China, el primer epicentro de la pandemia, la primera nación en paralizarse, el primer país en sufrir sus devastadoras consecuencias, el primero en controlar la covid-19, el primero en reactivar su economía, es también la primera de las principales economías del mundo en evitar la recesión y recuperar el camino del crecimiento económico.
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Según los datos oficiales publicados esta semana, la cambia de marcha fue abrupta en relación al desplome del 6,8% de abril, la primera caída del PIB desde finales de la Revolución Cultural en 1976.
En comparación con los tres primeros meses de 2020, la economía del gigante asiático creció un 11,5%, lo que compensa con creces la caída del 10% del primer trimestre.
Las cifras difundidas por la Oficina Nacional de Estadística superaron ampliamente las previsiones de los analistas que esperaban un crecimiento entre 1,5% y 2,5%. Con respecto a los tres meses previos, el PIB del segundo trimestre creció un 11,5%, lo que compensa con creces la caída del 10% primer trimestre.
Los resultados reflejan “un restablecimiento del crecimiento y una recuperación gradual”. “Tenemos confianza en una recuperación de la economía en la segunda mitad del año”, señaló en conferencia de prensa la portavoz del organismo estadístico.
«Los fundamentos de largo plazo del crecimiento sólido en la economía no cambiaron y no cambiarán”, aseguró por su parte el presidente Xi Jinping el mismo día que se conocieron los resultados.
Por la crisis del coronavirus, en la Asamblea Nacional Popular (el Legislativo chino), en su reunión anual celebrada en mayo, el primer ministro, Li Keqiang, por primera vez en décadas, no anunció ningún objetivo de crecimiento económico.
La drástica recuperación es el resultado de un círculo virtuoso de varios factores.
Por un lado, la exitosa combinación de políticas sociales, sanitarias y tecnológicas implementadas para controlar la epidemia mediante medidas de confinamiento draconianas, pruebas masivas y rastreo a todos y cada uno de los casi 1.400 millones de habitantes.
Por otra parte -repitiendo la experiencia de la crisis financiera de 2008-, la recuperación estuvo impulsada por mayor gasto fiscal, reducción de impuestos y tarifas, así como políticas de apoyo del empleo y un estímulo crediticio dirigido al sector industrial y obras de infraestructura. Como resultado, el segundo trimestre registró un aumento de la industria de 4,8% (la fabricación en sectores de alta tecnología fue particularmente sólida) y la construcción de un 2% por encima de los niveles antes del virus y se logró revertir el desempleo -el principal desvelo de las autoridades-, que descendió ligeramente, del 5,9% en que se situaba en abril al 5,7% en julio.
Otros tantos aumentos registraron las importaciones y exportaciones en junio. Las ventas al extranjero crecieron un 0,5%, (en mayo habían caído un 3,3%) y las compras del exterior se incrementaron un 2,7% interanual, cuando las expectativas de los analistas preveían una contracción del 10% teniendo en cuenta que en mayo las importaciones habían caído un 16,7%.
Al tiempo que reconoce que lo peor de la crisis se esta superando, el gobierno admitió que aún falta mucho para recuperar completamente la economía. En los próximos meses las autoridades reforzarán las medidas para estimular la demanda interna, y superar las restricciones al consumo de las familias, dado que ventas minoristas disminuyeron 11,4 % en la primera mitad del año.
Con estos resultados, China se convierte en la primera potencia que supera el impacto del coronavirus, totalmente descontrolado en Estados Unidos y cuyos brotes, todavía hoy, hipotecan la apertura económica en Europa; según las previsiones, ambos lados del Atlántico tendrán una contracción de dos dígitos y un aumento del desempleo sin precedentes en las últimas décadas.
En el primer trimestre, la economía de Estados Unidos registró una disminución anualizada del 5% y según la estadounidense Pacific Investment Management Co., podría contraerse en un 30% interanual en el segundo trimestre y en un 5% en 2020 comparado con el año anterior, dado el ritmo de propagación del virus en el país.
Por su parte, según su último Panorama Económico Mundial, publicado en junio, el Fondo Monetario Internacional espera que el PIB de Estados Unidos disminuya 8% en 2020, en comparación con un crecimiento estimado del 1% en China.
Oxford Economics es aún más optimista y estima que la República Popular crecerá crecerá de un 6% en la segunda mitad del año y hasta un 2,5% para todo 2020, “respaldada por un mejor sentimiento después de la contención exitosa de la covid-19 y una importante flexibilización de la política fiscal y monetaria”.
A diferencia de los exabruptos “negacionistas” de Trump, que reabrió su economía y perdió el control de la epidemia (4 millones de infectados y 150.000 decesos), China desarrolló un mecanismo efectivo para combinar el combate al nuevo coronavirus (cero casos positivos en la última semana) y la recuperación económica.
Tanto el gobierno como el Partido Comunista y los principales medios de prensa se ufanan, con razón, de los resultados alcanzados y enfatizan que los mismos se obtuvieron a pesar de un contexto caracterizado por la guerra comercial y la guerra fría tecnológica desatada por Estados Unidos, a la que se sumó esta misma semana Reino Unido. Esta semana, el primer ministro británico, Boris Johnson, ordenó a sus empresas de telecomunicaciones abstenerse de cualquier relación comercial con el gigante de las telecomunicaciones Huawei, la más avanzada del mundo en la tecnología 5G y, con Apple y Samsung, uno de los principales fabricantes y vendedores de teléfonos móviles del mundo. El tesoro tecnológico chino es acusado por Washington y Londres de espionaje y es vetado por razones de “seguridad nacional” .
La recuperación de la economía es una muy buena noticia para el mundo, pero fundamentalmente para China, cuya estabilidad política, más que en cualquier otro país, depende indisolublemente de la marcha de su economía.