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los desafíos de la época

¿Qué le espera al capitalismo: reinvención o gobierno autoritario?

Existe un largo debate entre los historiadores económicos sobre cuándo comienza realmente el capitalismo moderno, pero Cassidy eligió el año 1770.

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En “El capitalismo y sus críticos”, el columnista del New Yorker John Cassidy da vida a aquellos personajes que alertaron sobre el poder monopolístico, la desigualdad, el peligro medioambiental y el autoritarismo, fuerzas que siguen actuando hoy en día. Comenta su libro en entrevista con Lynn Parramore, del Institute for New Economic Thinking (INET)

Lynn Parramore (*)

En un momento en que el capitalismo se enfrenta a nuevos desafíos -desde el autoritarismo hasta las tecnologías que cambian nuestra forma de vivir-, el libro “El capitalismo y sus críticos: Una historia desde la Revolución Industrial hasta la IA”, del escritor John Cassidy, ofrece un oportuno análisis de los pensadores que han desafiado al sistema durante siglos. Desde los monopolistas del siglo XVII hasta los gigantes tecnológicos actuales y las conmociones de la IA, Cassidy recorre una larga tradición de voces que alertan sobre la desigualdad, el poder incontrolado y la erosión de la democracia. Las cuestiones que acechan nuestra época -acerca de las élites, los monopolios, la globalización y el creciente autoritarismo- no son nuevas, pero parecen más urgentes que nunca.

Su libro recurre a un amplio abanico de autores, desde iconos como Smith, Marx y Polanyi hasta figuras olvidadas como William Thompson y Flora Tristan (abuela del pintor Paul Gauguin), pasando por críticos modernos de la talla de Joan Robinson, Micha Kalecki y Paul Sweezy. A través de los siglos, sus advertencias resuenan: el capitalismo promete progreso, pero con frecuencia trae inestabilidad, desigualdad y desasosiego. En la siguiente conversación con el Institute for New Economic Thinking, Cassidy explica cómo el capitalismo no sólo da forma a la economía, sino también a la política, los valores y el sentido de la humanidad. Su libro plantea una cuestión apremiante: ¿podremos reformar el sistema antes de que acabe con los ideales democráticos que en su día ayudó a construir?

Existe un largo debate entre los historiadores económicos sobre cuándo comienza realmente el capitalismo moderno, pero Cassidy eligió el año 1770, que marcó el inicio aproximado de la Revolución Industrial. También fue un momento en que el capitalismo mercantil británico, precursor del capitalismo industrial había entrado en crisis, y la poderosa Compañía de las Indias Orientales se encontraba al borde de la quiebra.

LP: Si nos remontamos al siglo XVIII, mucho antes de Marx o Keynes, ¿qué cuestiones planteaban los primeros críticos que aún hoy nos resultan familiares o siguen sin resolverse?

JC: Hay muchos. Empiezo el libro con el capitalismo mercantil, o capitalismo colonial, podríamos llamarlo. Esta modalidad de capitalismo se basaba no sólo en la explotación colonial, sino también en monopolios sancionados por el Estado. El primer crítico que elegí es William Bolts, un denunciante de la Compañía de las Indias Orientales, a la que la reina Isabel I concedió el monopolio del comercio al este del Cabo de Buena Esperanza -esencialmente toda Asia- en 1600. Se había convertido en una corporación multinacional, sólo rivalizada por la Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

Estas eran corporaciones comerciales cuyo principal objetivo era enriquecer a sus empleados y accionistas. En la India, la Compañía Británica de las Indias Orientales utilizaba su poder de monopolio para malpagar a los productores locales (en términos modernos, tenía poder de monopsonio). Y luego, cuando transportaba las mercancías -como algodón, té y especias- de vuelta a Gran Bretaña, también se beneficiaba de ser el único importador.

No es un hecho generalmente reconocido, pero el propio Adam Smith fue un feroz crítico de este tipo de capitalismo monopolista. Cuando escribió “La riqueza de las naciones”, publicado en 1776, pretendía que fuera una crítica del capitalismo mercantil. La gente piensa en Smith como un defensor del capitalismo, pero en mi libro aparece como un crítico, especialmente de los monopolios. Tiene pasajes famosos en los que critica a los empresarios individuales, diciendo que si se reúnen más de dos o tres durante más de diez minutos, la conversación gira inevitablemente en torno al alza de precios y la explotación de los consumidores.

