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Editorial Justicia | Lacalle | Martín Fierro

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Reflexiones urgentes sobre la Justicia

Lacalle dice que cree en la Justicia, también Iturralde, Manini, Astesiano y Fossati. Hasta Marset cree en la justicia si amerita hacerlo.

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La justicia es un concepto complejo que abarca una serie de principios filosóficos, culturales, éticos, legales y sociales. Se refiere a la idea de tratar a las personas de manera equitativa. El vocablo "justicia" proviene del latín "iustitia", que a su vez deriva de "justus", que significa "justo" o "recto".

En su origen, la palabra estaba asociada con el derecho, la equidad y la moralidad.

El concepto de justicia puede tener relación con la proporcionalidad del castigo, con la equidad distributiva, con la imparcialidad, la transparencia y el derecho a un juicio justo, a la eliminación de las desigualdades y la equidad de oportunidades, a la corrección de los errores, a la compensación de los desvíos y a la restitución a las víctimas.

Hay una diferencia entre la justicia en su sentido etimológico y la Justicia como institución del Estado de derecho. La justicia en su sentido etimológico se refiere a la virtud o cualidad de ser justo… En este contexto, la justicia es una noción abstracta y universal que guía las relaciones en la sociedad. En abstracto, la justicia es un derecho humano. Se enfoca en lo que debería ser, más que en lo que es.

Si se cree que lo que debería ser en verdad es, creer en la justicia no es solo una hipocresía, una falsedad o una ingenuidad, es todo eso y una verdadera tontería. El conocido refrán de que “la justicia tarda pero llega”, en realidad es solamente aspiracional. Es común que la justicia no llegue, al menos si no tenemos en cuenta la perspectiva religiosa. Hay mil ejemplos de la injusticia en una sociedad como para creer en la justicia.

Cuando a la Justicia se le pone mayúscula, se constituye en una parte constitutiva del Estado, en una institución del Estado de derecho. La Justicia como institución del Estado de derecho se refiere a los sistemas y estructuras legales establecidos por un Estado para administrar y aplicar las leyes. Incluye tribunales, jueces, fiscales y el aparato judicial en su conjunto. Esta forma de justicia se concreta en la implementación de leyes y regulaciones. Se enfoca en resolver disputas, castigar delitos y proteger derechos dentro del marco legal establecido. La Justicia en el Estado de derecho es una función del Estado que busca asegurar un orden social.

Yo creo en la honestidad de los fiscales, los abogados y los jueces, pero confieso que no creo en la justicia. Tengo innumerables razones para no creer que el mundo es justo. Saltan a la vista las guerras injustas, el poder de los complejos militares y las calificadoras de riesgo, la pobreza infantil, el sufrimiento de los discapacitados, la desigualdad, las ventajas de los malla oro y las desventajas de haber nacido pobre.

Yo no creo en la justicia pero hay mucha gente que sinceramente cree en ella, sin pensarlo mucho, repitiendo frases hechas, siguiendo el rumbo de lo políticamente correcto y apelando a un sentido común devaluado, que resulta el menos común de los sentidos. Decir creer en la justicia es normal y hasta conveniente, pero no siempre es sincero.

¿Y por casa qué tenemos?

Todos dicen creer en la justicia. Lacalle dice que cree en la Justicia, también Iturralde, Manini, Astesiano y Fossati. Hasta Marset cree en la justicia si amerita hacerlo. ¿Quién osaría ser escéptico con los fallos de la Justicia?, ¿tal vez el prófugo, el prisionero o el ahorcado?

Astesiano no cree en la justicia porque dice haber sido amenazado por la fiscal Fossati y su testimonio parece creíble. Es más, anuncia nuevas sorpresas y que está dispuesto a hacerlas públicas para que sus hijos sepan que no es cagón.

Uno tiende a creer que no hay motivo para mentir una vez condenado, a excepción del miedo a las represalias o a la soledad. Astesiano se sintió amenazado y Fossati admite que sería legal y admisible que lo hubiera presionado. Fossati niega haberlo amenazado cuando dice que “no es de su estilo”, pero insinúa que amenazar o presionar al indagado o al sospechoso, o tal vez al adversario, no sólo es una facultad de una fiscal sino una potestad de quien procura obtener una condena.

