Otro 21 de abril llega para recordar el asesinato de aquellas tres gurisas jóvenes uruguayas que se integraron a una legión de mujeres que ofrendaron su tesoro más preciado, como es la propia vida, para combatir un sistema estructurado en la injusticia. Las mataron durante la reciente dictadura cívico militar, pero su lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad empezó mucho antes.
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El acto de homenaje a las pibas de abril y los varios artículos que se han escrito, se escriben y se escribirán sobre ellas, como un ejercicio ineludible de la memoria, son señales abundantes, pero nunca suficientes, para que estas notas se sumen a las mismas. Los aportes necesarios en el recuerdo de ellas, en liberarlas de la “fotografía” únicamente épica, son textos como el libro de Andrea di Candía, “El brillo de tu ausencia”, sobre la vida de Laura Raggio. (Ver nota https://www.carasycaretas.com.uy/derecho-humanos/la-vida-una-las-muchachas-abril-laura-raggio-n83467).
Pretendemos escribir hoy, luego de que el Estado uruguayo fuera obligado al reconocimiento de su responsabilidad de ese y otros crímenes, y su responsable procesado (el general (r) Juan Rebollo), para confrontar el revisionismo y la “prostitución del relato histórico” por parte de los intelectuales de la derecha criolla.
Las sangres de abril
¿Qué motivo une los diversos días y años de un abril que se cobró la vida de uruguayas y uruguayos, en un mismo contexto de avance y consolidación del fascismo en Uruguay? ¿Cuál fue el elemento aglutinador, a pesar de las diferencias de métodos de lucha y de definiciones estratégicas, que permitió un cruce de caminos entre los 8 tupamaros asesinados el 14 de abril de 1972, los ocho mártires comunistas de la Seccional 20, el 17 de abril del mismo año, y las pibas de abril en 1974?
La derecha impone el relato de que los asesinados eran terroristas, que se alzaron contra la democracia. Esta acusación no solo va dirigida contra los integrantes de la guerrilla, y tampoco fue usada únicamente en el contexto previo al golpe de Estado de 1973. Desde las huelgas de los gremios solidarios a principios de los 60, cuanta huelga fue conducida por militantes comunistas, anarquistas, socialistas, la derecha no solo los acusó de “antipatria”, de atentar contra la democracia, sino que llegó incluso en dos oportunidades históricas (1964, 1971) a pedir aquella oligarquía la intervención militar de Uruguay por parte del Ejército de la dictadura brasileña.
La derecha cuestiona que aquellas y aquellos militantes lucharan por la democracia; una democracia que gobernaba bajo medidas prontas de seguridad, las primeras decretadas por el ministro del Interior Fulco en 1957 contra las huelgas de los trabajadores de los frigoríficos, las implementadas durante todo el gobierno de Jorge Pacheco Areco de 1968 a 1971, la democracia de Bordaberry gobernando auspiciando los Escuadrones de la Muerte y el fraude electoral, la declaración del estado de guerra interno y finalmente el golpe de Estado de junio del 73.
La democracia por la que se derramó tanta sangre, no solo ellos y no solo en esas fechas, era una democracia que fuera freno del avance fascista, pero también era el combate por lograr una democracia verdadera; una democracia que no muriera en el portón de los cuarteles y en las porteras de las estancias, en las puertas giratorias de los bancos; una democracia que no abastecía de la alimentación necesaria a su pueblo y que desabastecía los hospitales públicos, que condenaba a la intemperie por falta de viviendas a su población más humilde, que entregaba la soberanía al imperialismo estadounidense y que era el feudo de la oligarquía.
Una revolución con aroma de mujer
Si hiciéramos una porfiada trazabilidad histórica, Laura, Diana y Silvia tomaron el estandarte de aquellas guerreras del “combate de la tapera”, las criollas que se alzaron en armas contra la intervención brasileña que combatió la Revolución artiguista. Llevaban en sus jóvenes luchas la peripecia de la anarquista Juana Buela, que en los años de auge del primer batllismo se convirtió en una pesadilla para la Policía que no lograba detener a quien encarnaba la lucha por los derechos de las mujeres hasta lograr doblar el brazo del Gobierno y reconocer el derecho al divorcio y, más adelante, el voto femenino. Se alzaron en el horizonte de unas ansias de transformación que estaban haciendo erupción en todo el continente tras el ejemplo de la Revolución cubana, de Tamara Bunke, de las miles y miles de mujeres que, en todo el Tercer Mundo, habían decidido dejar de cargar en sus espaldas la humillante explotación capitalista.
Y mantuvieron su militancia comprometida, asesinadas en el abril de 1974, cuando desde junio de 1973, y luego de la gloriosa huelga general que duró hasta el 9 de julio de ese año, todo parecía perdido.
El MLN–T ya había sido derrotado militarmente sobre fines de 1972, pasó todo 1973, llegó 1974 y ellas seguían en su lugar de combate. 52 años pasaron de su martirologio combatiente, y esa es la condición que la derecha no les perdonó y no les perdonará.