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“Vos y yo quedamos, hermano, vos y yo para recordar…”

Por Ruben Abrines.

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Caras y Caretas Diario

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Y miles supieron en el tiempo que necesitó la noticia para dar la vuelta. El mundo se asombró por su valentía personal, de muchacho latinoamericano que sin miedo lanzó un escupitajo, el más fantástico y famoso de todos los tiempos, nunca antes recibido por un representante del imperialismo norteamericano; el joven llamado Jesús Rolán Rojas, uruguayo y comunista, en nombre de todos los jóvenes antiimperialistas de América y del mundo. Después de dicho esto, bien podría perfectamente cerrar el pico. Pero sólo vos y yo vamos quedando, hermano; sería una mezquindad de nuestra parte decir “hasta siempre, hermano Rolán” y otras frases de ocasión que se dirán. Quién sabe por qué y cuándo se fue el primero de nosotros, los que fuimos a Cuba a la zafra de los diez millones en 1970. Hoy sólo sé que quedamos vos y yo, hermano, vos y yo para recordar. Ni por pudor debemos ningunearles a tantas muchachas y muchachos que jamás conocerán a un joven de nuestro tiempo con valores humanos éticos de convencido revolucionario antiimperialista, de trabajador internacionalista como Jesús Rolán Rojas, esta parte de su historia. Su ejemplo fue valorado en el mundo entero, en primer lugar en los países que luchaban contra el colonialismo y el imperialismo en África, Asia y, en particular, por el heroico pueblo de Vietnam en plena, dramática y heroica guerra contra Estados Unidos. En América Latina se hizo ejemplo de muchacho uruguayo antiimperialista. Aquella noble, sencilla y modesta persona se hizo personaje porque su acto puso al máximo la comprensión del momento que vivía América Latina, que había que asumir con todos los riesgos colectivos y personales, poniendo el propio pellejo si era necesario, porque la cuestión era “ser campo de lucha o base de agresión”. Porque fue el único uruguayo, único latinoamericano, que enfrentó cara a cara al representante del imperialismo estadounidense sin más distancia que la precisa para lanzarle, rodeado de guardias de seguridad, el escupitajo en pleno rostro. José Gervasio Artigas, desde lo alto, fue cómplice y el mejor testigo de un valiente, modesto y honrado hijo de sus ejemplos de estirpe libertaria. El que no vaciló ni consultó, en nombre de todos los jóvenes de este país, asumió que nunca serían bien recibidos los representantes de una nación imperialista que estaba asesinando muchachas y muchachos, incendiando con napalm las aldeas campesinas del heroico Vietnam. Fue en la plaza Independencia, y de ahí a la Cárcel Central, donde fue molido a palos por los inútiles esbirros de los servicios de Inteligencia de Uruguay, muy fastidiados por haber sido burlados junto a los criminales marines de la guardia personal del yanqui. Desde Jefatura fue al hospital Maciel, donde constataron que no le quedaba un hueso sano. Del Maciel al Juzgado, y de allí, procesado por el artículo 139 del Código Penal, a la Cárcel de Miguelete por el delito de “vilipendio en un lugar público de la bandera u otro símbolo de país extranjero”. Seres humanos como Rolán Rojas no se guardan en una caja de fósforos con una leyenda de ocasión mortuoria ni como un tesoro familiar y personal; van directo a los caudales de la memoria colectiva de las mujeres y hombres de los pueblos que luchan por un mundo sin amos y sin explotadores. Ayer de noche nos avisaron que había salido a hacer otro viaje, siguiendo a su viejo compañero Líber Arce, a encontrase con el que cayó en Bolivia, ahogado por el asma con libros y apuntes de un diario de combatiente inconcluso. Él se autoimpuso todo el tiempo un prolongado silencio acerca de este hecho ejemplar y ejemplarizante, conducta de ser un fiel “hombre de su tiempo”, parafraseando a precursores del pensamiento y la acción antiimperialista revolucionaria. Igual no lo pudo evitar con su decisión de silencio, no alcanzó toda su modestia para impedir el legítimo reconocimiento de su acto en otras partes del mundo. Y pasó a ser un ícono de estas tierras latinoamericanas en los museos del mundo donde se expulsó, vencido, al imperialismo estadounidense. Vos y yo, hermano, podemos recordar, decir con el corazón arrugado, la vista nublada, y encomendarnos a que la razón y la memoria nos asistan para decir sin cálculos ni escamoteos, al hombre que partió nuevamente solo, que en cualquier lugar donde haya una injusticia, hay que encolumnarse en la larga fila cara a cara nuevamente con los que aprendieron, de una vez y para siempre, que el imperialismo