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Editorial podrido | presidente | Lacalle

DONDE MENOS SE ESPERA SALTA LA LISA

Todo huele a podrido

Luis Lacalle Pou, que hasta hace unas semanas era una esperanza, hoy es una desilusión.

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La certeza es que tenemos este presidente de la República hasta el 1º de marzo de 2025 y ni un día más.

Tal vez su elección fue solo un error, pero cuando se haga el balance de su gestión habrá, como en cualquier gobierno, cosas buenas y cosas malas y cada uno hará su evaluación y elegirá la continuidad o el cambio según le dicten sus ideas y sus intereses.

De esa ecuación de sumas y restas surgirá el próximo gobierno que fatalmente hará lo suyo durante cinco años al final de los cuales se repetirá el ciclo que no será fatalmente virtuoso.

Ganará el que sume más gente a sus candidatos y las alianzas serán tejidas más por el espanto que por el amor.

Eso es la democracia representativa, un sistema que permite errores como el que vivimos hoy, pero que ha resultado relativamente sustentable y compatible con un sistema de derechos y obligaciones que la mitad, más o menos, de la humanidad ha aceptado y consensuado.

A mí no me gusta mucho este sistema, pero me considero un demócrata, me ajusto a esta dinámica que a veces me resulta un poco perversa, me gusta el voto secreto, la separación de poderes, las libertades públicas, tolero el disenso, respeto al adversario, lo critico, acepto la alternancia, la rotación y la representación proporcional entre mayorías y minorías.

Estamos en la mitad de ese quinquenio y la popularidad del presidente se extingue porque la memoria de los hechos recientes impacta más en nuestras opiniones que la memoria del pasado.

Se olvidan los amores no tan recientes de la luna de miel y comenzamos a percibir que los tiempos de este gobierno se agotan y sus proyectos y promesas ya no se pueden materializar ni cumplir.

Algunas ilusiones siempre aterrizan por las restricciones que impone la realidad y otras salen peor que lo que se imaginaban. Mejor casi nunca, como enseñó sabiamente Mr. Murphy.

Los errores ya no se pueden atribuir a otros, los errores de los adversarios son olvidados y atrapados en la penumbra del pasado, mientras los propios se vuelven inocultables y cada vez más evidentes.

Mal o bien y aunque nos pese, más tarde o más temprano, las cosas funcionan así.

Hasta cierto punto todo se justifica o se perdona, pero siempre hay un límite y suele ser parte de un veredicto inexorable.

Me temo que estamos en este punto.

Luis Lacalle Pou, que hasta hace unas semanas era una esperanza, hoy es una desilusión.

Le quedan menos de tres años de su mandato presidencial y al menos por los siguientes cinco años no lo volverá a repetir.

Hoy su popularidad está en franco descenso y son otras cosas las que se juegan.

Los posibles candidatos de la coalición de gobierno confrontan con más o menos lealtad, con matices y consensos, a veces con cierta impudicia como quien se disputa un botín de guerra.

¿Podrá o no, Lacalle Pou, cumplir con algunas de las expectativas que aún están en pie? ¿Quién y con qué estilo procurará continuar sus ideas conservadoras? ¿Será viable la continuidad de la alianza política que lo llevó al gobierno? ¿Será capaz la oposición de contraponer un proyecto que responda a las esperanzas, las expectativas y las ilusiones de una mayoría suficiente para construir y llevar adelante una propuesta alternativa y transformadora más avanzada, nacional, popular y progresista?

Esta son algunas de las preguntas que en los meses siguientes la gente, el pueblo o la ciudadanía, según quién elija la palabra, habrá de responder.

Por lo pronto asistimos a los que podríamos llamar el desgaste de la popularidad presidencial signada por media docena de episodios que están llamados a permanecer en la memoria colectiva y a gravitar en las decisiones de la opinión pública al menos en el corto y el mediano plazo.

El telón de fondo es la opción que el gobierno hizo de privilegiar a los más ricos en perjuicio de los más humildes.

Este modelo concentrador de la riqueza, que es ideológico y dogmático, ha llevado a que hayan aumentado la pobreza y la indigencia sobre todo en los sectores más desprotegidos, los desocupados, las mujeres y los niños y hayan aumentado exponencialmente las ganancias del sector financiero y agroexportador.

La pérdida del salario y las jubilaciones, el debilitamiento de las transferencias y asignaciones a los más débiles, la inflación que perjudica más a los más pobres, la caída del consumo, la inseguridad alimentaria de la mitad de los niños, el deterioro de los indicadores sanitarios como la mortalidad infantil, la mortalidad materna y la expectativa de vida, el aumento del trabajo informal y la pérdida de puestos de trabajo, contrasta con las ganancias exageradas e inesperadas de los más ricos, que han engrosado sus depósitos bancarios en los bancos y en el exterior hasta niveles que jamás se habían visto en nuestro país.