Lo cierto es que Astesiano prefirió aceptar ser condenado a 5 años de cárcel, aunque su abogado le aconsejó ir a juicio. No hay duda de que se sintió muy presionado. Lacalle se pavonea hablando de la Justicia, pero es falso que cree en ella. Cree cuando le conviene y la crítica sí le perjudica. Cuando es lenta porque es lenta, cuando es rápida porque se apresura. Sabe que excepcionalmente le será adversa, porque el derecho suele ser torcido cuando se trata de juzgar al poder o a los que disponen de poder.

Luis Lacalle Pou ha anunciado que está dispuesto a ir mañana mismo a la Justicia, como si no supiera que goza de inmunidades casi absolutas, al menos si no se le levantan los fueros mediante un juicio político en el que, ya se sabe, no se alcanzarán las mayorías necesarias.

Esta actitud jactanciosa del number one no es más que pura altanería pituca, porque a partir de marzo del año que viene, aunque no quiera, deberá recorrer las fiscalías para responder por ilegalidades más que evidentes, aunque, como su padre, probablemente nunca encontrará un fiscal que lo amenace ni lo presione, ni nunca será hallado culpable.

Lacalle Pou debería aclarar por las circunstancias en que se le dio el pasaporte a Marset, porque no permitió que se investigaran los intercambios de Astesiano con él en su celular; debería explicar por qué se destruyó un expediente que debió llegar íntegro a la Justicia; debería decir qué responsabilidad tiene en las conductas delictivas de Astesiano, si tuvo algún beneficio económico de este trabajo sucio que ocultaba cuando evitó que se hiciera un peritaje de sus chats con Astesiano en la investigación fiscal que llevó adelante Gabriela Fossati, que había en los dos paquetes que llegaron de Dubái para el presidente y su esposa; qué responsabilidad tuvo en las pesquisas privadas que se hicieron a Marcelo Abdala, al inspector Layera, a Charles Carrera y a Mario Bergara.

Hoy nos enteramos de que estas historias no están tan aisladas en compartimentos estancos. Romina Celeste, Penadés, Mastropierro, Marset, Ignacio Álvarez, Lacalle, Tarocco, Astesiano aparecen mencionados siempre en estas historia en las que aparecen fiscales, policías corruptos, hackeos y celulares chismosos, y lo peor es que los piolines están entreverados y aparecen nudos que enlazan a unos y a otros.

La exfiscal Gabriela Fossati fue la magistrada a la que le tocó investigar los chats de Alejandro Astesiano y que hoy se perfila como legisladora del Partido Nacional luego de su escandalosa incorporación al herrerismo y después de haber publicado un libro autopromocional editado por el diario de la dictadura, El País, empresa que responde u orienta según sea la oportunidad al Partido Nacional. Ayer declaró a la prensa que ella aconsejaría destruir los celulares de quienes tienen algo que ocultar, para que no vayan a caer en manos de los fiscales. Ella misma se victimiza y estaría pensando en destruir el suyo mientras pone las bardas en remojo.

Quizás ella podría estar preocupada por el largo brazo de la justicia, porque Gabriela Fossati no es el poder, es otra “perejil” al servicio de los que la mandan.

En su oportunidad, parecen haber desaparecido dos celulares de Astesiano, y ella misma reconoció que los chats entre Astesiano y Lacalle no fueron tenidos en cuenta o fueron eliminados de su investigación, porque lo que allí se dijera no contribuía a cerrar su “teoría del caso”.

Hoy mismo se conoció la orden en que la fiscal dispone que la Policía no analice los chats entre Astesiano y el presidente, indicando para los desprevenidos que la justicia no es igual para todos. Me temo que la “independencia técnica de los fiscales” no lo habilitan a pasar por alto indicios con apariencia delictiva en su investigación, aunque los mismos señalen a su líder político.

Es más, tengo entendido que es obligación de cualquier funcionario público denunciar si tiene indicios de un delito. Ella es otra que debería pasar a visitar las fiscalías si no fuera que, por un deplorable intercambio de favores, en los próximos años se protegerá con fueros parlamentarios.

