La masacre del Filtro

Al irracional impulso de la Clave 52

Por Ricardo Pose.

Un paciente trabajo de años permitió reconstruir el relato de quien en círculos muy íntimos se ufanó de asesinar a Fernando Morroni. Ese trabajo permitió, además, establecer los vínculos del exagente policial en la actualidad con grupos activos políticamente. A 24 años de la masacre del Filtro, no todo es impunidad. Esa noche Waldemar era “chofer de  comisario”. Tarea sencilla aunque él pensara que era un desperdicio haberlo asignado, con su capacidad y experiencia, a satisfacer las razones de servicios del jerarca policial. Cierto es que estar de particular en un Fiat Duna blanco, con la “pajera” a disposición, le daba el agradable éxtasis de “poder”, como cuando andaban en procedimiento de civil exhibiendo el carné de la Dirección de Investigaciones, aquella barra de agentes “con tres huevos”. También es cierto que el clima en la fuerza era otro desde que hace una semana se viene produciendo el acontecimiento de la huelga de hambre de los vascos y su posible extradición. Aunque a Waldemar la política le importa un bledo, no podía escapar a los comentarios que circulaban en todo el país, en boliches, peluquerías y mesas familiares. En la “fuerza” tampoco podían sustraerse al tema; los oficiales alertaban sobre el proceder de “los enemigos de la patria”, que solidarizados con los terroristas vascos movilizaban gente hacia el hospital Filtro, convocando desde dos emisoras radiales. Ver aquella cantidad de gente intentando violentar la decisión judicial de la extradición lo hacía sentirse más desaprovechado; Waldemar Rosas fue de los que resistió los embates de aquellos ministros, Forteza y Juan Andrés Ramírez, reorganizando la fuerza; se plantó en huelga y levantó carpa con los demás en el Prado y aquellos ministros no pudieron llevar adelante sus planteos de reforma. Ahora, por suerte, está Ángel María Gianola al frente del ministerio, hombre de mano  dura de los que se venían necesitando y el político adecuado para sobrellevar esta delicada situación. Pero, estando al tanto de lo que ocurría, Waldemar no estaba asignado a aquel operativo ni como apoyo de las unidades designadas; estaba de chofer de un comisario al que, por los informes que le llegaban por la radio, como mucho le picaba la curiosidad. Ese 24 de agosto de 1994  Fernando Morroni concurriría como muchos jóvenes de su edad a aquella movilización de solidaridad, hasta donde el mismo candidato Tabaré Vazquez y el general Liber Seregni se hacían presentes. Estar allí, en ese clima de solidaridad con los refugiados políticos extranjeros, que era una tradición del país, parecía ser lo más natural. Los primeros comunicados de radio picaban la curiosidad dentro del Fiat. Incidentes y pequeñas escaramuzas se venían dando con los manifestantes y había una alerta radial por la presencia de civiles armados y comunicados con handy. “Alguno nuestro no identificado”, pensó Waldemar riéndose. Lo cierto es que sobre la tardecita, cuando aquellos incidentes seguían, el comisario sugirió ir hasta el lugar; por la radio llegaban noticias de la lluvia de piedras y alguna bomba incendiaria contra los efectivos policiales. Waldemar y el comisario empezaban a intercambiar opiniones al tiempo que sentían que la “sangre les hervía”. Waldemar recordaba con el comisario: “La escuela de Policía… Setiembre del 86… Bogia me revoleó para 630… ahí de pechito me atajó Ribeiro… de volea pateó fuerte y caí atrás del 46 con Teperino y Damiano… 14.15 h… salimos de base…14.40 h… Damiano con medio cuerpo para afuera por General Flores, con la escopeta en Clave 32… C.47… atrás del lc… Joselito Techera… me preguntaba… ¿dónde me metí? No sabía en ese momento… meses después… ya lo sabía… estaba en el cuerpo de Radio Patrulla… todo era emoción… hasta hoy… los recuerdos emocionan…”. (Comentario extraído de un pie de foto del grupo 630 de Radio Patrulla del perfil de Facebook de Waldemar Rosas). Al ritmo de los recuerdos, se imaginaba llegando y, como en su mejor época, agarrar a esos pichis de los pelos y meterlos en el vehículo, aunque ahora de civil no había necesidad de tal esfuerzo y bastaba con reducirlos para entregarlos al personal uniformado. A medida que se acercaba la vieja adrenalina de los procedimientos, va ganando el espíritu; Waldemar tiene “licencia política” para usar su arma de reglamento, y que las salvas sean de plomo, que nadie haya previsto darle munición de goma para dispersar no es su problema; además, el no tiene nada que hacer ahí. Pero la Clave 52, el anuncio de policía caído en el preciso momento que se sumergían en la muchedumbre de gente y policías, en una suerte de batalla campal, fue el “cheque en blanco”. Frenó como pudo y, sin meditarlo demasiado, confiado en su coraje y experiencia, bajó “pajera” en mano; alguno de aquellos pichis había disparado contra un compañero, así que al primero que vio y le quedó en la diana le descargó el arma hasta verlo caer y