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Editorial presidente | Lacalle Pou | Astesiano

Ni el blindaje

Un presidente indefendible

La coalición está quedando pegada de manera completa porque ninguno de sus dirigentes ni voceros ha tenido la altura de repudiar lo que se viene conociendo

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Ahora sí Lacalle Pou está solo, y lo sabe. Las últimas revelaciones de los chats de Astesiano tiraron el chico demasiado lejos para que alguien más que sus acólitos insoslayables se anime a alzar la voz para defenderlo. ¿A quién le entra en la cabeza que el presidente, Astesiano mediante, utilice a la Policía para hacer espionaje de su exesposa? Es tan clara la desviación de poder, tan abusiva, tan indigna, que nadie en su sano juicio, ni siquiera por motivos de Estado o altísimos intereses políticos, puede justificarla sin apelar a argumentos absurdos, insultantes, desdorosos.

Luis Lacalle Pou puede haber sufrido una separación dolorosa de su exmujer y madre de sus hijos, puede estar malherido por el drama privado, nada de eso tiene que ver con la política; pero más allá de la afectación, si nadie tiene derecho a acosar a una persona, controlarla, espiar sus movimientos, someterla a asedio, si ese tipo de actos son inaceptables siempre, el uso del Estado para tales fines es absolutamente descalificador para una persona que ejerce la primera magistratura de este país. Porque el Estado no es su coto privado, no es un conjunto de dispositivos al servicio de sus asuntos particulares y porque el espionaje de personas por motivos íntimos está por fuera cualquier competencia legal del presidente.

Ahora habrá un puñado de fanáticos que quieran inscribir estas revelaciones en los vaivenes de la vida privada, en litigios de exparejas, en asuntos aparte de la cosa pública. Pero es una barbaridad porque no se están ventilando discusiones de alcoba, se está conociendo que el hombre de mayor confianza del presidente, jefe de su seguridad personal, solicitaba datos de movimientos de la exesposa a jerarcas policiales y hasta a custodios asignados a ella que, en franca violación de sus obligaciones, se la traficaban. Eso no tiene nada que ver con la vida privada, tiene que ver con un abuso evidente de funciones, una desviación completa en el ejercicio del poder sintomático de un desequilibrio sustantivo y una confusión profunda de sus atribuciones y prerrogativas. Si espiaba a la exesposa y madre de sus hijos con la Policía, ¿qué límite tiene?

Este chat no es peor que los anteriores solo por el contenido de lo que revela, lo es también porque es el más ilustrativo de que Astesiano actuaba en nombre del presidente y no a sus espaldas. Porque si del resto podría caber la posibilidad remota de que se tratara de gestiones hechas invocando su autoridad, pero con fines particulares del señor Astesiano, al fin de cuentas un malandro, en este caso no hay ninguna duda de que le hacía un mandado personal y directo a Lacalle Pou. Porque Astesiano no tenía ningún interés ahí y no aplica esa tontería de postular que lo hacía para proteger a Lorena Ponce de León, una mujer adulta que tiene derecho a no decirle al exmarido a dónde viaja ni con quién se encuentra. Esa es información que le pertenece a ella y ella sabría si quería comunicársela al presidente o no, como evidentemente es el caso.

Para la imagen y autoridad de Lacalle Pou esto es irreparable. Quedó expuesto en toda su indignidad, toda su precariedad ética. No tiene arreglo ni lo tendrá en lo que resta de su mandato. Nadie va a pedir y nadie quiere un juicio político ni la renuncia de su cargo porque nadie aspira a una crisis institucional, pero tanto él como la coalición deberán aceptar que quedará flotando en su investidura como un corcho en el mar por los años que quedan. Y eso si no se siguen conociendo nuevas barbaridades, cosa harto probable, toda vez que es evidente que quedan toneladas de conversaciones indiciales de hechos posiblemente delictivos para analizar en la Justicia.

La coalición está quedando pegada en este caso de manera completa porque ninguno de sus dirigentes ni voceros ha tenido la altura de repudiar lo que se viene conociendo. Un caso extremo es del ministro Luis Alberto Heber, que ya debería haber renunciado, a la vez de haber destituido a la plana mayor de la Policía y, por el contrario, actúa como un demente, capaz de justificar cualquier cosa con un cinismo agresivo, levantisco, como metiéndole la pesada a todo el mundo, levantando la voz, exhibiendo una soberbia y una impunidad agraviante, haciendo el ridículo permanentemente y negando todo, sublevado contra la evidencia.

Hace tiempo que es obvio que este caso se los va a llevar puestos. Porque los casos de Astesiano y Marset no son meras anécdotas desgraciadas, no son hechos aislados, son una aproximación al corazón corrupto de una forma de ejercer el poder y un propósito de su ejercicio. Lamentablemente a Uruguay no lo gobierna un elenco político con el que se discrepa, lo gobierna una runfla malavenida, a la que ya no puede salvar ningún blindaje.

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