Pocas son las cosas más dinámicas que las palabras; pasa el tiempo, pasan las personas y pasan las palabras. Cada generación genera muertes, nacimientos y cambios en el habla. Más todavía en este territorio en el que han pasado tantas migraciones durante toda su historia. América Latina, esa raza cósmica (que mencionaba Vasconcelos), ese crisol que se configuró esencialmente de los vaivenes del choque y el encuentro. Esa triste dualidad que construye a posteriori una identidad compleja.
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En la ciudad puerto, capital y más poblada urbe los encuentros y desencuentros, fueron generando una forma particular de hablar. De todas las raíces que configuraron el habla montevideana, quizás los modismos canarios fueron los que más influencia tuvieron.
Los canarios llegaron en el siglo XVIII, fundaron la ciudad y fueron el contingente poblacional más extenso durante muchos años. A partir de 1726, el navío Aviso Nuestra Señora de la Encina y, tres años más tarde, el San Martín fueron trayendo contingentes del archipiélago. Estos regalaron a la ciudad una serie de palabras que han quedado en el habla hasta hoy día. Sólo hay que imaginar todo lo que ha pasado, todo lo que ha cambiado desde el siglo XVIII, y así podremos darnos cuenta de la importancia de estos canarios y su legado. La lexicografía nos demuestra que algunas palabras del archipiélago, 127 más exactamente, subsisten en el habla uruguaya. No todas subsisten desde 1726, algunas llegaron en tiempos de Uruguay (1830), pero las más son un testimonio viviente de la canarización de Montevideo. Algunos de estos términos son provenientes de las islas, lo que llamamos “canarismos”, pero otras -la mayoría- son palabras que si bien no pertenecen al habla canaria, llegaron a Montevideo a través de estos. Los autores así lo consignan. Más que nada son términos náuticos de origen portugués o español peninsular, o son palabras utilizadas en común con toda España y que no se sabe con certeza su historia.
Las palabras no mienten porque no tienen necesidad. La gente todavía teme a las ‘aguavivas’, coloca el agua en ‘baldes’, se quema con ‘charamuscas’, come ‘duraznos’, al igual que ‘gofio’, y cuando alguien no parece del todo inteligente, le llama ‘zonzo’. “Solían ir a los raboneros en verano a retozar y darse un baño en la playa sin temor a las aguas-vivas”. Esta crónica de Isidoro de María es fechada en 1750 por el mismo autor; no es raro entonces pensar que esta palabra haya llegado en 1726 o 1729. Aunque Laguarda Trías (Voces de Canarias en el habla montevideana, 1982) plantea que es reciente su uso dado que la primera noticia que tiene del vocablo es de 1866 (Viera y Clavijo), nadie puede saber a ciencia cierta cuándo se acuñó. Pensemos que De María escribió esta crónica antes de 1887, año en que salió la primera impresión; no es raro pensar que no conocía quizás esta publicación de 1866. Otro de los términos es balde: “Vieran ustedes la avalancha a ellos (a los carros aguadores) de chicos y grandes, con sus baldes”; también en crónicas de Isidoro de María. Balde como cubo de madera para el agua y es así como se utiliza hoy día. Este, según Laguarda Trías, es un término que procede de Portugal y ya en el siglo XVI se encuentra en el habla de los marineros. Desde ahí que pasó hacia las Islas Canarias (hay documentos que lo consignan) y luego a Montevideo. Charamusca, así como “leña menuda que se hace fuego en el campo”, es una voz que se encuentra en Canarias, pero como muchas más, viene del léxico náutico español. Pero en las Canarias es muy utilizado y aquí en Uruguay lo consigna De María en una crónica de 1805: “Hacían su fueguito con charamuscas para calentar el agua en la calderita de fierro para el mate” (Montevideo antiguo, tomo II, pág. 94).
Felipe Pérez de Sosa (abuelo del presbítero Pérez Castellano) tenía en sus campos 516 pies de duraznos. Lo que parece tan natural no lo es si descubrimos que el vocablo procede de las islas. Al melocotón en Canarias se le denomina durazno; más que un canarismo, dice Laguarda Trías, es una dicción con valor arcaizante en España. Pero es difícil no pensar que fueron aquellos canarios los que trajeron aquel vocablo utilizado en España. “Los duraznos, aquí, unos son blancos y otros amarillos”, nos dice Pérez Castellano en sus Observaciones sobre agricultura.
Gofio debe ser, de las palabras canarias, la más conocida por los uruguayos. El gofio como “harina gruesa de maíz, trigo o cebada tostada” (DRAE) es un alimento muy consumido en Uruguay. Esta es una de las únicas palabras guanches (nativos de las Islas Canarias) que subsisten en las islas. No es raro que sea tan utilizada en la colonia poblacional más importante de aquellas islas: Montevideo. “El criollito, mojonero / que come gofio a puñaos”, nos relata el Viejo Pancho (Alonso y Trelles). Es esta una de las tantas veces que el término aparece en Uruguay. Antes de que llegaran los primeros canarios, para denominar a la harina tostada se utilizaba la voz quechua chuchuca o chuchoca. Es más que claro que este modismo que hasta hoy subsiste, como el alimento que determina, llegó con los canarios entre 1726 y 1729.
Larrañaga, en su viaje hacia Paysandú para reunirse con el jefe de los orientales en 1815, levantó un diario que ha quedado para la posteridad. Observaciones y más observaciones son las que quedaron de un viaje largo y cansador. “De la misma bosta o estiércol usan para el fuego y para reboque [sic] o enlucido de los ranchos”. El término ‘bosta’ es muy utilizado en el campo uruguayo hasta nuestros tiempos. Así como “excremento del ganado vacuno y equino”, el término, si bien tiene una raíz gallego-portuguesa, que a su vez tiene su arranque en el latín tardío (bostar), es muy utilizado en Canarias. Además, consignan los especialistas, fue introducido a América desde las Canarias, dado que se puede rastrear en los países con esa influencia.
Entre las palabras que son casi un legado canario a Montevideo, y que todavía se utilizan sólo aquí, encontramos el vocablo ‘pileta’ como instalación para lavar la ropa. En Montevideo, su uso lo consigna el cronista De María: “La primera demente o idiota que se recogió en el hospital fue una desgraciada traída de Canelones, que le llamaban la Mata-toros, pero tan inofensiva que andaba suelta, ocupada en el lavado de ropas de hospital en la pileta del mismo”. Esta voz se utiliza hasta el presente, al igual que el artefacto llamado pileta en el que nuestras madres lavaron tantas toneladas de ropa.
Terminando este viaje por las palabras -aunque quedan términos como velorio, viejo/a (como padre o madre), uñero, zonzo y muchas otras-, diremos que la mayoría de estas palabras no son de origen canario, sino que llegaron aquí presumiblemente a través de las islas; y a pesar de una gran serie de movimientos poblacionales que se dieron hacia Uruguay en 200 años, de todos los países de Europa. A muy grandes rasgos: las Invasiones Inglesas, en 1830, durante la Guerra Grande (ejércitos franceses, ingleses e italianos), alrededor de 1880-1890, durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), en la Guerra Civil española (1936), durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45). Estas fueron las grandes migraciones que recibieron Montevideo y Uruguay. A pesar de todo esto, subsistió algo de aquellos fundadores, algo que debemos desempolvar, capa tras capa descubrir nuestro pasado y entender nuestro presente. De a poco y despacio, descubrir raíces. Dime cómo hablas y te diré de dónde vienes, dime Montevideo y te diré canarios.