asegurar su reducción; en esta batalla campal no hay códigos y dispararle por la espalda era una manera de asegurar que no se daría vuelta posiblemente con un arma en la mano y, ante todo, “es la vida nuestra o la de ellos”, y ya había un camarada caído. No obstante, percatado de que había dejado tirado a un manifestante, subió rápido al auto y aconsejó al comisario irse de ahí y apoyar en lo posible al resto del personal de particular que estaba operando en el “trampero” en las inmediaciones del bulevar, esperando la retirada de los manifestantes. Esa noche, Waldemar Rosas Ruiz, al igual que Fernando Morroni, no regresó a su casa. Recién lo hizo al otro día cuando, enterado del nombre del muchacho que ejecutó, revisó en las imágenes de la televisión si el había quedado registrado y, si bien aparecía en muchas de las tomas, ninguna lo podía relacionar con el homicidio, al menos vistas sin mucho detalle; y si alguien lo hacía, esos videos podían desaparecer. En todo caso, la “fuerza” cerraría filas. Claro que una muerte es una muerte; y sobre todo cuando esa muerte genera un entierro multitudinario y aglutina gente todos los 24. La impunidad de su presencia en el procedimiento quizás lo haya salvado de que su nombre no estuviera entre los de aquellos jerarcas procesados. Pero lo mejor era seguir pidiendo traslado de las distintas unidades. Su conflictivo carácter no sólo lo hacía pedir traslado a cada rato, sino también la necesidad de no generar muchos vínculos en este “secreto” que carga en su alma y no como una medalla de condecoración, aunque él piense que de no ser por el escándalo político, ameritaría. Finalmente, lo mejor es irse; pedida la licencia sin goce de sueldo, intenta vivir una nueva vida en La Plata, logrando allí la radicación definitiva para ser ciudadano legal argentino. De este lado del “charco” igual quedan los camaradas de armas, sus mejores y únicos amigos y aquel número 52, que sería como una bisagra en su vida.   Carne podrida El triunfo frenteamplista de 2005 dotó al gobierno de una importante bancada parlamentaria. El Parlamento se transformó en el lugar donde años y años de demandas insatisfechas, reclamos e injusticias no resueltas empezaban a llegar multitudinariamente. Había que ordenar y derivar institucionalmente cada reclamo, cada planteo, cada denuncia que llegaba a los distintos despachos; se aprendió a distinguir incluso información con visos de verdad de carne podrida; muchísima información, sobre todo de enterramientos humanos, por ejemplo. En el comienzo de la campaña electoral de 2009, y a raíz de haber investigado un crimen cometido contra un recluta en el Batallón de Paracaidistas Nº14 en Toledo, alguien llegó confiado en aquella actuación.  “Le ciudadane” venía con el dato: “Yo sé quién mató a Fernando Morroni”. Como habían existido algunas presiones, seguimientos y clima raro por lo del 14 de Toledo, lo primero que pensamos fue: carne podrida. Sin embargo, acordamos un encuentro para unas semanas más adelante; grabamos la entrevista por si acaso y empezamos a trabajar sobre los datos entregados. Decidimos el camino más largo; teníamos todos los datos identificatorios sobre el acusado; ¿pero cómo confirmar si no estábamos ante una vendetta, las famosas camas policiales, una cuestión de despecho, unas broncas personales no resueltas? De los círculos sociales de los que provenía la fuente no había manera de poder llegar con naturalidad a los grupos y gentes que reclamaban el esclarecimiento de la verdad cada 24 de agosto. Este elemento también nos hizo descartar de entrada la posibilidad de contactar a la fuente con Norma Morroni; nos constaba que bastante carne podrida había recibido en todo este tiempo.   Puzle y contrachequeos El narcisismo de moda tiene sus ventajas; la persona acusada tenía, como muchos, su propia página de Facebook, iniciada desde su nueva vida en Argentina. Los datos que el seguimiento y vínculo permitieron ir extrayendo derivaron en sorpresas varias, pero además empezó a permitir ir armando un puzle en el que, por un lado, se podía estar frente a alguien que tenía todos los méritos para haber ejecutado a Fernando Morroni, y permitía observar sus vínculos actuales con sus  excamaradas de armas. Por el otro lado, “le ciudadane” fue sometido a una serie de encuentros, casuales y organizados, realizados y suspendidos a último momento, que demostraron siempre una condición que fue cimentando confianza: la persistencia. En los largos, cautelosos y preventivos seis años que llevó esta primera parte de la investigación se mantuvo firme respecto de los distintos contactos y cuando en setiembre de 2014 se le vuelve a grabar pidiendo el relato de los hechos, el relato es idéntico al realizado en 2009.   