La misma barra que apareció en la noticia que leí. No tuve que leer, solo ví la foto y me dije: "pensar que quería organizar un toque ahí en unos meses". Pensar, que mi última noche en Clash fue un toque fantasma en un bar vacío.
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¡Ah! ¡Pero eran las 22, quien iba a estar a esa hora en Clash! La gente comenzó a llegar, como los vampiros, después de las 00.
Debería haberlo recordado.
Cuántas escenas se rodaron en esa cueva, la última que quedaba de mi torpe adolescencia, tal vez de una generación. Escenas donde yo tenía un grupo de amigos rebeldes; un tiempo donde nadie había cambiado y donde no pensábamos en cambiar porque no pensábamos en el futuro.
Hace poco pensé en Clash.
Remolino de belleza gótica y díscola. De rímel corrido. Cocaínomana. Desesperada.
Esa furia nos llevó a tantos otros antros que ya no están... Que se convirtieron en otra cosa y dejaron de reflejar nuestros propios recuerdos. Bares que solo sobreviven y sobrevivirán en nuestra memoria.
Y nos invade una tristeza tan profunda pasar por esos lugares que nos parecían enormes o lucían otras túnicas. Y encender la cinta. ¿Cómo pueden haber pasado 18 años?
***
Amarcord, Decibelios y Clash. Para ser justos. Los entierro a todos juntos en la tierra húmeda que aún conservo de entonces. Para que juntos puedan florecer. Me despido de un estado del alma que ya no tengo. Espero que al menos El Cañaveral esté abierto, que resista allá en Playa Pascual junto a las esperas de mil horas para volver a Montevideo de madrugada.
Que resistan en la noche ruidosa de los fines de semana, la vista nublada y la mirada salvaje.
***
Cómo tomaba yo el ómnibus para llegar a Piedras Blancas solía ser mi principal preocupación en mis memorias de Clash. Entonces rememoro el 102-106 nocturno. El ómnibus fantasma, la última oportunidad de volver a casa. Solo hacía un viaje: mitad del recorrido como el 102 y desde Guerra y Gral Flores hasta Tte Rinaldi como el 106.
Allá había que caminar todo Belloni de noche como un alma que la lleva el diablo hasta llegar sin aliento a la casa, trepar la reja; entrar sigilosamente para acostarse en la cama fría, con el sudor cuajado en la piel, cerrar los ojos... Y ver el ventilador del Clash girando.
***
Me digo:
—Los lugares que frecuentabas ya no existen.
¿Volverse viejo es que cierren todos los antros de tu juventud?