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Columnas de opinión |

reflexión

¿Parlamento papal?

Condenamos todo tipo de discriminación, y defendemos garantías estatales a los derechos humanos en igualdad de oportunidades, sin oposición a ninguna religión.

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Susana Andrade

Consideramos antidemocrático invitar al Papa al Parlamento uruguayo, sería un acto de sumisión o vasallaje del Gobierno uruguayo. En los hechos consagraría un modelo de laicidad impositiva imperante, con naturalizada supremacía de la cultura hegemónica occidental incluida la institución iglesia católica. No precisan más reinado del que ya tienen.

Condenamos todo tipo de discriminación, y defendemos las garantías estatales a los derechos humanos en igualdad de oportunidades, sin oposición a ninguna religión.

¿Cuál es el aporte que se espera? Otras religiones podrían brindarlo también seguramente, y dar ejemplo unidas en mensajes de paz, diálogo, solidaridad, buen trato, igualdad, esperanzas, y tantas buenas prácticas que las diferentes espiritualidades predican y practican. Muy necesarias miradas en un mundo de violencia imperante.

Entonces invitémoslas a todas las filosofías religiosas que hay muchas en nuestro país, algunas desgraciadamente muy discriminadas y perseguidas, que necesitan mucho la democratización de sus mensajes, y brindemos esa importante señal de amor al semejante, de respeto e igualdad en el trato, no poniendo a una por sobre las demás, lo cual sería una violación a los derechos humanos instaurada desde el Poder Legislativo.

Es una situación por demás arbitraria esa invitación, que incluso no contempla el sentimiento de quienes no creen en ninguna confesión religiosa y podrían sentirse afectados en sus libertades fundamentales con legítima razón. Es gravísimo.

El Parlamento alberga teóricamente todas las formas de sentir de la población, entonces, si se hace una invitación de estilo religiosa: que sea plural o que no sea.

Ojalá se reflexione y se discuta debidamente una decisión así tomada por algunos legisladores de Cámara de Diputados. Que no son monarcas que hacen lo que se les ocurre porque tienen poder político, olvidando la responsabilidad republicana, y de dónde emana la autoridad y la soberanía de los Pueblos.

Es un dato de la realidad que aún seguimos colonizados ideológicamente y sin esfuerzos visibles de gestos públicos tendientes a la equidad social. Y encima esto.

Esa “visita” inevitablemente se percibe como un homenaje; y es la Ley la que se inclina ante la Iglesia Católica.

La visión de figura estatal vaticana -tan extraño eso de un país adentro de otro- se pierde en la dimensión religiosa de trascendencia internacional es cierto. Por eso mismo es totalmente innecesario ensalzar una jerarquización ya mundialmente establecida, también y viva la memoria, a costo de acompañar genocidios e invasiones sangrientas, asesinatos en masa y robos a pueblos originarios y africanos sometidos a esclavización, saqueo y salvajismo hace siglos, barbaries de las cuales aún sufrimos las consecuencias. Su poderío económico y social viene de ahí aunque no se mencione, y se apueste a mirar hacia adelante por la convivencia.

La democracia uruguaya se construyó sobre la base de igualdad y laicidad. Precisamente por respeto a todas las creencias y a la diversidad espiritual de nuestro pueblo, el Parlamento no debe otorgar privilegios simbólicos a ninguna confesión religiosa. La laicidad no es contra las religiones; es la garantía de que ninguna tenga supremacía sobre las demás.

Una posible proyección político ideológica, podría ser la intención de reposicionar la agenda “valórica” conservadora y como consecuencia sectores vinculados al catolicismo y muchas veces a la extrema derecha, volver a colocar en la agenda pública temas como aborto, educación sexual, diversidad sexual, familia. Invitar al Papa puede ser una forma de reforzar legitimidad moral o simbólica de esas posiciones dentro de la sociedad uruguaya. La señal es clara, la ley se inclina ante la religión católica.

Es bueno recordar algo superado por nuestra Ley de Educación que ya definió la disputa sobre la laicidad. En nuestro sistema político eso se laudó en el 2009 con la ley Nº 18437/17 de Educación Pública que define el concepto en su pluralidad. O sea, debería en todo caso, ser un evento multi religioso, y en consulta previa y diligente con las diferentes comunidades de fe que integran la ciudadanía y representan la multiculturalidad de nuestra sociedad. Recibir solamente al Papa en sede parlamentaria se interpreta inexorablemente como un privilegio institucional estatal, brindado a una confesión religiosa de la cultura dominante mientras otros cultos sufren discriminación étnico racial que involucra las creencias y tradiciones sagradas de pueblos históricamente avasallados.

Si se concreta esa actividad, inevitablemente será vista como un homenaje al Papa, por consecuencia, una promoción y sustento de privilegios naturalizados desde la colonialidad ideológica que aún permea a la sociedad uruguaya y determina que algunos sean “los religiosos” y otros sean “los macumberos”, por ejemplo.

El Parlamento no invita ni recibe líderes espirituales en actos oficiales dedicados a ellos, y abrir esa puerta obligaría a hacer lo mismo con todas las religiones simultáneamente. Esa rica diversidad cultural y espiritual debe ser respetada principalmente por quien debe garantizarla como organismo de gobierno, evitando cualquier gesto institucional que se perciba como preferencia hacia una tradición religiosa específica.

El Parlamento no debe marcar jerarquías religiosas. Recibir al Papa en el ámbito parlamentario implica jerarquizar una religión. El Parlamento no debe establecer jerarquías simbólicas entre religiones. En una democracia plural, el Estado no puede actuar como legitimador institucional de una fe sobre otras.

De nuevo; nos expresamos en defensa de la democracia, no en oposición a una religión.

La democracia uruguaya se construyó sobre la base de la igualdad y la laicidad. Precisamente por respeto a todas las creencias y a la diversidad espiritual de nuestro pueblo, el Parlamento no debe otorgar privilegios simbólicos a ninguna confesión religiosa. La laicidad no es contra las religiones; es la garantía de que ninguna tenga supremacía sobre las demás.

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