La barra 630 y Dignidad En el transcurso de esos seis años apareció un elemento nada menor que obligó a trabajar con mayor cautela. La persona acusada ingresó a Argentina en el año 2007 y consiguió la residencia definitiva en 2010. Fue miembro activo de  colectivos de uruguayos residentes en La Plata e ingresó varias veces a Uruguay. Desde varios de esos colectivos también nos llegó información. Vale recordar la reforma policial en la que se transformó la vieja base de Radio Patrulla; un grupo importante de la misma conocida, como la 630, la “pesada” en la jerga interna, empezó a operar políticamente. Primero, generando y alimentando, con base en los vínculos de las redes, un núcleo duro del cual forma parte el exagente que veníamos siguiendo. Empieza a construirse una relación de solidaridad entre los afectados por alguna de las medidas administrativas del Ministerio del Interior y lo que podríamos denominar la “generación Lacalle”. Durante el gobierno de Luis Alberto Lacalle se produjeron, entre muchos hechos, algunos que tuvieron vinculados a integrantes de distintas ramas de las fuerzas del Estado: el asesinato del químico Eugenio Berríos, la masacre del Filtro, atentados con bombas a Hugo Cores y Sanguinetti. Desde algunos círculos militares se empezó a difundir el concepto de guerra psicológica, que venía ganando la izquierda. En las elecciones del 2014 esos malestares, nostalgias y deseos de combate toman cuerpo: se crea la Agrupación Dignidad Policial dentro del Partido Nacional, acaudillada por un excomisario, Ernesto Carrera, integrada por varios miembros de la 630 y otros desmovilizados y sancionados exfuncionarios policiales y algunos en actividad. Waldemar Rosas fue uno de los  responsables, en las canteras de Kibón, de organizar la llegada y despedida de blancos que venían desde Argentina a participar en las elecciones.   Carrera contrarreloj La fuente mantenía su firme decisión de que se avanzara en la investigación, pero solicitaba, en caso de que el tema quedara en manos de la Justicia, que fuese preservada. A su vez corrían los años y se podía declarar prescripto el delito de homicidio. Otra valoración era entregar esa información a quienes pudieran hacerla pública y así poner en alerta al acusado. La fuente que nos trajo la información pertenecía un grupo de confidentes que, por suerte, hasta el momento demostraba un  hermetismo cerrado. A fines de 2015 llega la novedad de una situación de depresión vinculada a un infarto y a un posible viaje a España por parte del acusado. El triunfo de la izquierda nuevamente había sido un golpe severo para quien, mediante el seguimiento de los actos del 14 de abril y los informes de la Agrupación Dignidad Policial, sentía lejanas sus posibilidades de volver a vivir en el país. El segundero del reloj se transformaba en un verdugo implacable en esta carrera contra el tiempo.   Norma Ella vive en unas condiciones muy humildes y mantiene con entereza la necesidad de saber la verdad; tiene cierta firme tristeza en la mirada, habla pausado, intenta comprender, está algo desconfiada de tanto dato falso que le ha llegado. Por encima de las cuestiones legales hay una decisión que sólo le corresponde a ella en todo este asunto; decisión que debe tomar en su fuero íntimo por encima de cualquier tipo de valoración política. Pusimos toda la información, lo actuado, lo sabido, las voces que denuncian en sus manos. Empezaron algunas trabas legales; distintos expertos jurídicos valoraban los años del delito y la posibilidad de la prescripción, lo dificultoso de los exhortos para una declaración fuera de fronteras, la posibilidad de comprobarlo a partir sólo de una declaración. Había una tenue luz de esperanza de que algún fiscal asumiera nuevamente el caso de oficio ante las nuevas pruebas. Norma nos planteó que a, esta altura, que el acusado pudiese decir por qué hizo lo que hizo permitiría resarcir parte de la herida; un gesto de bondad y necesidad humana de cerrar heridas. Lo cierto es que a partir del acto del 24 de agosto de 2016, en el que se hace pública la acusación, el Facebook con el que teníamos contacto cierra y, al abrirlo nuevamente, desaparecen todos los datos que hacían mención a su pasado, así como la mayoría de las amistades, dejando un grupo selecto. Sí, claro, buena parte de la barra 630 y aquella que le permite mantener cierta nostálgica orientalidad, como la barra de la Aparcería Blanca del departamento de Durazno, la Cacho Barrios.   Preguntas que flotan Por los crímenes del Filtro, las muertes de Morroni y Facal y las decenas de heridos fueron procesados los funcionarios Juan Miguel Rolan, Raúl Guarino y y Erode Ruiz. Ninguno de los procesados manejó en los juicios el nombre de Waldemar Rosas; tal vez en un operativo de grandes dimensiones y de efectivos que no estaban destinados, pero participaron, esos datos no se manejaron. Sin embargo, el autor material era un secreto a voces en algunos círculos de la fuerza. Juan Miguel Rolan integra la Agrupación Dignidad Policial, blanca. Falta en este puzle el nombre del comisario para quien Rosas hizo de chofer. La cultura de la impunidad aún goza de buena salud.

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