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Columnas de opinión | Batlle | fútbol | política

Parte I

Batlle y Ordóñez, el fútbol y algo más

Corresponde, en ocasión del vigésimo tercer Mundial de fútbol, reflexionar sobre la vinculación de Batlle y Ordóñez con este deporte.

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Este artículo forma parte de una secuencia centrada en la figura, obra y pensamiento de José Batlle y Ordóñez en la que hemos apelado, ante todo, a citas textuales extractadas de diferentes ediciones del diario El Día, escritas por Batlle o por sus colaboradores directos.

Esta es, sin embargo, una historia a medias criolla y a medias inglesa, con unos cuantos toques de gritos (no precisamente deportivos), de guerras y de sangre, y hasta de un fatídico balazo (uno entre miles, en realidad) disparado a quemarropa contra un presidente de la República. Y, como si fuera poco, esta historia lleva implícita más de una circunstancia en que la política y el fútbol debieron encontrarse, mirarse a los ojos, parlamentar y negociar (al igual que ahora, pero en otro contexto y con otros actores).

Corresponde, así, en ocasión del vigésimo tercer Mundial de fútbol, reflexionar sobre la vinculación de don Pepe con este deporte. Al fin y al cabo, le tocó vivir (si no durante su niñez, al menos en los años de su juventud), a partir de 1875, en los tiempos de las canchas improvisadas, muy escasas todavía, pero ya apasionadas, en las que los funcionarios ingleses de los ferrocarriles, los tranvías, los seguros, las empresas portuarias y los frigoríficos, a los que deben ser sumados unos cuantos alumnos de los colegios británicos, se dedicaban a despuntar el vicio los domingos a través de su deporte nacional, que se extendió prontamente al resto de la población.

Aunque el joven Batlle y su hermano Luis habían recibido una esmerada educación en lengua inglesa al punto de que, si se peleaban, sus profesores los obligaba a maldecir en inglés, es muy probable que jamás hayan pateado una pelota, puesto que, en el caso de José, éste frisaba ya los veinte años cuando el juego comienza a difundirse en Uruguay. Se sabe, sin embargo, que a Batlle le encantaban las carreras a pie, e incluso hacía apuestas contra el carruaje en que viajaba su padre, cuando iban de la Ciudad Vieja a la Aguada, en que residían; pero después se metió de lleno en los entrenamientos propios de un caballero de la época, que incluían esgrima, tiro y gimnasia.

El fútbol, mientras tanto, siguió escalando sitios de relevancia en el deporte oriental y, sin embargo, ni entonces ni ahora, estuvo alejado de la política, por más diferencias que puedan existir en sus finalidades y actividades respectivas. Ya por la fuerza de los derroteros históricos, ya por la complejidad de las circunstancias de la vida, ya por el éxito arrollador que tendrá este deporte y sus inmediatas implicaciones con las esferas de poder, de influencias y de millonarias cifras de dinero, lo cierto es que siempre existieron entre ambos campos, cruces de diverso signo. El primer ejemplo no se vincula precisamente al fútbol y tampoco al dinero, pero sí a uno de los principales objetivos de la política de la época, llevada adelante por una porción de jóvenes universitarios imbuidos de amor por la libertad y de ardor cívico: la aspiración a derrotar una tiranía y restablecer el rumbo republicano del país. Todo comenzó con la creación de una institución deportiva temprana, la Sociedad de Tiro y Gimnasio Montevideano, de la que Batlle sería uno de sus fundadores. Nacida a comienzos de 1880, dicha sociedad se constituyó casi desde el primero momento en uno de los principales sitios de conspiración contra la tiranía de Máximo Santos. Allí, entre torneo y torneo, y mientras se planeaban los “Juegos Atléticos Anuales”, se escucharon protestas, proclamas y arengas, se trazaron planes de rebelión y se produjo, en suma, el germen de la revolución del Quebracho la cual, si bien derrotada en el campo de las armas, se erigió en símbolo triunfante en el plano de la moral ciudadana y en la defensa de las libertades, los derechos individuales y las garantías.