no es un tigre de papel y obliga a enfrentarlo donde se presente. De las muchas guardias de los locales de la UJC y de las veces que tocó defenderse de las balas de las bandas fascistas, en su mayoría devenidos en oficiales militares de la dictadura, con los que volverían a verse las caras. Es un decir. Porque con las capuchas y los brazos atados con alambres a las espaldas, empapados en orín y con mierda en la lengua, no pudieron evitar muchos de ellos ser reconocidos. Otros seguirán diciendo, haciendo y hablando de este hombre que vivirá en la memoria, el pensamiento, la acción, de los que están dispuesto a explorar las vías de la revolución antiimperialista en cualquier parte del mundo. Disculpe usted, autor, no recuerdo su nombre: “La vida no es lo que uno vivió, sino lo que uno recuerda”. En Cuchilla Grande e Instrucciones nos encontramos; de ahí hasta su casa entre descampados y quintas, después del repecho, llegamos. Verduras, frutas y una palangana con membrillos. Dos gatos dormían debajo de una mesa. Presentó a sus padres, nos saludamos con sus hermanas; a una de ellas la conocíamos de una ocupación del Liceo 13 en el Hipódromo de Maroñas. A la más chica, después de muchos años, la reencontramos trabajando en las viviendas cooperativas Covisunca, donde Rolán tenía el cuarto más pequeño, sin terminar. Un gran lector, un compulsivo lector hasta quedar sus ojos enceguecidos. Después del golpe de Estado, no encontró lugar más adecuado que su cuarto, lo repletó hasta el techo con libros de la Unión Soviética y materiales del Partido Comunista. Apenas dejó en el centro del cuarto un lugar para su cama y una luz mortecina colgada del techo. Su cara redonda y su andar de muchacho de la orilla rural, con lentes “culo de botella”, de pasos bamboleantes, al parecer sin rumbo, sin destino preciso, como si no importara la distancia. En Cuba era visto como un ejemplo. Como Van Troi el vietnamita. ¿Te acordás, Pepe? Los oculistas cubanos le hicieron los estudios y lo trataron como una joya de la revolución sin que a él le importara ni se diera por enterado. Lo mismo ocurría cuando nos llevaban a cualquier lugar como invitados: se enteraban de quién era y nosotros aplaudíamos. Sólo una vez se salió de las casillas. Se molestó profundamente reaccionando de forma enérgica y políticamente impecable, cansado de que le preguntaran si siempre había sido y era tupamaro. La gente siempre le preguntaba lo mismo cuando se enteraban de que era uruguayo; no era maldad ni buscaban cinco patas al gato. Creo que era porque en ese tiempo, o antes, no sé, por la televisión cubana en hora pico pasaban un culebrón o novelón de la vida y obra de los tupamaros, y creo que hasta se paralizaba la isla. Llegó Arismendi a Cuba y enseguida quiso vernos, bah, quería saber cómo estaba Rolán con sus nuevos lentes de contacto. No sabíamos que habría un encuentro con él y un historiador uruguayo del Partido Socialista que a él y a mí nos llamaba la atención y decíamos que escribía como hablaba. Había terminado la zafra y lagarteábamos en las playas de Varadero. Algunas noches se organizaban actividades con la Brigada Latinoamericana Playa Girón entre canto, bailes y encuentros de delegaciones. Esa noche se le hizo joven y volvió tarde al hotel. Temprano sería el encuentro con Arismendi; no sabíamos dónde. Esperábamos que nos avisaran y llevaran al lugar con los fugaces visitantes compatriotas. Esa noche perdió el lente de contacto del ojo izquierdo. Los cinco, durante horas, buscamos y rebuscamos, dimos vuelta el cuarto del hotel, movimos muebles, milímetro a milímetro, revisamos el piso y la ropa: nada y nada de nada. Teníamos que irnos, venían a buscarnos. No recuerdo quién, creo que fue el Canario Obispo que dijo: “La puta que te parió, acá esta”. No voy a contar del calor y de cómo se suda en el Caribe después de una noche de ron y baile y dormir tal cual caíste en la cama. El lente lo tenía pegado en la espalda. Para regresar a Uruguay había que ir a Europa. Tocó pasar por Madrid y esperar los vuelos a Sudamérica. Unos días para darle a la pata y ensanchar conocimientos en la tierra del Quijote y con muchas ganas de comer otra cosa que no fuera cerdo, pollo, frijoles, dulce de guayabas y plátanos. Rolán nos empujó a entrar en una fonda de mala muerte fascinado por lo que decía un cartel de tercer mundo: menú de puchero y tortilla de papas, como la de casa, decía Rolán. Con la barriga llena, deambulábamos todos los días como los que sólo tienen que hacer tiempo. Se fascinó cuando entramos a un mercado de frutas, verduras, quesos y no sé qué cosas más; quería averiguar con los puesteros dónde encontrar semillas de unos morrones gigantes