A mitad del período de gobierno las cartas ya están echadas y no resulta necesario siquiera orejearlas.

Este gobierno vino -ya es inocultable- para revertir las políticas del gobierno anterior, que habían logrado hacer crecer el poder de compra del salario y abatir aunque fuera un poco la pobreza y la desigualdad y sus acciones han logrado contribuir a un proceso inverso de concentración de la riqueza en manos de los más ricos y poderosos y de las empresas multinacionales más favorecidas por las renuncias impositivas, los bancos y el capital financiero.

Las ollas populares, la marginalidad, la gente en situación de calle, la informalidad, la sobrepoblación y hacinamiento carcelario, el incremento de la violencia social y el avance del narcotráfico en las zonas donde vive la población más vulnerable son solo algunos indicadores que señalan que por este camino no se puede seguir más.

Si queremos vivir en un país mejor, hay que revertir estas políticas porque de lo contrario nadie va a poder vivir tranquilo. Tal vez hay que admitir que nadie está libre de culpa en que la pobreza se haya transformado en algo tan estructural.

La violencia está creciendo y si no se hace algo más que poner más policías, reprimir y encarcelar, seguirá en aumento.

El incremento horroroso de los homicidios es el aspecto más visible porque rompe los ojos.

Es más que una advertencia o un llamado de atención, es una degradación tremenda de la convivencia que si no nos ilumina, nos mata.

Hay que dejarse de embromar con los malla oro y atender a los más pobres, hay que dejarse de mentir con los planes de reforma de la educación y llegar a acuerdos sostenibles con todos los actores de la misma, hay que terminar con los asentamientos y las viviendas precarias y proveer servicios a los barrios más pobres, hay que darles escuelas, maestros bien pagados, servicios de salud, policías comunitarias, electricidad, agua, calles asfaltadas, veredas, espacios verdes, limpieza, saneamiento, policlínicos, deporte y cultura.

Si esto cuesta plata, hay que conseguirla porque nos va la vida.

Es una apuesta a la convivencia. Yo sé que nunca sobra nada y los recursos siempre escasean, pero hay que comprender que nos va la vida como comunidad y como país. Y que esto es impostergable.

Esto no es demagogia porque solo soy candidato a mirar el repollo del lado de la raíz.

Hay que procurar persuadir a los más ricos, a los que han ganado más, a los que han ahorrado más, hay que decirles clarito que o contribuyen o no van a poder vivir ni criar a sus hijos en una sociedad tolerante, amigable, valeriana, pacífica, igualitaria y democrática en un país en donde nadie sea más que nadie.

Se trata de una advertencia que no debiera ser desoída.

Pero los homicidios son solo la cara más visible de la degradación de la convivencia y de la corrupción. Estas últimas semanas han surgido otros hechos que han demostrado que las cosas están aún peor de lo que imaginamos.

El pasaporte que se le otorgara a un narcotraficante preso en una cárcel emiratí revela que la corrupción inducida por la droga y el lavado de dinero está metida en la política, en las autoridades y en el propio gobierno.

Las razones que invoquen los jerarcas y los ministros respectivos para haber cometido semejante disparate son solo excusas si lo que se pretende es ocultar la verdadera realidad.

Hay alguien que se benefició de esta barbaridad y naturalmente hay responsables políticos que debieran hacerse cargo.

¿Cuánto cuesta un pasaporte emitido en esas condiciones, quién recibió el dinero, cómo se lavó? Son solamente detalles.

Lo importante es que hubo alguien o algunos que tienen autoridad y poder de obtener y suministrar un pasaporte verdadero a un jefe narco.

Y ese o esos personajes están en la punta de la pirámide de esta administración, siempre y cuando no estén en el propio gobierno.

Pero aún peor es que hay denuncias de periodistas y de la prensa, que supongo que serán investigadas, que señalan que hay cierta vinculación entre en narcotraficante Sebastián Marset y el recientemente procesado Alejandro Astesiano, jefe de la seguridad de la Presidencia de la República, quien dirigía o participaba en una red que proveía de pasaportes uruguayos auténticos a cambio de dinero.

La sola sospecha de esta posibilidad traslada la corrupción un escalón más arriba, máxime que se denuncia además que Marset habría viajado a Uruguay con otro pasaporte uruguayo, esta vez falso, que muy posiblemente le habría suministrado la banda de Astesiano, que por otra parte viajó a Dubái con el presidente de la República más o menos en esa misma fecha en un vuelo presidencial.

Si esto no se aclara rápido y se dice la verdad, la sospecha ya no se ubica en el piso cuatro de la Torre Ejecutiva, sino que sube no por la escalera, sino por el ascensor.

