Al inicio, Juan trabajó con sus hijos Aníbal y Gastón en un galpón de su casa en San José de Carrasco, en el que hacía cartelería para la zona.
Hoy Juan trabaja solamente con su hijo Aníbal, que es pintor, docente y grabador, formado en la Universidad de la República, discípulo del maestro Anhelo Hernández. Ambos coinciden en que el espacio debe trascender lo formal. “Nosotros tratamos de generar un espacio en el que la gente se sienta a gusto, que pueda aprender técnicas y por supuesto, reciba todo el conocimiento que podamos transmitirles, pero queremos que vivan su experiencia sensible con la mayor libertad creativa posible”.
Para Juan, con el paso de los años, Caballo Azul se fue consolidando como un «club social» en el que se comparten reflexiones sobre el tiempo que nos ha tocado vivir y el rol de las artes como rescate de la sensibilidad. Por eso considera que también hay una mirada política del arte que defender.
“Acá viene mucha gente que se ha ido arrimando con el tiempo, que coincide en su forma de ver el mundo. Hay una mirada sensible que por supuesto confronta y rechaza este avance del fascismo en el mundo. No somos indiferentes a lo que está pasando en el mundo y tenemos ganas de conversar, de hablar, de crear, y por eso es que creo que este espacio ya es más que un taller donde se dictan cursos o se dan clases y se aprenden técnicas, es un espacio de investigación, reflexión y de resistencia”.
El mate compartido, el intercambio de libros y discos y de opiniones conforman la paleta cromática de matices que enriquecen el taller.
“Nos traen inquietudes pero también vienen con tesoros familiares, fotos, cuadros, reliquias que tienen muchísimo valor para las personas, y nos piden que los cuidemos, que hagamos algo con ello. A veces es colocarles un marco pero nunca se sabe en qué terminará ese material que nos acercan. Porque de las charlas surgen ideas y por ahí terminamos proponiendo algo diferente a lo que inicialmente pensaba el que se acercó hasta acá. Es un proceso sensible compartido, con todo gusto y sin atarnos a prejuicios ni a fórmulas”.
Juan se considera «bastante anarquista» en cuanto a su visión de tantas cosas del mundo actual. Cuestiona el modelo capitalista feroz que lo mercantiliza todo y por ello, enfatiza en el rescate de las artes y los oficios vinculados a las artes plásticas. “Somos creadores y artesanos, no podemos dejar morir el trabajo manual, nos gusta lo que hacemos y amamos cuidar esto como una forma de entender la vida”.
En el taller, los olores y colores se confunden con texturas y trazos. Ingresar al espacio es casi una invitación a tocar las maderas, a disfrutar los colores, a respirar arte.
“Creemos en ciertos valores casi como una decisión política. Hay maneras y formas alternativas de vivir esta vida a la que nos ofrecen el mercado todopoderoso y el capitalismo. Hay que insistir y resistir, porque también es cierto que hay mucha gente decepcionada con la política, porque nunca vamos a ver colmadas nuestras expectativas. Pero se trata de rescatarlo propositivo y el material sensible debe ser nuestra materia prima como forma de vivir una vida mejor. Personalmente aspiro a un cambio más profundo que lo que estamos viendo en nuestro país, pero eso no me impide insistir en que el camino es el de satisfacer las necesidades básicas y fundamentales de la población, y llenar de arte la vida de las personas. Por más que este sea un espacio en el que nos sentimos privilegiados, rodeados de gente maravillosa y trabajando en lo que nos gusta, no dejamos de ver la realidad que nos rodea”.
Memoria
En este enclave cultural del Barrio de las Artes fueron pintados, y están allí, aún exhibidos, algunos de los cuadros realizados por Lattanzio en homenaje a Elena Quinteros, Alfredo Zitarrosa o Daniel Viglietti, entre otros. Pero también allí, unos cuántos años atrás, se comenzaron a crear mosaicos con cerámicas y azulejos de las margaritas que simbolizan a las y los compatriotas detenidos desaparecidos. "Muchos de esos mosaicos están en las veredas de distintos barrios de Montevideo, pero también me han pedido muchos para llevar a otras ciudades de Uruguay y de otros países. Eso para mí es un gran orgullo. Incluso una amiga que me pidió uno y lo colocó en su vereda, un día vio que se lo habían robado. Y ella me contó que sintió que el que lo hizo, el que se lo llevó, valoró que ese mosaico con la margarita era algo importante. Y esa es una preciosa forma de ver la vida, incluso cuando nos enfrentamos a algo que nos causó tristeza".
Juan habla pausado y ríe. A veces se detiene en medio de una frase, una idea, y queda observando a través de los ventanales del taller a la gente que pasa apurada, alienada, sin ver la riqueza arquitectónica de la zona.
"Yo creo que cada uno tiene su tiempo. Cuando viene gente por primera vez que no sabe bien qué quiere hacer, nos consulta y nosotros tratamos de escucharlos a ellos. Llegan porque alguien les recomendó el espacio o porque recibieron un poco de información sobre lo que hacemos acá y se arriman, a veces sin saber bien qué es lo que les gustaría hacer. Pero llegan con sus inquietudes y curiosidad. Y nosotros tratamos de respetar sus tiempos, no le pedimos que tengan experiencia para comenzar algo, sino les explicamos que somos nosotros los que debemos descubrir las habilidades de cada uno. Ahí comienza un proceso en el que nos vamos conociendo. Claramente, el dibujo es algo así como la columna vertebral de todo lo que hacemos, porque si vamos a hacer un mosaico o pintar, no solamente debemos tener conocimiento del color, sino que debemos tener una ruta para saber por dónde vamos a transitar y esa ruta es la que nos marca el dibujo. Después es todo descubrimiento. Y como quería el maestro Pareja, que a través del arte se formaran hombres libres, yo creo que en este espacio vamos por ese camino. Buscando la libertad expresiva y creativa, a partir de la relación color y forma en las artes".