“Yo creo en la justicia”, dicen Álvaro Delgado, Fernando Pereira, el presidente de la Asociación Rural y el presidente del Pit-Cnt; lo dice el peón y el patrón, el rico y el pobre; el blanco, el negro, el judío, el católico y el musulmán; el obrero y el trabajador rural; el viejo y el joven; la mujer y el hombre,

Todos dicen creer en la justicia aunque nadie cree en la infalibilidad de la Justicia, al menos en la justicia de los hombres. Creer en la justicia es políticamente correcto, igual que creer en la democracia y estar orgulloso de las instituciones.

Puro parloteo que incluye a políticos reaccionarios que si les resulta conveniente se cagan en la democracia, la justicia y en las instituciones.

¿Martín Fierro era marxista?

Yo pienso, como Martín Fierro, que en la sociedad dividida en clases la justicia es la justicia de la clase dominante. Para quienes nos guiamos por los escritos de Marx, las leyes y sistemas judiciales pueden variar pero siempre es la justicia de los que dominan para asegurar principalmente sus privilegios, su orden, sus valores, sus pertenencias, sus beneficios y sus derechos.

Si nos guiamos por Martín Fierro, nos aconseja hacernos amigos del juez:

“Hacéte amigo del Juez; /No le des de qué quejarse…/ Pues siempre es bueno tener/ Palenque ande ir a rascarse”.

Decir que se cree en la Justicia refiriéndose a las instituciones, implica tener confianza en que los tribunales, jueces y otras instituciones judiciales actuarán de manera honesta e imparcial, que las leyes sean aplicadas de manera equitativa, que quienes infringen la ley recibirán un castigo proporcional, que las injusticias sean corregidas, que todos los miembros de la sociedad tengan acceso igualitario a recursos, derechos y oportunidades, en que los procesos democráticos contribuyen a la justicia en la sociedad, en la importancia de la participación activa de los ciudadanos para que las instituciones funcionen de manera justa.

Estas creencias, en la práctica, se revelan ingenuas. Mucho más ingenuas si vemos a la justicia con la percepción crítica de que "el derecho es una infraestructura de las clases dominantes y las leyes y las instituciones legales como herramientas utilizadas por los poderosos para mantener y legitimar su poder y control sobre las clases subordinadas.

Hay mucha hipocresía en la justicia. Las cárceles están llenas de pobres y se cuentan con los dedos de la mano los perseguidos por delitos de guante blanco, evasores, lavadores de dinero, usureros y coimeros. Nunca hay presupuesto para investigar el enriquecimiento ilícito, la transparencia y el lavado de dinero.

En rigor, el orden jurídico prioriza los instrumentos creados y aplicados por la clase dominante para proteger sus intereses y perpetuar su control sobre los medios de producción. Desde esta perspectiva, la justicia no es una entidad abstracta e imparcial. Las decisiones judiciales y las leyes tienden a favorecer a quienes están en el poder.

A veces ese sistema tan cerrado resulta perforado por derechos conquistados, regulaciones que protegen y amplían derechos ambientales, sociales, económicos y políticos de las mayorías, de algunas minorías o de toda la sociedad. En general, estas perforaciones son resultado de las luchas. Solamente las luchas son capaces de obtener pequeños rescoldos de derechos entre un mar de injusticias.

Hay quienes incluso creen en la posibilidad de una justicia verdaderamente imparcial y equitativa que trascienda los intereses de cualquier clase social, aún de las clases desposeídas. Desde esta perspectiva, y conste que sólo desde esa perspectiva, aunque el derecho pueda estar influenciado por el poder, la justicia ocasionalmente puede y debería ser un objetivo de equidad y rectitud.

Se argumenta que a través de reformas legales y sociales es posible crear sistemas de justicia que sean más equitativos y representativos de los intereses de todas las clases sociales, no solo de las dominantes. Es común que gente, individuos, partidos o sindicatos, que aceptan que existe una justicia para ricos y otra para pobres, procuren introducir reformas en las leyes de manera de democratizar la sociedad. A veces desde distintos lugares, abogados, fiscales, magistrados, jueces, les toca administrar justicia.