Cuándo la mentira se vuelve hipocresía es la hora de decir la verdad.

Este señor, Alejandro Astesiano, jefe de la seguridad del presidente, una especie de confidente que conoce de primera mano hasta los secretos de alcoba del mandatario, resultó ser, como lo habíamos dicho hace ya dos años en Caras y Caretas y como lo reiteraron fuentes periodísticas y parlamentarias en varias oportunidades, un delincuente serial, casi compulsivo, a veces autor y otras veces sospechoso de estafas, hurtos y otros delitos contra la propiedad.

No vale de mucho que el presidente diga que no sabía nada, que fue traicionado en su inocencia, que nunca se lo hubiera imaginado, que es el primer sorprendido, que nunca miente, que nadie puede sospechar de él o que es confiado y cree en la bondad del ser humano.

Nadie cree que es tan boludo. Es más, muchos creemos que está pasado de listo. Hay decenas de miles de blancos que querrían ser presidentes de la República y él es el único que logró hacerlo. Casi todos sospechamos que algo oculta y que es muy mentiroso.

Tal vez ni Loly, que ha perdido la inocencia y no cree más en sus mentiras.

Pero si fuera verdad que no sabía que Astesiano era un jodedor contumaz, es todavía peor.

Querría decir que nadie de los que lo rodean ha sido capaz de informarle de algo que saltaba a los ojos, que nadie se atreve a hacerlo o que no creen que los escuche o que haya algo que le haga cambiar de opinión, ni siquiera lo más evidente.

O que no se animaban porque tampoco confían en él.

Puede haber otras hipótesis, pero son aún peores. Lo cierto es que el presidente confiesa que no lee la prensa, al menos la opositora y que nadie le dice lo que le puede caer mal. Quizás porque el chico es caprichoso, petulante, engreído y tozudo.

Ni los servicios de inteligencia, ni Sepredi, ni sus secretarios, ni su papá, que lee todo, ni sus parlamentarios, que saben de los pedidos de informes que se solicitaron, ni los ministros que los recibieron ni nadie.

Todos sabían que el jefe de la seguridad del presidente era un chorro y nadie le dijo nada.

No se puede creer. Nadie lo puede creer. Nadie lo va a creer.

El problema más grande, es precisamente el porqué. ¿Por qué Astesiano estaba en ese lugar tan apropiado en que se podía comunicar con todos los organismos del Estado y pedir lo que quisiera invocando la seguridad del presidente?

Con decir que la fiscal está buscando saber de cuál o cuántos organismos del Estado era el numbre one al que se refería Astesiano en sus conversaciones telefónicas.

Estamos muy embromados.

Hasta el ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, integrante de Cabildo Abierto, anuncia que se retirará de su ministerio para dedicarse a la neurología.

¿Hastiado de la política o del presidente? ¿Decepcionado? ¿Se preguntará Salinas por qué se le apartó de las negociaciones de las vacunas? ¿Qué se pagó por ellas? ¿Por qué se ocultan todavía las condiciones de los contratos con Pfizer? ¿Por qué se flexibilizaron las normas del empaquetado del tabaco sin siquiera consultarlo ni avisarle, aprovechando que se encontraba fuera del país? ¿Por qué el presidente anunció impúdico que el decreto se lo había pedido la industria tabacalera?

Demasiado olor a podrido para que termine bien.

Y no escribo en esta oportunidad de la relación de la pareja del ministro da Silveira, la contadora Cikurel, con la gigantesca maniobra de lavado de las coimas de la empresa brasileña Odebrecht en Panamá y Colombia, maniobra que está siendo investigada en varios países y por las que ella está siendo acusada hasta el punto de reclamar la extradición.

Y tampoco hablo del escándalo del Ministerio de Turismo, en que el exministro Germán Cardoso, hoy atrincherado en la inmunidad parlamentaria que le proporciona su calidad de diputado, pretende sortear un procesamiento por corrupción que muy probablemente le caerá a dos asesores colorados y tal vez un blanco que conocía todo y participaba en la fiesta.

Ni de la adjudicaciones millonarias de varias intendencias blancas a la fundación A Ganar con vínculos familiares con el secretario personal de Lacalle Pou, Nicolás Martínez

Ni del propósito del ministro de Desarrollo Social, Martín Lema, de utilizar la pobreza con propósitos clientelísticos con el apoyo de la economista Laura Raffo, hija de Juan Carlos Raffo, quien fuera ministro del gobierno de Luis Lacalle Herrera e indagado por haber recibido coimas acusado por el que le entregaba los sobres con el dinero de las mismas.

Y no sigo porque en esta misma edición Ricardo Pose, Carlos Peláez y Georgina Mayo se ocupan de develar otros episodios o distintos aspectos de estos mismos hechos que aportan a esta sensación de asco que tengo y que no puedo callar.

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