Llegamos así al año 1891, que resultó prolífico en materia deportiva. Atrás había quedado el más ominoso período de la dictadura cívico militar, protagonizada por Lorenzo Latorre y Máximo Santos, seguida por la transición en que gobernó Máximo Tajes. Fueron en total unos catorce años (1876 a 1890). Restaurado el civilismo, y aun entre los coletazos de la terrible crisis económica que se abatió sobre el país, en 1891 la situación se hizo propicia, por lo menos en parte, para el renacer de la porfiada esperanza que agita el alma humana y hace posibles esas actividades que solamente florecen cuando se divisan en el horizonte celajes de una relativa tranquilidad. Resurgieron así, en amplio abanico de emprendimientos y proyectos, cosas que iban desde simples aficiones hasta los más empecinados y recónditos sueños y pasiones, de las que el fútbol encarnaría una parte no despreciable para la mayor parte de la gente. Por eso, el 1 de junio de 1891 nacía el Albion Football Club, de inocultable semilla británica, que fue sin embargo el pionero o decano de este deporte entre nosotros, y muy poco después, el 28 de setiembre del mismo año se inauguraba, en la Villa Peñarol, situada por entonces a dos leguas de Montevideo (ya convertida en pueblo industrial planificado por ingenieros británicos, ferrocarrilero y carbonero por su actividad, su oficio y su servicio), el Central Uruguay Railway Cricket Club, o CURCC, que contaba con una sección de fútbol, a la que comenzó a denominarse, de manera coloquial, como club Peñarol, nombre que adoptaría de manera oficial en 1913.

Pero las turbulencias políticas no cesaron. El civilismo no fue capaz de inaugurar una paz verdadera entre los orientales, pues Julio Herrera y Obes se creía llamado a imponer una participación política selectiva, y estaba convencido de que el pueblo no tenía aptitudes ni siquiera para elegir adecuadamente a sus representantes. Por eso, la corrupción campeaba, bajo el eufemismo de “influencia directriz”. Por eso, un joven y ardiente periodista llamado José Batlle y Ordóñez se trabó en lucha ideológica con esa mentalidad y esa facción. Llegado el año 1897 se produce la segunda revolución blanca de Aparicio Saravia (la primera no pasó de una mera demostración de voluntad opositora y de arenga política, allá por el lejano norte), y el 25 de agosto ocurría el primer magnicidio, cuando Avelino Arredondo mata de un balazo en el corazón al presidente Juan Idiarte Borda, en medio de un desborde de gente que contemplaba el desfile militar y cívico, a la altura del Club Uruguay. ¿Tuvieron alguna participación en estos hechos los clubes de fútbol Albion y CURCC? ¿Se inclinaron los ingleses por la participación política en nuestras eternas pujas partidarias? Nada de eso. La cosa no les interesó ni siquiera como anécdota. Simplemente les molestó en grado variable, en la medida en que los gritos de guerra y las siluetas de jinetes y de lanzas podían estorbar sus actividades de recreación y esparcimiento deportivo (dejo entre paréntesis, como es obvio, la molestia mayor, la de verdad, que nublaba de preocupación al propio Parlamento inglés, relativa a los entorpecimientos que pudieran sufrir el comercio y la industria británicas ante los repetidos desafueros de una nación incorregible).

Iba a darse, sin embargo, y más pronto de lo que todos creían, un vínculo directo, más o menos pequeño y más o menos modesto (según como se le mire) entre el naciente fútbol y la política uruguaya. Y no porque existieran ya las emociones de las multitudes patrias. Se forjarían un día, cómo no, esas uniones inquebrantables, por un lado, y rabiosas rivalidades por el otro, que trascienden el campo de juego y se meten en todos y cada uno de los vericuetos de la sociedad humana, se extienden a través de las generaciones y se emparentan con el culto religioso y con las más sagradas dimensiones vitales. Y ocurrirá algún día que ciertos horrores acaecidos en el terreno político lleguen a los clubes, conmuevan a los jugadores y a algunos aficionados y se conviertan en verdaderos ejemplos de resistencia y reivindicación social frente a regímenes opresores, así sea por un momento. Pero para todo eso no era tiempo, y cualquier viviente de esos años se habría asombrado ante la sola idea de que algo semejante aconteciera. Y sin embargo ocurrirá alguna cosa diminuta, puntual y concreta, tan necesaria como impostergable, que habrá de conectar al naciente deporte con la más alta y directa voluntad política. De tales cuestiones trataremos en el próximo artículo.