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2022 y sus insoportables desafíos

Por Marcia Collazo.

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Ya se despereza el 2022, ya extiende uno que otro tentáculo tímido, como para demostrar que en efecto, está entre nosotros, o por lo menos en nuestra esforzada convención (o convicción) mental. Comienza un nuevo año, o sea uno de esos períodos que, más allá de sus indudables fundamentos físicos, astronómicos y cíclicos, está pautado por los mandatos inapelables de la cultura occidental. En este novísimo 2022, en la novela de la vida, la gente -a la que nadie le avisó que la vida es un asunto de cuidado, y se vino a encontrar con el problema un tiempo después de nacida- se halla sometida al arduo dilema de decidir, cual navegantes de la peripecia vital, qué rumbo ha de tomar en la mítica rosa de los vientos. Los dos extremos del tiempo se presentan cargados de insoportables desafíos. El pasado en una punta. El futuro en la otra. En el medio, el presente se nos escurre de modo irremediable. El presente viene a ser la fugacidad de la línea recta, que nos empuja a los extremos ya aludidos. Es que la bisagra de un año nuevo suele traer un verdadero asalto de recuerdos, meditaciones y proyectos mil veces enarbolados y otras tantas abandonados. Si diciembre es un mes rencoroso, de los que exigen un tributo de angustia marcado por los finales (porque en definitiva, se trata de finales, y algo fundamental se pierde en el proceso, me refiero a la no menor circunstancia de que se evapora un año más de nuestras vidas), enero es la incógnita de lo que vendrá.

En la novela de la vida, en diciembre cumplían años mi madre y mi hermana menor. Una se fue hace 30 años (Galia), y mi madre hace nueve. Pertenecían a dos generaciones muy diferentes, que se atraían y se repelían, se querían y se detestaban. Galia partió al otro mundo rabiosamente intacta, llena de vida, atravesada por las ansias luminosas de los 23 años. Mi madre, en cambio, vivió seis décadas más que ella, y se murió a los 83, habiéndose despedido largamente de la tierra, y nimbada por ese cierto desapego que se va instalando en el corazón a medida que llega la vejez. No es necesario repetir lo evidente. Diciembre me las recuerda, si no con dolor, al menos con una melancolía tan densa como la niebla que rodea a un barco en altamar. En el caso de Galia las evocaciones aparecen cuando camino descalza por el pasto, cuando bajo a la playa, cuando mis dedos se enredan en la arena (guardo sus sandalias de cuero en una caja, dos o tres poemas, algún cuaderno y unas fotografías). En la imagen de mi madre están presentes los jazmines, las reuniones familiares, los bellos y amplios vestidos de verano, que ella tanto amaba, un vino frío, largas estanterías de libros coronadas por los retratos de William Shakespeare y Edgar Allan Poe. Pero de los recuerdos y las saudades personales debo pasar a lo que será de este mundo en 2022. Nada nuevo, por un lado, habrá de acontecer; y por el otro, por desgracia o por fortuna, unos cuantos sucesos nos sorprenderán y sacudirán sin asomo de duda (para aseverarlo no se necesita ser un vidente natural). La historia vuelve a repetirse, dice el tango, y creo que en el fondo, ninguno de nosotros se hace demasiadas ilusiones sobre la mejoría del planeta, por lo menos en lo que a intenciones humanas malévolas se refiere. La conciencia del sufrimiento humano, su peso en bruto, sus causas y sus consecuencias, parece estar lo bastante anestesiada en la mayor parte de nosotros, como para que podamos ponerle siquiera un principio de remedio. Vi en las redes sociales, por estos días, fotografías de fines del siglo XIX, de canillitas y de lavanderas de arroyo. Los canillitas no pasaban de los 13 años, y los había de seis. Las lavanderas tenían invariables rostros oscuros, curtidos por la intemperie, quijadas deformadas, espaldas corvas, dobladas por el trabajo feroz, delantales de un color indefinible, entre gris y marrón; pobres harapos con los que se cubrían las faldas a la hora de hundir los brazos en el agua y en la mugre flotante.