Así pues, Smith no defendía el capitalismo per se; defendía la competencia. Detestaba los monopolios como la Compañía de las Indias Orientales y los criticó duramente en su obra La riqueza de las naciones. Hoy, por supuesto, vivimos en un mundo en el que el capitalismo monopolista ha regresado, si es que alguna vez se había ido. Lo observamos sobre todo en la industria tecnológica, pero también en otros sectores de la economía. Por ejemplo, fijémonos en las concentraciones de capital privado en lo que solían ser industrias competitivas, incluso pequeñas empresas como veterinarias y consultorios médicos.

A partir de Smith, muchos críticos del capitalismo se han centrado en el poder monopolístico. En este libro, escribo sobre John Hobson, el liberal de izquierdas británico; Rosa Luxemburgo, la revolucionaria polaco-alemana; y Vladimir Lenin. Todos ellos fueron críticos del capitalismo monopolista, que, en su opinión, combinaba monopolios e imperialismo. En época más reciente, también la keynesiana de izquierdas Joan Robinson. Básicamente, casi todos los críticos importantes -de izquierdas o de derechas- han señalado este aspecto del capitalismo, y creo que la mayoría de los no economistas están de acuerdo con ellos. En Silicon Valley, los monopolios se ven a veces como una “justa recompensa” a la innovación, pero la mayoría de la gente los considera perjudiciales.

Otro tema que recorre el libro es la globalización. La gente cree que es algo nuevo, pero el capitalismo mercantil también era un sistema global. La Compañía de las Indias Orientales era una multinacional global con sede en Londres, que emitía órdenes a trabajadores de Indonesia e India. El comercio transatlántico de esclavos, que fue una de las principales características del capitalismo colonial, conectaba tres continentes. Cito a la historiadora Joyce Appleby, que dijo que las plantaciones tropicales eran esencialmente “fábricas en los campos”. Representaban la producción en masa -en relación con su época-, con cientos de personas esclavizadas produciendo bienes para la exportación.

LP: Usted menciona qué en 1829, Thomas Carlyle describió su época como la “Era Mecánica”, haciendo referencia a cómo las rutinas industriales y el pensamiento mecánico estaban remodelando la vida. Si tuviera que nombrar la era en la que estamos ahora, ¿cómo la llamaría? ¿Cuál sería su lógica?

JC: Bueno, esto no es muy original, pero creo que habría que decir que nos estamos convirtiendo en la Era de los Datos y la IA. Por supuesto, hay mucho bombo y platillo en torno a la IA, y las empresas que están detrás de ella tienen un gran interés en decir que lo cambiará todo. Pero incluso los economistas más escépticos reconocen que estamos entrando en una nueva revolución industrial: la tercera, cuarta o quinta, según se lo mire.

Por supuesto, ya es realmente la Era del Microchip, que comenzó en la década de 1980. Pero ahora estamos en una segunda fase en la que la potencia de cálculo es tan inmensa que está permitiendo esta revolución de los datos y la IA. El principal avance no es intelectual -las redes neuronales que sustentan los nuevos modelos de IA no son particularmente nuevas-, sino la computación de fuerza bruta y la disponibilidad de enormes cantidades de datos. En conjunto, estos factores son transformacionales, tal vez comparables a la energía de vapor o la electrificación.

Otro de mis sujetos, Nikolai Kondratiev, un economista ruso de principios del siglo XX, sostenía que el capitalismo evolucionaba en “largas oleadas” impulsadas por la innovación tecnológica y la inversión. En estos momentos, parece que estamos entrando en una nueva oleada Kondratiev, ya veremos si para bien o para mal.

LP: Carlyle hablaba de cómo la mecanización asociada al capitalismo cambió significativamente la vida humana. Cree que esta revolución de los datos y la inteligencia artificial está transformando profundamente la existencia humana?

JC: Sí, creo que es un punto muy importante. La mayor parte de mi libro se centra en la economía y la política. Pero los primeros críticos como Carlyle -y por supuesto Marx, en sus escritos sobre la alienación- siempre han argumentado que el capitalismo afecta a nuestra humanidad. Incluso antes de Carlyle, los llamados socialistas utópicos, sobre los que también escribo, hacían hincapié en los aspectos deshumanizadores de la industrialización y el sistema fabril. Antes, la mayoría de los obreros trabajaban en pequeños talleres o en casa. Ahora, en ciudades como Manchester, se veían obligados a trabajar en estas “fábricas oscuras y satánicas”, según la famosa frase de Blake. Las condiciones eran opresivas: horarios prolongados, trabajo infantil, supervisión estricta. Incluso conservadores como Carlyle lo consideraban inhumano.

