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Columna destacada | fútbol |

Mafia, fútbol y política

El fútbol nunca fue solamente fútbol

Nos mintieron. Nos dijeron que el fútbol debía permanecer al margen de la política. Que los deportistas debían limitarse a jugar; que las tribunas no eran lugar para hablar de guerras, invasiones, hambre, colonialismo o derechos humanos.

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Era mentira. El fútbol jamás fue neutral. El Mundialito, oficialmente llamado Copa de Oro de Campeones Mundiales, se disputó en Uruguay entre el 30 de diciembre de 1980 y el 10 de enero de 1981. Se organizó para conmemorar el 50.º aniversario del primer Mundial de Fútbol, celebrado en Uruguay en 1930. Participaron las selecciones que hasta entonces habían sido campeonas del mundo: las de Uruguay, Argentina, Brasil, Italia, Alemania occidental (que finalmente no asistió) y la de Países Bajos (invitada en reemplazo de Alemania occidental). La final se jugó en el Estadio Centenario, donde Uruguay derrotó 2-1 a Brasil. Lo curioso es que se trató del mismo resultado del mundial de 1950. En ambos partidos Brasil abrió el marcador; pero luego Uruguay empató y ganó con dos goles contra uno.

El torneo tuvo una fuerte carga política. Se disputó durante la dictadura blanqui-colorada-militar uruguaya (1973-1985), que intentó utilizar el evento como una vidriera internacional para mejorar su imagen. Al mismo tiempo, sectores de la oposición aprovecharon la atención mundial para denunciar la situación de los derechos humanos en el país. Este fue un ejemplo de cómo el fútbol y la política han estado históricamente entrelazados.

Lo mismo ha ocurrido en otras áreas deportivas. Jesse Owens fue un atleta estadounidense negro que ganó cuatro medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Sus triunfos fueron un duro golpe propagandístico para la ideología de la supuesta “superioridad aria” promovida por Adolf Hitler.

¿Hitler tuvo que entregarle la medalla de oro a regañadientes? No. Ese es un mito muy extendido. Lo que realmente ocurrió fue lo siguiente: el primer día de los Juegos, Hitler felicitó personalmente a algunos ganadores desde su palco. El Comité Olímpico Internacional le indicó que debía felicitar a todos los campeones o a ninguno, para evitar un trato discriminatorio. Hitler optó por no felicitar personalmente a ningún vencedor en adelante. Por eso no entregó las medallas a Jesse Owens ni le dio la mano durante la ceremonia.

Curiosamente, años después el propio Owens declaró: “Hitler no me desairó. Fue el presidente Roosevelt quien nunca me invitó a la Casa Blanca ni me envió un telegrama de felicitación”. Owens sostuvo que recibió una felicitación oficial del Gobierno alemán, mientras que en su propio país siguió sufriendo la segregación racial de la época.

En cuanto al fútbol, lo utilizaron las dictaduras, los imperios, las grandes corporaciones y quienes entendieron, mucho antes que nosotros, que una Copa del Mundo mueve más emociones que cien discursos políticos.

Por eso el miércoles, cuando Argentina e Inglaterra volvieron a verse las caras, no se jugó solamente una semifinal. Se enfrentaron dos selecciones, sí; pero también dos historias, dos memorias, dos formas de entender el mundo, y lo digo pensando en el pueblo argentino y no en su presidente, Javier Milei, que lleva el cipayismo más allá de los límites de la vergüenza. Su genuflexión ante el imperio británico, Estados Unidos e Israel es una alevosa traición a la patria. De hecho, acaba de manifestar: “Yo me siento identificado históricamente con Churchill, Reagan y Margaret Thatcher”. Básicamente, le lame las botas a quienes asesinaron a centenares de soldados argentinos en 1982.

Argentina e Inglaterra nunca juegan un simple partido. Desde la Guerra de Malvinas, ese encuentro quedó tatuado en la historia. En México 1986, apenas cuatro años después del conflicto, Diego Armando Maradona convirtió dos de los goles más famosos de todos los tiempos: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Uno desafió las reglas; el otro humilló futbolísticamente al viejo imperio. Ninguno de los dos puede comprenderse sin el contexto político de la época.

Quienes afirman que aquello fue “solo fútbol” nunca entendieron lo que ocurrió aquella tarde en el Estadio Azteca. Maradona sí lo entendía. Por eso nunca aceptó que los futbolistas fueran simples empleados del espectáculo.

Denunció una y otra vez a las mafias enquistadas en la FIFA. Criticó sin medias tintas las intervenciones militares de Estados Unidos. Defendió a Cuba, a Venezuela y a Palestina cuando hacerlo implicaba quedar fuera del discurso dominante. Lo llamaron provocador y lo acusaron de mezclar deporte y política; pero Maradona simplemente decía lo que muchos callaban.

