Paul Virilio, filósofo francés y analista militar, además de experto en cuestiones de cibernética, en su libro Cibermundo dice una máxima que él considera infalible: "No hay adquisición sin pérdida". Pone varios ejemplos antes de llegar al de la robótica o al de la física cuántica. Entre ellos, muchos son del ámbito de la urbanística; Virilio es también arquitecto urbanista. Lo hace en todo caso refiriéndose a la evolución de las tendencias que nos llevan no siempre a un final feliz, sino, en perspectiva distópica, a un mundo claustrofóbico.
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Uno de los ejemplos que resultan más perturbadores es el del ascensor. Dice Virilio que, cuando adquirimos el ascensor, perdemos la escalera. En términos concretos, es un hecho tozudo que, en tanto usamos el ascensor, las escaleras van quedando para salidas de emergencia.
Pero en comunicación ha ocurrido un proceso muy paradójico. En tanto adquirimos la comunicación telefónica en concreto y en proporción, hemos perdido cierta comunicación presencial. Pero en cuanto adquirimos los filtros a la comunicación telefónica, estamos perdiendo el teléfono. Pero lo estamos perdiendo en un nivel de poder personal menor. Porque hace 40 años quienes usaban filtros para la comunicación telefónica eran los "ejecutivos" —que así se llamaban en esa época, hoy se les llama CEOs—, que tenían secretarias y, por lo tanto, podían filtrar quién los llamase para lo que ellos quisiesen y quién no; pero a partir de la invención del contestador se fue popularizando y generalizando esa posibilidad. No solo los ejecutivos o CEOs tenían la potestad de filtrar una comunicación más enriquecedora en tanto interactúa de manera inmediata, de manera instantánea, sosteniendo la frescura de los matices, provocando en el momento las réplicas o las contestaciones, dando lugar a mayor entendimiento y a mejores entendidos, porque a medida que fueron surgiendo las adquisiciones del email, del WhatsApp y de otros filtros que sustituyeron a aquellas viejas secretarias y a aquel viejo contestador, se hicieron cada vez más confusos y cada vez mayores los malentendidos en la comunicación, a la vez que se empobreció en sí misma. Pero ocurre en este momento que aquellos que popularizaron la comunicación telefónica con filtros, hoy no usan filtros porque solo se comunican por teléfono. Me refiero a todos los centros de decisión del mundo, desde el Kremlin hasta la Casa Blanca o el Pentágono, pasando por el Gran Salón del Pueblo de Beijing y todos los subalternos o secundarios a los que pueda referirse. Todos ellos usan exclusivamente teléfonos de línea y tecnologías analógicas para comunicarse. Los motivos son dos: en último lugar, la seguridad, porque con líneas cerradas propias de cable están menos expuestos a las intercepciones. Pero el principal es que entre ellos no puede haber malos entendidos. La comunicación tiene que ser lo más minuciosamente precisa posible. Para eso se han multiplicado las comunicaciones presenciales entre ellos en las últimas décadas y también se han multiplicado las comunicaciones telefónicas, eliminando totalmente la adquisición generalizada de los filtros a la telefonía.
Estos, a nivel de masas, sin embargo, se convierten cada vez más en sustitutos de la telefonía directa. Es decir, son muy raros quienes hoy sostienen el código de llamar por teléfono; si el otro lo puede atender, lo atiende; si no puede, le devuelve la llamada, para tener de esa manera una comunicación muchísimo más enriquecida que la que se pueda dar por audios o por mensajes de texto de WhatsApp o de otras redes sociales. Además de menos fatigosa. Esta vez la máxima de Virilio se ha convertido en involucionista: hemos perdido el ascensor para ganar la escalera, porque ciertamente no hay adquisición sin pérdida.
Santiago Alba Rico, columnista español y ensayista de la Red Voltaire, entre otras, afirma que tendencialmente nuestra ágora actual son individuos aislados dándose la espalda, digitando mensajes para teléfonos con función de secretarios filtradores de la comunicación. No obstante, sí se ha adquirido un carácter evolutivo con la videollamada en vivo, que además puede ser grupal. Este aspecto, aplicado sobre todo en los ámbitos laborales, tuvo entre otros pioneros a Carlos Perciavalle y China Zorrilla, que trabajaron buena parte de su vida comunicándose telefónicamente entre Uruguay y Argentina, e incluso hicieron un espectáculo teatral basado en sus comunicaciones telefónicas. Pero esta tendencia en los ámbitos laborales refiere a comunicaciones menos cuantiosas que las de la vida en los ámbitos estrictamente personales. Y esta cuestión no hace más que agravar un mundo en el que, según Godbetter, los seres humanos estamos profundamente solos y aturdidos, temblando, conteniendo el llanto y sin saber qué hacer, aparte del mensaje de WhatsApp que puede, si se lee, eventualmente librarnos de una urgencia.
En cuanto al segundo motivo para utilizar tecnologías analógicas en las comunicaciones de los centros mundiales de decisión, es la seguridad de evitar intercepciones y espionaje. Por eso Putin declaró que había leído una carta que le envió Jamenei, el líder supremo de Irán, en forma epistolar “decimonónica” prácticamente. Esto ya ocurría en tiempos de la resistencia a la dictadura en Uruguay. A veces los contactos debían hacerse con un chiclet, que era un papel pequeño donde escribíamos seña, contraseña, lugar y horario. Lo plegábamos hasta que tuviese la forma de un chicle, lo forrábamos de cinta adhesiva y, de esa forma, nos asegurábamos de que, en caso de caer, quien tuviese la información masticase y tragase el "chicle", salvando al destinatario de una “ratonera”, evitando que el otro cayera. Era para evitar además los teléfonos que podían estar pinchados. Ya por seguridad se evadía la tecnología.
Esta semana, al enterarme por Putin del modus operandi de su relación con su par iraní, imaginé al mensajero de esa carta, al chasque de esa misiva, haciendo escalas de avión inusitadas y pronto para, ante cualquier riesgo, trozar en papel picado el mensaje y engullirlo en un avión de línea o en la sala de un aeropuerto.
En cuanto al contenido de la carta, solo Jamenei y Putin lo saben. Es posible que éste, luego de leerla, la haya prendido fuego y tirado al váter las cenizas, tal cual el compañero receptor del “chicle” una vez desplegado, leído y memorizado.