dotes diplomáticas, intentando ponerle barniz a la ya inocultable —y a esta altura escandalosa— estafa perpetrada por el astillero Cardama al Estado uruguayo.
Estafa que obviamente necesitó de la participación muy probablemente dolosa de las más altas autoridades del gobierno anterior, “uséase”, el exministro Javier García, el exsubsecretario Rivera Elgue, e inobjetablemente del expresidente de la República, Luis Lacalle Pou, que como los huevos duros y las milanesas asiste a todos los “picnics”, sobre todo si hay “premio”.
Oddone el intercolutor
Volviendo a Gabriel Oddone y sus generosos ofrecimientos a intervenir en las negociaciones, lo de Cardama no fue ni es la primera vez. Ya se ofreció para negociar entre los Gobiernos de Argentina y Brasil, en virtud de su excelente relacionamiento con el “alto mando” económico argentino. Léase, JP Morgan.
Quizás sus buenos oficios sean útiles para que la banca Morgan contribuya a financiar la vivienda social que parece más urgente y necesaria que el llamado “sistema de transporte metropolitano”, que claramente no ayudará siquiera a disimular la gran tragedia nacional que es la infantilización de la pobreza para la que por ahora no disponemos de ningún proyecto que permita avizorar una solución verdadera, abarcativa y global. Ojo al piojo, ninguno no, porque está en el orden del día del debate nacional la idea del impuesto del 1 % a los más ricos que ha propuesto el PIT-CNT y que Oddone y Vallcorba han desechado porque no entran en los planes de este Gobierno. Porque el “perímetro y la regla fiscal” lo tienen encadenado con cuatro grilletes en pies y manos como para evitar cualquier gesto de nobleza ciudadana.
Para ser sinceros, tuvimos que esperar a que la OCDE nos lo indicara para imponer el impuesto a la renta global. Algo similar ocurre con las exenciones tributarias, llamadas técnicamente como “costo fiscal”.
Desde hace al menos cinco años que desde varios rincones del poder político y económico nacional se viene alertando por un sistema que ha logrado perforar la recaudación en forma regresiva en favor de multinacionales e importadores, en detrimento de las pequeñas y medianas empresas, que si no pagan todos los impuestos son raudamente amonestadas por la DGI. En la antípodas ideológicas, el “Turco” Eduardo Ache se aburrió de decir que había que revisar las renuncias impositivas que se estaban dando generosamente a las grandes empresas, incluyendo a transnacionales poderosas sin contrapartidas adecuadas y privilegiándolas sobre las medianas y pequeñas empresas.
Pero tuvo que venir el FMI a decirlo, para que ahora el MEF lo considere “seriamente”, para tristeza del enjambre de consultores que cobran fortunas por “carpetear” exenciones en la COMAP.
A esta altura de los acontecimientos debemos admitir que nos encontramos un poco perdidos. Esperábamos la aplicación mesurada de una agenda progresista que apuntara al desarrollo nacional. Pero lo que vemos con consternación es que no sólo nos hemos quedado atrapados en una agenda globalista en su “versión occidental”, sino que daría la impresión de que para plantear cualquier cosa es necesario recibir una guiñada de un organismo internacional firmemente ubicado en alguna de las capitales del “mundo basado en reglas”.
Es más, desde el Ministerio de Relaciones Exteriores nos hablan de una “agenda de paz” de la Comunidad Europea, ignorando el belicismo instalado en la mediocre elite gobernante europea que hoy es un factor de desestabilización que pone al mundo al borde de la conflagración nuclear.
Como no logro curarme de espanto, debo reconocer que metí la pata una, dos y tres veces. Dentro de todo lo que vemos, Tolosa no era tan malo.
En este sombrío panorama blindado de cualquier ambición de desarrollo mínimamente independiente, vimos como una esperanza en el horizonte las expresiones de Guillermo Tolosa, presidente del BCU, y a quien muchas veces hemos criticado desde estas páginas.
Tal vez Tolosa fuera un poco soberbio en sus habituales declaraciones, almuerzos y conferencias, pero si fuera cierto lo de la disonancia cognitiva no me sorprendería más de lo que estoy.
Si leemos bien el impulso que Tolosa le está dando a la desdolarización, notaremos que esto va a contrapelo de todas las medidas globalistas que emanan del Ministerio de Economía. Al lado de la Argentina, que hace todos los esfuerzos para convertirse en una colonia del sistema financiero estadounidense, lo de Tolosa es una patriada. Y que lo proponga alguien formado en la cuna de las finanzas mundiales, aunque lo hizo en Transilvania, la tierra de Drácula, vale más aún todavía. Tolosa podría haber tomado el rumbo de sus colegas en Argentina, pero eligió a motus propio el camino de ayudar a fortalecer el uso de nuestra moneda y anunciar a la opinión pública, y sobre todo a los actores económicos, que el dólar está dejando de ser la moneda confiable en la que todos creíamos y que de la mano del multilateralismo surge una nueva economía en donde dejan de regir las reglas salidas de Bretton Woods.
Tal vez Tolosa no sea tan explícito, pero a buen entendedor pocas palabras bastan.
La historia dirá. Mientras tanto nos proponen sentarnos a esperar a que algún organismo internacional se exprese favorablemente al impuesto del 1 % a los más ricos. Porque si los que generan más patrimonio no pueden pagar más impuestos, o directamente se los exime de pagar vía COMAP, ¿qué ruta nos queda?, ¿la de endeudarnos con el FMI o con JP Morgan?
No seamos ilusos, esto es una gran calesita que la terminan pagando las familias con las infames tasas de interés que pagan para llegar a fin de mes. Estamos jugando con la realidad mientras tratamos de comprender lo que nos dice Yamandú cuando nos reitera que no lo tiene claro y que es una cosa o todo lo contrario