Ocurrió el 6 de agosto de 1945, a las 8.16 de la mañana sobre una ciudad apacible de Japón, Hiroshima. Ciudad de 343.000 habitantes, sería la primera, pero no la única, en sufrir un ataque atómico, trayendo la muerte en el acto de unas 100.000 personas y, con el correr del tiempo, de unos 250.000 civiles más. De ellos, 99% eran civiles. Por este crimen de guerra jamás fue juzgado nadie, ni los ideólogos ni los autores materiales, o sea, los que llevaron a cabo este crimen de lesa humanidad.
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La primera bomba atómica que se lanzara sobre Hiroshima tenía la fuerza de 18.000 toneladas de TNT; fue lanzada desde un avión B29, bautizado con el nombre Enola Gay. Dicha bomba iba en una gran caja metálica que fue dejada caer desde una altura de 8.000 metros, para que explotara cuando estuviera a unos 300 metros de altura, resultando así más mortífera. En ese entonces, Hiroshima tenía una extensión de unos 18 km cuadrados. La ciudad para la época y el momento era todo bullicio, el ritmo de la actividad ciudadana ya había comenzado. Los centros de enseñanza habían ya comenzado sus clases, los hospitales estaban en pleno funcionamiento. Tranvías, buses y la gente caminaba rumbo a sus lugares de trabajo o estudio. A unos treinta km de Hiroshima, un observador ve a dos aviones en dirección a dicha ciudad; al comunicar, estos creen que se trata de un avión de reconocimiento y no se da la alarma de ir a los refugios antiaéreos.
La preparación del avión y su tripulación, al igual que la construcción de “esa arma que sería la mayor arma de destrucción que crearía la mente humana”, se realizó en el mayor de los secretos. La bomba, al decir del comandante del B29, coronel Paul W. Tibbets, “había que cuidarla como sus ojos, pues costaba más que un portaaviones” y así era, pues se habían gastado más de 2.000 millones de dólares de esa época. Todo esto formaba parte del Proyecto Manhattan, cuyo director era el general de Brigada Leslie R. Groves. En este proyecto se trabajaba desde octubre de 1942; los integrantes habían sido seleccionados en el más riguroso secreto, bajo apercibimiento de que quien “se fuera de la lengua” sería enviado a una corte marcial, con fusilamiento asegurado.
El lunes 16 de junio de 1945, en el desierto de Nevada, en un lugar llamado por los indígenas “Jornada del Muerto”, a las 5 h. 29 m. 45 s., se experimentó por primera vez una explosión atómica, es decir, la desintegración del átomo. Fue su presentación en sociedad, con periodistas incluidos. La caja con la bomba se instaló en un pedestal a unos 30 metros de altura, su explosión produjo un cráter de 7 metros y medio de profundidad y una nube que se elevó a más de 12.000 metros de altura, además de romper vidrios a 400 km de distancia. La observación de la detonación se realizó por parte de los 425 invitados desde un búnker de concreto, ubicado a 35 km del lugar de la detonación. Los invitados eran científicos, técnicos, militares, dos periodistas. Todos ellos bajo la dirección del general Leslie Groves. Lo que allí se vio solo duró “una milésima de segundo”. Un periodista observador dirá después: “Era una luz de otro mundo, una luz de un solo sol, pero el brillo de muchos soles. En una fracción de segundo, una nube subió a más de 2.000 metros, subiendo cada vez más hasta tocar las nubes”. El científico Robert Oppenheimer, llamado el padre o creador de la bomba atómica, escribió: “Me he convertido en la muerte, el destructor del mundo”. Solo los militares mostraron su alegría y entusiasmo ante el poder enorme de la bomba atómica, entre ellos el brigadier Thomas Farell, que dijo: “Podemos calificar muy bien los efectos, como algo sin precedente, magnífico, hermoso, estupendo y terrorífico. Nunca se había producido un fenómeno de un poderío tan espantoso que fuese obra del hombre”.
Con todos estos antecedentes es que parte el Enola Gay desde un aeropuerto, no sin antes recibir un bautismo y oración de parte del capellán católico del Ejército, William Downey, con la que pedía a Dios la protección con las siguientes palabras: “Padre todopoderoso. Tú que escuchas las oraciones de los que te aman, te rogamos que acompañes a aquellos que llevarán la batalla a nuestros enemigos. Te rogamos que los cuides y protejas en su misión. Que todos nuestros enemigos, al igual que nosotros, conozcan tu poder. Amén”.
Con la bendición de Dios, partió el bombardero B29, rumbo a Japón; eran las 2.45. El avión sobrevoló Hiroshima y eran las 8 h. 15 m. y 20 s. cuando se abrieron las puertas del depósito dejando caer su carga mortal. Estaba previsto que la misma detonara sobre el puente de Aioi, aunque la misma detonó a unos 300 metros de la superficie, encima de la clínica Shima. Eran las 8.20. En una fracción de una milésima de segundo, la temperatura pasó a ser de más de 6.000 grados; murieron en forma instantánea unas 100.000 personas. Todas las personas que se encontraban en un radio de unos tres kilómetros sufrieron quemaduras en todo su cuerpo. Murieron casi la totalidad de las personas que se encontraban en un radio de 10 km contando desde la clínica Shima. Aunque EEUU dirá que un tercio de los muertos eran soldados, se supo que 99% de los muertos eran civiles. Del edificio de la clínica Shima nada quedó y sus ocupantes se esfumaron. De los 200 médicos que había en la ciudad murieron 180; 1.800 enfermeras murieron o quedaron gravemente heridas. Hospitales solo quedaron tres de los 55 que había en Hiroshima. A los niños y las mujeres se les adhirieron sus ropas en sus cuerpos calcinados. Las calles cercanas al epicentro de la explosión estaban al rojo vivo. Toda la barbarie humana se dio cita en Hiroshima, como se dará cita en Nagasaki tres días después.
Ese día sembraron el miedo, el terror y el sometimiento al pueblo japonés. Ese día el Ejército de EEUU festejó y condecoró a sus valientes soldados.