Si avanzamos 200 años en el tiempo, los paralelismos son evidentes. Por ejemplo, el “capitalismo de la vigilancia” posibilitado por la tecnología da a los empresarios el poder de controlar a los trabajadores las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Piense en los camioneros con GPS en sus cabinas: ni siquiera pueden tomarse un descanso sin que los rastreen. La IA amplía estas posibilidades. Aún no sabemos cómo afectará al comportamiento humano, pero si llegamos a un punto en el que las máquinas sean realmente más inteligentes que nosotros -y estén controladas por empresas con ánimo de lucro-, será un acontecimiento revolucionario.

LP: ¿En el sentido de que nos degrada?

JC: Exacto. Y no quiero parecer alarmista, pero una economía impulsada por la inteligencia artificial parece una perspectiva cada vez más realista. Incluso algunos economistas académicos están dando la voz de alarma. Hace unos años, en general eran optimistas, diría yo. Consideraban la IA como otra herramienta productiva, algo que aumentaría la productividad y los salarios, aunque con algunos trastornos durante la transición. Pero a principios de este año, cuando trabajaba en un artículo para The New Yorker, descubrí que el ambiente había cambiado y que algunos destacados economistas se centraban en un escenario más oscuro en el que la IA se convierte en un sustituto más que en un complemento de la mano de obra humana. Esto implica un desplazamiento masivo de puestos de trabajo, lo que, una vez más, recuerda a la primera revolución industrial. Por supuesto, muchos economistas siguen sosteniendo que los puestos de trabajo perdidos acabarán siendo sustituidos por otros nuevos, sólo que aún no sabemos cuáles son. Quizá tengan razón. Lo sabremos dentro de 10 ó 20 años. Pero incluso si se adopta una visión optimista, parece que va a haber una enorme perturbación.

LP: El economista William Lazonick y otros críticos con el capitalismo salvaje nos alertan contra el supuesto de que las pérdidas masivas de empleo derivadas de los avances tecnológicos son inevitables, tanto porque la historia demuestra lo contrario como porque ese argumento se ha utilizado para disciplinar a los trabajadores.

JC: Creo que es cierto. Si nos fijamos en la historia, la Revolución Industrial eliminó muchos empleos artesanales, pero también creó un gran número de puestos de trabajo industrial. Más recientemente, la automatización y la globalización han eliminado muchos empleos en fábricas, pero la economía de servicios se ha expandido enormemente. Hoy en día, aproximadamente el 80% de nuestra economía se basa en los servicios. Pero también se puede dar la vuelta a este argumento. Si la IA se dirige principalmente al sector servicios -lo que parece ser cierto-, entonces está golpeando el corazón de la economía post-industrial.

LP: Usted dedica un capítulo al economista austrohúngaro Karl Polanyi, cuyo análisis del ascenso del autoritarismo en Austria incluía la creencia de que el capitalismo descontrolado conduce inevitablemente al socialismo o al fascismo. ¿Es relevante esta idea en la actualidad?

JC: Cuando escribo sobre el periodo de entreguerras, me centro mucho en Keynes y Polanyi. Yo provengo de la tradición keynesiana británica, que -simplificando un poco- sostenía que si se mantenía la demanda agregada, el pleno empleo y una sólida red de seguridad social, el capitalismo funcionaría bastante bien. Si se añade a esto la regulación del sector financiero, como ocurría en el sistema de Bretton Woods, se obtiene un marco estable. Y ese enfoque funcionó muy bien durante unos 30 años después de 1945.

Polanyi, como usted ha mencionado, tenía una visión más oscura de las cosas. Él surgió del experimento socialista de la Viena de los años veinte, la «Viena roja», que proporcionaba a sus habitantes viviendas sociales, educación y atención sanitaria. Era el socialismo municipal en acción, y atrajo a progresistas de todo el mundo. Pero a principios de la década de 1930, el fascismo llegó al poder en Alemania y se extendió rápidamente a Austria. Polanyi, que era judío, huyó de Austria; algunos miembros de su familia no lograron escapar y perecieron en el Holocausto. Esa trágica historia marcó profundamente su visión del mundo.

En la década de 1930, Polanyi publicó una serie de ensayos en los que sostenía que el capitalismo y la democracia eran, en última instancia, incompatibles. Creía que el capitalismo creaba contradicciones y tensiones internas que acabarían destruyendo los sistemas democráticos liberales, dejando sólo el fascismo o el socialismo como alternativas viables. Cuando empecé a estudiar economía hace 40 años, esa visión se había desvanecido en gran medida. Se daba por sentado que el capitalismo y la democracia podían coexistir, con algunas tensiones, pero fundamentalmente eran compatibles. Sin embargo, con el reciente auge del autoritarismo de derechas y del capitalismo, los argumentos escépticos de Polanyi han cobrado mucha más relevancia.

