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Columna destacada | inclusión | Independencia | Orsi

Acertado discurso

Sin inclusión no hay independencia

Si no hay justicia social, inclusión ni igualdad de oportunidades, la independencia de los uruguayos, de cuya histórica declaración celebramos, el pasado lunes 25, los primeros doscientos años, es una suerte de renga entelequia.

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En efecto, ¿qué independencia real puede tener alguien que vive en un rancho de lata y piso de tierra o una persona que sobrevive en la indigencia, sin techo bajo el cual cobijarse, casi sin ropa y con serias limitaciones para alimentarse?

Si bien es muy gratificante conmemorar un hito marcado a fuego en nuestro calendario patrio, no debemos quedarnos en la simple contemplación del pasado, sino centrarnos en el presente. En tal sentido, la mayor virtud del discurso del presidente de la República, Yamandú Orsi, quien explicó minuciosamente el significado simbólico de la celebración, acorde a su profesión de docente de Historia, fue aterrizar sus reflexiones en el hoy.

En efecto, dos siglos después, si bien Uruguay es una nación plenamente soberana en lo político y con una democracia consolidada hace cuarenta años, sigue siendo igualmente dependiente, porque no es ajeno a lo que sucede en un mundo sacudido por cruentos conflictos militares y una guerra comercial que nos condiciona para avanzar y prosperar.

Obviamente, tuvo razón Orsi cuando afirmó que la Declaratoria de la Independencia en la Piedra Alta fue parte de un proceso, explicitando su trascendencia. En nuestra opinión, doscientos años después ese proceso está inconcluso, porque nuestra América Latina mestiza está balcanizada al no haberse cumplido con el mandato histórico de construir la patria grande proclamada por Simón Bolívar, José Artigas y otros emblemáticos próceres.

No en vano, como región todavía afrontamos riesgos, como el que representa el imperialismo yanqui amenazando a la Venezuela bolivariana con una invasión y la intolerable injerencia de la Casa Blanca en Brasil, aplicando un fuerte arancel comercial como represalia por el proceso penal por intento de golpe de Estado contra el expresidente fascista Jair Bolsonaro.

Empero, cuidando las formas para que nadie lo acuse de violar la Constitución de la República, el jefe de Estado se dedicó a enumerar los desafíos contemporáneos de Uruguay, centrados, en primer término, en el problema demográfico. Al respecto, reafirmó la necesidad de amparar a la infancia, la adolescencia y la vejez, fuertemente impactadas por las políticas de exclusión de la anterior administración de derecha, que disparó la pobreza infantil, que hoy está situada en casi un 33 %, y deterioró la dramática situación de los ancianos pobres, que perciben jubilaciones de indigencia y carecen de protección por la desatención del gobierno de Lacalle Pou al Sistema Nacional de Cuidados, que fue uno de los buques insignia de la última presidencia de Tabaré Vázquez.

La atención a la pobreza de la infancia y la adolescencia será una de las prioridades incluidas en el proyecto de presupuesto quinquenal del Poder Ejecutivo, que será remitido próximamente al Parlamento nacional para su análisis y ulterior aprobación.

Por supuesto, aguardamos que la oposición blanqui-colorada rectifique su postura mezquina e intransigente y otorgue las mayorías necesarias para su sanción legislativa.

El presidente de la República puso especial énfasis en proclamar la importancia de avanzar hacia un modelo de desarrollo integral que combine crecimiento económico, justicia social y equilibrio territorial: “Debemos lograr un desarrollo equilibrado, o seguirá siendo la historia de siempre de los países dependientes, escorados hacia el puerto”, expresó.