Casi todos los comentarios dedicados a esas publicaciones decían cosas como: “Hermosas fotos”. “Precioso testimonio de una época que pasó”. Solo una persona se atrevió a manifestar que esas lavanderas eran unas esclavas. Alguien le respondió, con ese cinismo desembozado que ha pasado a ser el tono de la época, que eran “emprendedoras”. En cuanto a los canillitas, nadie formuló un juicio, y eso que se trató de descarnado trabajo infantil, un mal que nos viene acompañando desde la noche de los tiempos. Ingresar en un año nuevo, mirar fotografías viejas, y pensar en personas que hemos perdido, tienen algo en común. En los tres casos retornamos al pasado, y fatalmente comparamos, aunque la tarea sea tan inútil como desquiciada. Es inevitable. También, en los tres casos, nos sumergimos en el dilema del tiempo, que es para Aristóteles movimiento y número, secuencia y continuidad, antes y después. El antes es la posición desde donde se desplaza el móvil, y el después es el sitio adonde se dirige. Pero ¿qué es el móvil? ¿Es el calendario, son los astros, los pastos que se estiran, las mareas que van y vienen? ¿O el móvil somos nosotros, incluidas las lavanderas y los canillitas, que avanzamos por un corredor larguísimo, lleno de puertas abiertas y cerradas, detrás de las que se agazapan los peligros?

Ya Aristóteles se puso, además de filosófico, poético y, por qué no, inquietante. Dijo que el tiempo no tiene una unidad mínima. Dijo que puede ser breve o duradero, pero no rápido o lento (esto último me despierta muchas dudas); y que es simultáneo en todas partes, aunque cada tiempo es distinto del posterior. He hablado solo del filósofo griego; pero sucede que el tiempo, después de la idea de dios, es el concepto más enigmático. ¿Y nos asombramos luego por las angustias navideñas y las que le siguen?

La gente no es boba, dice el refrán, y se da cuenta. Pero atención, porque una cosa es conocer ciertos conceptos (pasado, presente, futuro, finales, comienzos, nacimiento, muerte), y otra muy diferente es reconocer en uno mismo los efectos (siempre devastadores) de tales cuestiones. Cuando estamos brindando por la Navidad o por el Año Nuevo, así, en mayúscula, nos insertamos en un pasado inmediato que se enlaza a un futuro inmediato, y a eso se reduce el presente. Pero en el mosaico de las horas, los días y los meses, ese presente fugaz es el auténtico hilo de las parcas. Acabo de ver la obra Hamlet, en El Galpón, interpretada por un formidable elenco, y no puedo evitar recordar aquellas palabras de Shakespeare: “El tiempo está fuera de quicio. Oh, suerte maldita, que ha querido que yo nazca para recomponerlo”. En parte, la consabida angustia de las fiestas tradicionales se debe a ese rol, al que no escapa ningún ser humano.

Quién sabe cuántos desafíos nos está reservando 2022. En todo caso, sería bueno no perderse en el proceso la verdadera vida, esa que se solapa entre los cavernosos meandros del tiempo, y que cada tanto salta frente a uno, como para demostrar que está ahí, llena de sucesivas y diminutas circunstancias, elecciones y peripecias que constituyen el afán todo de la existencia, se trate del que se trate (los desvelos por los hijos, los nietos, los proyectos inconclusos). Ojalá podamos incluir en ese repertorio la solidaridad con el sufrido prójimo, la trabajosa empatía con el semejante, la responsabilidad de levantar la cabeza y cumplir con ese deber que nos aguarda, que Shakespeare define como una recomposición. Ya sé que la palabra deber está maldita en estos tiempos, pero hay deberes que siguen existiendo, o mejor dicho acechando, a nuestro alrededor, y acaso el más importante continúa siendo el que Kant resumió en su fórmula lógica del imperativo categórico: actuar de acuerdo con máximas que podamos querer como leyes universales. Si pudiéramos, por lo menos, tender hacia ese objetivo (no hablo ya de cumplirlo porque eso parece una tarea reservada a santos y a héroes, y no a simples mortales), tal vez 2022 podría llegar con uno que otro rayo de esperanza.

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