verdes. Negociamos: morrones o Goya y Velázquez Poco enterados del arte y menos de la pintura, apenas conocíamos por revistas algunos de los genios burlones que ahí tenían colgadas sus obras, por esos días en el Museo del Prado. Fuimos y nos embobamos sin más ayuda que nuestra ignorancia de pisar y andar dentro de un museo donde los guardias no nos sacaban los ojos de encima a menos de diez pasos. Capaz que sabían que él era Rolán Rojas. Franco todavía se revolcaba dentro de su miserable ser. Después del regreso, una noche estuvimos de guardia en el local central de la UJC y se rompió accidentalmente una vidriera del local funerario de enfrente con un disparo, repeliendo un ataque en la madrugada por balas, desde un auto. Era casi habitual ese tipo de provocaciones en ese tiempo. Se precipitó el traslado a militar en la ruta 5. La Paz, Las Piedras, Las Villas, Santa Lucía, Canelones: tiempos convulsos de provocaciones después de que Uruguay se había habituado a llenar y vaciar los cuarteles de obreros y estudiantes. Con la aparición del Frente Amplio y el liderazgo de Ferreira Aldunate, Canelones era un lugar de privilegio para disputarle al Partido Colorado su antigua supremacía. Al viejo local del Partido Comunista en Las Piedras llegamos para juntarnos con Stela Grum, con Omar Paita, secretario general de la UJC, Julio Barona y, más tarde, la madre de las hijas de Omar, Graciela, entre otros muchos compañeros. Él fue designado como secretario de propaganda y agitación. No faltaron encuentros y desencuentros en el liceo y con otros pegatineros, en particular los del Partido Colorado de Pacheco. Una noche se encontraron frente a frente en plena ruta 5, cerca de Las Villas, las dos brigadas y comenzó la disputa por el único muro de un boliche abandonado. Todos terminaron presos. A Rolán lo querían procesar porque le encontraron un revolver con el caño torcido, sin balas. Presas las dos brigadas de pegatineros que se habían enfrentado de cuneta a cuneta a balazos. El muro llegó a las elecciones con los afiches de Wilson Ferreira Aldunate. Tiempos de elecciones, y Vivian Trías, residente de siempre de Las Piedras, destacado y conocido dirigente socialista, fue a pleitear con el comisario para sacarlos a todos de la comisaría. Todo terminó con una solución salomónica. Se van todos y se acabaron las pegatinas. Al otro día comenzaba la veda electoral. El revólver quedó en custodia del jefe de policía, nadie lo reclamó porque Rolán declaró una y cien veces que lo había encontrado en la cuneta justo cuando fueron agredidos. Rolán Rojas fue hombre y será un nombre que no estará y no debe estar esculpido en bronce y mucho menos en los habituales homenajes de ocasión con los discursos de exaltación que se les hacen a los muertos. Sin dudas sería la peor de las agresiones que hubiera esperado de nosotros y la forma más estúpida de haber entendido el tamaño de su personalidad de hombre que cultivó, desde siempre, ese espíritu de labrador solitario, escapando hasta sus últimos días a vivir de cara al Río de la Plata, con el sol a sus espaldas, apenas con lo puesto, en su precaria casa rodante allá por Punta Espinillo. No asocien su nombre con el individualismo ni con el egoísmo. Fue un digno hijo de Artigas y él sabe, cómo alguna vez lo hizo público, que se sentía en deuda con el jefe de los orientales porque los esbirros que custodiaban a su enemigo jurado, como perros rabiosos, lo derribaron sin dejarle terminar sus palabras de repudio y en nombre de quiénes lo hacía. “En nombre de Vietnam, Cuba…”, le cayeron encima los guardianes del amo; no terminó de decir “y Artigas”. Cuando se lo llevaron para seguir golpeándolo, su ejemplo comenzaba a recorrer el mundo. Y ahora tal vez dirán que es leyenda. No mires para atrás, acá el camino quedó abierto. Buena marea, navegante de infinitos.

Jesús Rolán
Esta nota se escribe a las pocas horas de la muerte de Jesús Rolán Rojas, quien, en 1965, en plena guerra de Vietnam, cuando el secretario de Estado de Estados Unidos, Dean Rusk, cruzaba la plaza Independencia rodeado de policías y marines estadounidenses que lo custodiaban, rompió las filas de la escolta y, gritando “por Vietnam, por Cuba…”, le estampó un escupitajo en pleno rostro. La foto circuló por todo el mundo y hoy está en la entrada del Museo de la Revolución de Vietnam en las salas en donde se relata y se exhiben imágenes de la solidaridad internacional con la lucha del pueblo vietnamita. El autor, Ruben Abrines, es un obrero de la construcción, periodista, con intensa participación en las redes sociales. Fue, en su juventud, compañero de Rolán Rojas en la Juventud Comunista.

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