Hoy el silencio parece haberse convertido en una virtud. Mientras miles de civiles mueren en distintos conflictos armados, mientras decenas de miles de niños agonizan bajo los escombros, mientras el derecho internacional es pisoteado por las grandes potencias, la inmensa mayoría de las estrellas del fútbol mundial permanece muda. Hablan de botines. Hablan de marcas. Hablan de contratos. Pero rara vez hablan de las víctimas.

Por eso resulta imposible ignorar el contraste entre ese silencio y las palabras de Kylian Mbappé. “Vamos a luchar contra la idea de que un futbolista debe callarse y limitarse a jugar”. No fue una frase menor. Fue una declaración de principios.

Mbappé entendió que un deportista de élite no deja de ser ciudadano cuando entra a una cancha y que la fama también implica responsabilidad. Lo comprendió igualmente Lamine Yamal cuando, durante los festejos por el título de Liga del FC Barcelona, decidió exhibir una bandera palestina. Un gesto sencillo, pero suficiente para recordar que la conciencia también puede expresarse desde un autobús descapotable.

Mientras algunos hablan, otros prefieren mirar hacia otro lado.

Hace algunas semanas Lionel Messi y Luis Suárez aplaudían a Donald Trump durante una ceremonia vinculada al Mundial. El gesto coincidía con uno de los momentos de mayor tensión internacional y pocos días después del ataque contra una escuela en Minab, Irán, donde murieron al menos 170 personas, la inmensa mayoría niñas de entre 7 y 12 años y sus maestras.

Cada uno es libre de aplaudir a quien quiera; pero ningún aplauso es políticamente inocente. Ninguna foto. Ninguna sonrisa.

La escena adquirió aún mayor significado cuando la FIFA decidió distinguir a Donald Trump con el FIFA Peace Prize–Football Unites the World, un premio incompatible con el papel que ha desempeñado Estados Unidos en diversos conflictos internacionales y con las profundas divisiones que genera su figura dentro y fuera de su propio país. Desde que se otorgó el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado, ya nada debería sorprender; pero premiar a Trump como líder de la paz es demasiado.

Como si todo eso no bastara, el propio Gianni Infantino confirmó haber recibido una llamada telefónica de Trump para solicitar la revisión de la tarjeta roja mostrada al delantero estadounidense Folarin Balogun. Finalmente, la sanción fue levantada. ¿Hace falta una demostración más clara de que el poder político ya juega dentro de la cancha?

La pregunta ya no es si política y fútbol deben mezclarse. La pregunta es por qué esa mezcla parece aceptable cuando favorece a los poderosos, pero resulta escandalosa cuando un jugador levanta una bandera o expresa solidaridad con un pueblo bombardeado.

También este Mundial dejó otra señal inquietante.

La Selección iraní enfrentó enormes dificultades derivadas de las restricciones de ingreso a Estados Unidos. Jugadores, periodistas y miembros de la delegación debieron superar obstáculos que ningún torneo mundial debería imponer. El fútbol comenzó a depender de decisiones migratorias y políticas ajenas al deporte.

Mientras tanto, Palestina continúa enterrando futbolistas. Jugadores muertos, canchas destruidas, clubes desaparecidos y un silencio que ensordece.

El 3 de julio, el futbolista palestino Saleem Al-Ashqar fue asesinado a tiros por el Ejército israelí. El arquero se había casado cinco meses atrás y su esposa esperaba su primer hijo. Según comunicó su club, murió bajo el fuego abierto de las fuerzas de ocupación. Fue uno más entre centenares de futbolistas asesinados desde la invasión israelí en 2023.

Quizá por eso la mayor victoria del poder no consista en controlar la FIFA. Consiste en convencer a los futbolistas de que callar es una obligación profesional.

Cuando lean esta nota, el maldito Mundial 2026 estará finalizando. Maldito porque, en primer lugar, jamás se debió jugar en el territorio de una potencia que está sembrando el horror en varias partes del planeta.

En la final habrá una fotografía que recorrerá el planeta. Un presidente entregando la copa, dirigentes sonriendo y jugadores recibiendo medallas…

Cada uno interpretará esa imagen desde sus propias convicciones. Para muchos será un acto protocolar; para otros, representará la legitimación simbólica de una dictadura internacional que está arrasando con todo y con todos.

Cada futbolista decidirá qué significa estrechar las manos del genocida. Porque las manos también hablan.

Quedarán de un lado quienes solo vieron una pelota y un campeonato y estaremos en otro lado los que vimos las miserias del poder y el transcurso de la historia a los tumbos.

Y es que la historia, como el fútbol, no fue, ni es, ni será jamás neutral.

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