Más adelante, Polanyi se volvió un poco más optimista. Admiraba el New Deal y a Roosevelt, y al principio apoyó al gobierno laborista británico de posguerra, que fundó el Estado del bienestar y nacionalizó algunas grandes empresas. Pero el inicio de la Guerra Fría volvió a Polanyi más pesimista; la veía como otra forma de autoritarismo.

De modo que, aunque Keynes fue el pensador dominante de mediados de siglo, creo que Polanyi merece ser reconocido junto a él. El keynesianismo -sobre todo el estadounidense- no se ocupó mucho de la economía política, y esa es una omisión importante. En los años cuarenta, otros dos de mis sujetos -el economista polaco Micha Kalecki y el marxista estadounidense Paul Sweezy- criticaron la visión keynesiana original por este motivo. Lo que las últimas décadas nos han enseñado es que la economía política es fundamental: no se puede ignorar cuando se habla de economía. Creo que es por eso que Polanyi está experimentando un renacimiento como figura importante.

LP: Da la impresión de que usted ha evolucionado hacia una especie de híbrido keynesiano/polanyiano.

JC: Hasta cierto punto. Pero debo señalar que algunos de los keynesianos de izquierda británicos originales pensaban que eran necesarias reformas estructurales más profundas. Joan Robinson, por ejemplo, apoyaba una economía mixta que incluyera industrias nacionalizadas y amplios esfuerzos gubernamentales para estimular la inversión. Kalecki sostenía que la comunidad empresarial -los capitalistas- no apoyaría el pleno empleo a largo plazo porque socavaría su control del lugar de trabajo.

LP: El capitalismo pasó el siglo pasado oscilando entre el keynesianismo y el neoliberalismo. Hacia dónde cree que se dirige ahora?

Una opción sobre la mesa es el modelo chino, un híbrido de socialismo de Estado y capitalismo que yo llamo capitalismo de Estado. Tras comprobar el fracaso de la terapia de choque en Rusia, China mantuvo intactas sus empresas estatales y les superpuso un sistema capitalista. Ha tenido un enorme éxito económico, ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y ha logrado grandes avances tecnológicos. No creo que las democracias occidentales adopten este modelo, pero es un ejemplo poderoso para el Sur Global.

Por derecha, está el ascenso del nacionalismo económico: el trumpismo, básicamente. Altos aranceles, fronteras impermeables, capitalismo de camarilla. Esto se asemeja al modelo de Mussolini de la década de 1920 en algunos aspectos. A pesar de su incoherencia económica, tiene un fuerte atractivo político. Vemos versiones del mismo en toda Europa: Farage en Gran Bretaña, la AfD en Alemania, Le Pen en Francia. En el centro, aún quedan restos de neoliberalismo, pero es más débil políticamente. En la izquierda, el socialismo de Estado tradicional está muy desacreditado. Sin embargo, el decrecimiento anticapitalista está ganando terreno, sobre todo entre los jóvenes preocupados por el cambio climático y el consumismo.

¿Qué ofrece el centro-izquierda? En mi último capítulo destaqué algunos de sus elementos. Como en la visión keynesiana original, el pleno empleo es fundamental. Desde que la Reserva Federal empezó a fijarse como objetivo reducir el desempleo hace unos diez años, los salarios en la base han subido por primera vez en décadas. Pero con unos sindicatos debilitados, también podrían emplearse otros mecanismos del mercado laboral para reforzar la mano de obra, como consejos salariales en determinados sectores y salarios mínimos regionales vinculados al coste de la vida local. Además, hay que aplicar enérgicas medidas antimonopolio para hacer frente a los monopolios, cooperación internacional para combatir la evasión fiscal y, tal vez, un impuesto mundial sobre la riqueza, que podría llegar a ser esencial si la inteligencia artificial conduce a otro gran desplazamiento de los ingresos del trabajo al capital que reduzca aún más la base imponible. Y, por supuesto, una acción más eficaz contra el cambio climático.

Así que, intelectualmente, creo que parte del marco para un nuevo pacto social ya existe. El mayor reto es político: ¿cómo construir una coalición que la apoye en una época en la que gran parte de la antigua clase trabajadora se ha desplazado a la derecha, atraída por la demagogia nacionalista? Se trata de una tarea inmensa.

(*) Lynn Parramore es Analista de Investigación Senior en el Institute for New Economic Thinking (INET).

Link de referencia:

https://www.ineteconomics.org/perspectives/blog/whats-next-for-capitalism-reinvention-or-authoritarian-rule

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