Esta reflexión es también un mensaje indirecto hacia la oposición derechista, para la cual la justicia social no es una prioridad y el gobierno pasado constituye un cabal testimonio de la falta de interés por forjar una sociedad sin groseras inequidades sociales y con menos desigualdad. No en vano, blancos y colorados reaccionaron airadamente ante la propuesta de cobrar un impuesto mínimo del 1 % al 1 % más rico lanzada por el movimiento sindical, que está en debate en la interna del Frente Amplio, pese a que ha sido desestimada por el presidente Yamandú Orsi y por el ministro de Economía y Finanzas, Gabriel Oddone. La alternativa, que no debería ser descartada sin un previo estudio económico y situacional, podría ser ajustar al alza el impuesto al patrimonio, que actualmente tributa una tasa simbólica de apenas un 0,10 %.

En un escenario restrictivo, como lo anunció el gobierno merced a las deudas y al pesado déficit fiscal heredado de la derecha, un ingreso adicional, que se estima cuantioso según los cálculos de calificados economistas, sería fundamental para afrontar el gasto demandado por políticas sociales indispensables para potenciar el desarrollo humano de nuestra sociedad.

Si bien la actual coyuntura puede ser compleja, no se compara, en modo alguno, con el desastre heredado en 2005 por el primer gobierno de izquierda encabezado por Tabaré Vázquez, luego de la demoledora crisis del 2002 provocada por la coalición blanqui-colorada de la época.

Uno de los pasajes más significativos del mensaje de Orsi, que tiene un valor sustantivo en la actual situación de tensión devenida de los agravios proferidos por el senador nacionalista Sebastián da Silva contra su colega frenteamplista Nicolás Viera, fue el alusivo al valor de la tolerancia y el respeto por el pensamiento distinto en una democracia signada por la pluralidad ideológica.

Sería plausible que los destinatarios de estas precisiones tomaran conciencia de la necesidad de recuperar altos estándares de convivencia democrática, desestimando actitudes destempladas que mucho daño le hacen a la política. “Debemos abandonar esa tentación de calificar a las personas o no querer escuchar lo que éstas quieren decir a los otros”, afirmó el presidente, quien, desde el comienzo de su mandato, adoptó una actitud de tolerancia y mano tendida con la oposición, al ceder cuarenta cargos a la derecha en las empresas públicas y los organismos de contralor y al aplicar un criterio igualitario, generoso y racional en la asignación de partidas para los gobiernos departamentales, la mayoría de los cuales son ejercidos por el Partido Nacional.

Según Orsi, esa tolerancia deberá traducirse también en empatía hacia quienes más sufren, en implícita relación a los pobres, en forma muy particular a niños y adolescentes, y a las personas en situación de calle, que en los pasados cinco años crecieron exponencialmente.

El orador no soslayó el tema de la seguridad, con el compromiso asumido en la campaña electoral de combatir el delito pero también las causas del delito que tiene un origen social, ni tampoco el tópico de la violencia intrafamiliar y la que se visualiza en otros ámbitos de la sociedad uruguaya, como el del deporte, con recientes y trágicas consecuencias.

Obviamente, en materia de política exterior, ratificó la postura principista del gobierno de apostar fuerte al multilateralismo y a la paz mundial, aludiendo, sin mencionarlo explícitamente y sin adjetivos calificativos, a la trágica situación de la Franja de Gaza, agobiada por la muerte, el hambre y la desnutrición.

Sobre el cierre de su oratoria, el presidente propuso que cada aniversario sea una oportunidad para “volver a mirar el territorio, mirarnos a nosotros mismos y proyectarnos hacia el futuro”, reafirmando que, al igual que hace dos siglos, la astucia, el coraje y el sentido de pertenencia siguen siendo herramientas imprescindibles para seguir progresando.

Las reflexiones de Orsi constituyen un nuevo y ejemplar gesto conciliador en un escenario tensado y polarizado por una oposición intransigente y decidida a obstaculizar hasta donde se pueda, que, cuando fue gobierno durante los pasados cinco años, dejó un tendal de pobres y de indigentes y un país bastante más endeudado y económicamente comprometido que en 2019.

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