Como dijimos anteriormente, la justicia también puede ser vista como un ideal aspiracional que busca equidad y rectitud, y que a través de reformas y movimientos sociales puede llegar a ser más imparcial y representativa de los intereses de toda la sociedad, no solo de las clases dominantes. En resumen, mientras que el derecho suele ser una herramienta utilizada por las clases dominantes para mantener su poder, la justicia como ideal sigue siendo una aspiración hacia la equidad y la imparcialidad, aunque su realización práctica pueda estar comprometida por las estructuras de poder existentes.

Desde una perspectiva realista, y no sólo desde el marxismo, no se puede ignorar que las instituciones y sistemas judiciales están inherentemente influenciados por las clases dominantes. Hay innumerables ejemplos históricos y contemporáneos donde la justicia no ha sido imparcial ni equitativa.

Aún vale la pena

Sin embargo, no está mal creer en la justicia si se considera que estamos hablando de una consigna. Desde esta expectativa idealista y reformista, creer en la justicia es esencial para promover el cambio social y la mejora de las instituciones. Creer en la justicia puede motivar a las personas a luchar por un mundo más equitativo y justo.

A lo largo de la historia ha habido avances significativos en la promoción de la justicia y la igualdad a través de reformas legales y movimientos sociales (por ejemplo, derechos civiles, derechos laborales, justicia de género).

“Señores burgueses, vuestra legalidad os mata”

Al lector de esta nota tal vez le llame la atención que justamente sean las fuerzas políticas que representan a las capas, sectores y clases más poderosas las que procuren incorporar a la legislación limitaciones a derechos adquiridos, disposiciones que restringen libertades, derogación de conquistas y de regulaciones sociales, laborales, ambientales y también económicas, normas que ponían límites al orden de las clases dominantes y que fueron resultado de las luchas y las acciones participativas de los más procurando que sea cierta la consigna de que nadie debe ser más que nadie.

Llama también la atención que sean precisamente los más humildes, los que tienen menos poder, los que defienden las instituciones, las leyes, la justicia y el Estado que como bien se dice es el escudo de los débiles. La frase "señores burgueses, vuestra legalidad os mata" refleja una crítica contundente hacia el sistema legal y las estructuras de poder establecidas por las clases dominantes, generalmente en una sociedad capitalista.

- Esta expresión puede entenderse desde varios ángulos, especialmente en el contexto de diversas orientaciones críticas de la sociología y las políticas.

- Desnuda las contradicciones inherentes en un sistema legal que proclama justicia e igualdad, pero que en la práctica favorece a los poderosos, pueden llevar a una crisis de legitimidad y revela que la confianza en las instituciones legales puede erosionarse si se percibe que sirven principalmente a los intereses de las clases dominantes.

Parece evidente que hay mucha hipocresía cuando se oculta que la legalidad, según esta perspectiva, es una herramienta utilizada por los más poderosos para mantener su control y poder sobre la clase trabajadora.

La legalidad burguesa perpetúa las desigualdades socioeconómicas al proteger los intereses de la clase dominante y marginar a los desfavorecidos. Las leyes que favorecen la acumulación de capital y la propiedad privada a menudo resultan en injusticias sociales y las leyes pueden ser utilizadas para reprimir movimientos sociales y laborales que buscan justicia y equidad.

Movimientos sociales y activistas pueden utilizar esta crítica para abogar por cambios significativos en las leyes y en la estructura social, de manera de hacerlo verdaderamente justo para todos.

La frase "señores burgueses, vuestra legalidad os mata" es una crítica potente a las estructuras legales y sociales que perpetúan la desigualdad y la injusticia bajo el dominio de la clase burguesa. Desde una perspectiva, esta legalidad no solo oprime a los trabajadores, sino que también contiene las semillas de su propia destrucción al fomentar contradicciones y alienación que pueden llevar a un cambio revolucionario. Para los críticos de menor intensidad es una llamada a la reflexión y la reforma hacia un sistema más justo y equitativo.

Tal vez en octubre y noviembre habremos dado un pasito más hacia lo que nos parece utopía. No se van a alcanzar los sueños ni vamos a asaltar el cielo, tampoco hablamos de cambios revolucionarios, pero quizás podamos, como decía Tabaré, remover las raíces de los árboles.

De la mano de Carolina o Yamandú, o mejor de la mano de Carolina y Yamandú en cualquier orden y gane el que gane…

Con el Frente Amplio, ¡no nos moverán!

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