Orfila Bardesio nació en mayo de 1922 en Montevideo, pero pasó gran parte de su vida en Treinta y Tres, departamento en el que trabajó como profesora de Literatura en Enseñanza Media. Docente y poeta, Bardesio estudió en la Universidad de Mujeres, dirigida por Alicia Goyena. Trabajó en la Biblioteca Nacional, dictó numerosas conferencias y colaboró con publicaciones nacionales y extranjeras como Alfar, Marcha, Entregas de La Licorne y La Nación.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
En 1939 inició su carrera literaria con Voy, libro neorromántico de prosas y versos por el que, a sus 17 años, Alberto Zum Felde la presentó en el Paraninfo de la Universidad, en el marco de las actividades de la institución ‘Arte y Cultura Popular', de acuerdo con la Academia de Letras.
Susana Soca la introdujo también a la ‘Sociedad Amigos del Arte'. Fue amiga de Clara Silva y Esther de Cáceres. Obtuvo cuatro veces el Premio del Ministerio de Educación y Cultura (por el tríptico Uno y Poema) y el Primer Premio del Municipio de Montevideo (Por Poema y El ciervo radiante).
Según la Academia de Letras Bardesio "trabajó particularmente el uso de la imagen y su carga simbólica. La Naturaleza, los animales y Dios son constantes de su poesía, que está recorrida por una profunda fe católica. A su vez, hay en su poesía espacio para un erotismo intelectual, en poemas como ‘A las uvas' o ‘Al sexo de un caballo'. Wilfredo Penco señala que su obra es el ‘resultado de una cuidadosa orfebrería…, y de una capacidad de asociación discrecional pero no arbitraria… que convierte combinaciones de palabras en objetos de atractiva sensualidad'".
En las notas preliminares de Voy Bardesio expresó: "No fue mi primera intención dar a luz estas primeras páginas inestables. Tienen debilidad de recién nacidas. He querido corregirlas algo, pasada la embriaguez de la inspiración. Sin embargo, las doy así, como limpias manchas íntimas. Como francas pinceladas espontáneas".
El abrazo
Un brazo con batallas ardientes.
Otro brazo con jardines ebrios.
Los ciervos saltan sin extrañar la hierba
de un brazo a otro brazo.
El equilibrio
Cada vez que el silencio
desciende su escalera de pausas
hacia raíces oscuras,
las palabras coronan
gloriosamente los tallos.
Paisaje
Muros intensos separan a la niña de su aire
con noches duras.
Su voz quebrada vuelve sobre ella misma,
sin las gacelas que la enviaron:
¡Guía, muéstrame el mapa de mi país,
muéstrame el puerto de mis naves!
¡Mientras camino, permíteme llorar
en pinos altos!,
¡ayúdame a pronunciar su idioma!
¡Dime si puedo entrar en sus templos
con mis manos desnudas!
Para besar un olor a resinas,
¿debo morir, antes que él
me ofrezca sus promesas?
¿Debo bañarme en el río? ¿Debo callar?
¿Debo perder los años en un instante?
¿Beber un siglo al mirar, al decir,
o debo dar la sangre a una liebre
presa de rojas furias inocentes?
¿Extraviarme como mendigo
enamorado del mundo,
conquistar territorios con mis llantos?
Para rezar en la oración
y para arrodillarme en la humedad,
¿debo de haberme ahogado
en el océano, hace mucho,
y tener la salud de ese bautismo?
¡Oh, Guía! ¡Tuerce la brida hacia la sombra!
¡Cúmpleme en la penumbra de los pinos!
¡Dame mi paso en esa catedral,
mis pies en esa tierra,
mi fuerza en sus victorias,
y déjame anidar en el secreto
aunque la luz me toque desde lejos!
¡Yo quiero ser la sombra,
quiero que al fin la esclava,
la olvidada, la pobre,
a sonidos y a huesos,
sea invitada!
Guía: ¡llévame a conocer mi rostro
por los estanques nunca sostenido!,
¡llévame ante mis madres y mis hermanos!,
¡preséntame a los miembros de mi familia!
¡Cuenta las peripecias de mi viaje,
los vivos cementerios en que he sido enterrada!
Condúceme al calor que diga con silencios:
“esta es tu casa, entra...”
—Cuando el punto que el Ángel sostenía en sus manos
sobre el exhausto pecho de la niña es labrado
una paloma alumbra.—